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  • UN ARTÍCULO EN LA MEMORIA

    La salud de los importantes | ARRIBA 8 mayo 1970

    Russell descubrió que existen dos maneras de trabajar: alterar la forma de lo materia sobre la superficie de la tierra o mandar que lo hagan otros. Los clínicos modernos han descubierto que la segunda manera es mucho más agotadora y temen por la salud de los ejecutivos.

    Cuando veamos a un hombre que gana mucho dinero y no tiene tiempo para gastarlo, un punto irritable y con más de seis teléfonos a su disposición, debemos inquietarnos por su futuro. Es aún joven, pero últimamente ha envejecido mucho y sus ojeras no provienen de ninguna víspera afortunada. Ha perdido un elevado número de cabellos y tiene la horrible costumbre, incompatible con la elegancia, de hacerlo todo corriendo. El insomnio, la fatiga psíquica y la obesidad son sus enemigos principales. Leo atentamente el reportaje de J. P. Baujat en «Gaceta Ilustrada» y, para sacudirme la compasión que empiezan a inspirarme los rectores de la sociedad, quisiera resaltar alguna de las ventajas que indudablemente poseen.

    En primer lugar, los ejecutivos, antes que acceder a esos puestos «tan esclavos», deseaban ser ejecutivos. Cumplen, pues, una vocación, y las vocaciones, como se sabe, son siempre compensadoras. Si alguien desea durante buena parte de su vida estar rodeado de teléfonos y responsabilidades, no es lógico que se muestre quejoso con el destino cuando lo ha conseguido. Es cierto que muchas veces al día se ve precisado a tomar decisiones importantes, pero también lo es que los demás se ven precisados a cumplirlas. (Dicen que mandar es una pasión, pero realmente lo que constituye una pasión es ser obedecido.) El argumente de la fatiga intelectual que sufren los grandes mandatarios de las Empresas también requiere alguna puntualización. Es inverosímil que esa fatiga sea superior a la experimentada por Balzac al concluir la inconclusa «Comedia humana». Lo que es superior no es la fatiga, sino sus síntomas. Balzac no se «chequeaba», que se sepa, pero no hay que atribuir a esa imprevisión su prematura muerte, sino al gasto que hacía en café y a los desgastes que hacía en otras cosas. ¿Será la responsabilidad lo que va minando los organismos de los grandes jefes de Empresa? Está claro que cuando esa responsabilidad se les disminuye sospechan que alguien viene a meterles el codo y desplazarles del sillón giratorio y la vecindad con los teléfonos. La responsabilidad es abrumadora, pero para los ejecutivos tiene una ventaja importante: es muy fácil abdicar de ella. Basta con dimitir. En cambio, ¿qué padre de familia puede abdicar de la responsabilidad de dar de comer a sus hijos? No es fácil dimitir de ese cargo, y todos sabemos que hay gentes que se dejan la vida en su cumplimiento.

    De las cosas que afligen al gremio, según los médicos, la detestable prisa con la que se mueven es quizá la más corregible. Porque la otra dolencia —la falta de tiempo— representa generalmente un gran motivo de orgullo. Basta verles hojear con una cierta displicencia sus multianotadas agendas.

    —Veremos..., veremos... El quince no, el diecisiete hay Junta, el veinte tampoco... Tendrá que ser el mes que viene.

    No teníamos necesidad de conocer la fecha de sus reuniones ni de ser informados de que no tienen «tiempo para nada». Quienes no pierden un minuto, pierden otras cosas más valiosas y menos repetibles. No sé si será temerario afirmar que los ejecutivos, en general, están contentos de tener muchas responsabilidades, correr, fatigarse intelectualmente y no disponer de un soto hueco. ¿Cuántos entre ellos se cambiarían, a trueque de dormir bien y no padecer hipertensión ni obesidad psicógena, por sus empleados?

    No creo que esté amenazada la salud de los centenares de ejecutivos del mundo. Tampoco creo eso que dicen los americanos de que «la eficacia depende de la salud». ¿Qué eficacia? La de Urtain es posible que esté íntimamente ligada a un buen funcionamiento fisiológico, pero la eficacia de Bécquer dependía de sus maltrechos hilios pulmonares y la de Allan Poe de su castigado hígado. A todos los que utilizan la melancolía como ingrediente de trabajo les perjudicaría un tratamiento vitamínico.

    Manuel Alcántara