¡Los viejos, al salón! | DIARIO SUR 18 mayo 1994
Arrecia la manía de las prejubilaciones y se confirma que el ideal del trabajador español es dejar de trabajar. Millones de compatriotas aspiran a quedarse en casita, que llueve o que hace sol, y realizar el sueño de su vida laboral, que es no tener compañeros de trabajo. Mil empleados de Telefónica han anunciado ya a la dirección de su empresa que desean acogerse al programa de jubilaciones anticipadas y se espera que en los próximos cinco años sean 7.000 los que pierdan el hilo. Van a perder poder adquisitivo, pero también van a perder de vista a los jefes.
Llevamos camino de tener los jubilados más jóvenes del mundo, del mismo modo que tenemos las moscas más pegajosas de Occidente. Hemos dado gloriosos veteranos que atravesaron las edades sin perder fervor, ni lucidez ni vigencia –Picasso, Pablo Casal, Andrés Segovia-, pero ahora estamos dando ancianos precoces, que creen que ya no tienen nada que hacer, a pesar de no haber hecho casi nada. Con la edad en la que Cervantes escribió «El Quijote» y aún antes, hay gacetilleros que quieren jubilarse porque están cansados.
El peligro de la fiebre de jubilaciones antes de tiempo no es sólo público, ya que se derrocha un caudal de experiencia, sino privado, ya que se dedican a dar la lata en el salón de su casa. Hay desertores de sus empleos que emplean la mitad de su tiempo libre en visitar las distintas plantas de los grandes almacenes y, la otra mitad, en meterse en la cocina a dar consejos a sus mujeres. La situación terminal se produce cuando adquieren unas zapatillas a cuadros y cuando descubren el bricolaje.
No va por ahí el mundo, ahora que ha aumentado tanto eso que llaman la esperanza de vida. La prueba es que, cuando se hacen conjeturas sobre la sucesión de Juan Pablo II, entre los diez papables con mayores posibilidades de que a su ventana llegue la paloma del Espíritu Santo no hay ninguno menor de sesenta y cinco años. Aquí pronto querremos jubilarnos a la edad de un centrocampista.
Manuel Alcántara