El Embarcadero

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Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra sea cual fuere el medio, electrónico o mecánico, sin el consentimiento por escrito de Manuel Alcántara y Fundación Manuel Alcántara.

Índice.:

El embarcadero
La travesía
El desocupado
Alta mar de otro tiempo
Compañero de viaje
Aviso urgente a los navegantes
Volver al aire
Hablo de un río y de un hombre
El viajero
Canción 1
Canción 2
Canción 3
Canción 4
Canción 5
Canción 6
Canción 7
Canción 8
Canción 9
Canción 10
Canción 11
Canción 12
Soneto para pedir tiempo al tiempo
Soneto para pedir que Dios me libre de la soledad
Soneto para pedir por mis manos
Soneto para pedir un amor
Soneto para pedir por los recuerdos
Soneto para pedir por los hombres de España
Soneto para pedir por los amigos muertos
Soneto para pedir perdón
Soneto para pedir saber a qué atenerse
Soneto para pedir por Manuel
Empieza la noche
Las palabras
Las doce menos cinco
La casa en la tierra
El naúfrago
Una sola palabra en medio de la noche
Última voluntad
Hay una mujer en el Sur
Carta desde el puerto a Agustín Grondona



El embarcadero

Baja está la marea —sólo queda

agua para un naufragio—.

Tiene frío

el mar atardeciendo.




Sopla un viento muy poco decidido.




En la lista de embarque

me miro.




¿Quién escribió mi nombre?

¿Por qué lo hizo?




(Cualquiera sabe,

a lo mejor estaba escrito.)




Debe haber mar de fondo: todos llegan

y se van a otro sitio.




De esta orilla se parte.

Esto es sólo el principio.




«Se prohibe varar embarcaciones…»




No hace falta decirlo.

Manuel Alcántara

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La Travesía

Un signo.

Una esperanza escrita

en los aires distintos.




Vivir:

ir alejándose del niño

que traje

conmigo.




Una señal.

Un símbolo.

Unas palabras

excavadas en ciertos campos íntimos.




Un sobresalto

y un laberinto;

igual que para un ciego

la tarde de un domingo.




Pero no importa.

Por este hilo

—si muero—

se saca el infinito.




Por este canto

—si vivo—

sabréis alma

y cuerpo del delito.




Por eso

mantengo lo que digo

hasta que habite —si se habitan—

los aires imprevistos;

hasta que deje

de ser un signo.

Una esperanza escrita

en los aires distintos.

Manuel Alcántara

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El desocupado

Vale lo que su sueño:

lo que pueda valer lo que no sirve.




Vive en un pueblo de preguntas

con torres encendidas

y campanas que tocan siempre solas.

Un pueblo con un río y una casa

y un aire justo para respirarse.




Sin tener que moverse

ha visto, boca arriba, al techo constelado

y al eclipse fatal de la bombilla

que el sueño trae.

Mirando la expansión de la gotera

le vio la cara a la pobreza…




Sin salir a la calle,

solamente asomándose a la puerta,

ha visto

la luminosa raza de los amaneceres,

el crepúsculo y toda su comitiva de colores,

la noche y sus insignias.




Sólo el desocupado

sabe que la pereza es habitable,

que estar tendido tiene parques, puentes,

luna, caminos cortos entre pinos…




Acaso nadie

se dé más cuenta de la vida.

(Manuel Alcántara)

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Alta mar de otro tiempo

Entrar en ti como en un parque solo

o como entra un cuchillo por el agua

quedándose doblado.




Pensarte

es un niño que juega siempre a oscuras,

una nieve cumpliendo su lento cometido.




Recuerdo que en tu boca sucedían palabras

y que a veces tus manos recogían

un fragmento de sol escrito en las aceras

o señalaban esa gota trémula

que el aguacero olvida en la hoja verde.




No es fácil recordar y sin embargo

recuerdo que podía entrar en ti

igual que entra un cuchillo por el agua,

lo mismo que en un parque si está solo.

Manuel Alcántara

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Compañero de viaje

Era inseguro y triste

como un ciego en la acera recién hecha.

En los ojos tenía siempre un gesto

de estar viendo paisajes conocidos,

después de muchos años.




Era inseguro y triste

y estaba repartido

igual que el sol en los tejados.

Al andar procuraba

que no se le notaran los recuerdos.




Si los hoteles le pedían

una palabra puesta junto al hueco

ese de «profesión»,

se miraba las manos sonriendo.




Las manos que jamás hicieran sino darse

y enseñar agujeros.

Cuando sólo

le quedaron saludos,

él las fue replegando a los bolsillos

y pensó en aprender a silbar con los ojos.




Teléfonos, abrazos, vino barato y negro,

mujeres recordadas solamente en las tardes,

y unas cuantas palabras,

le ataban a la vida.




Era inseguro y triste como un ciego

al que cambiaran de ciudad.




Ahora es sólo una gota de lluvia en mi solapa

que acabará perdiéndose hacia dentro.

Manuel Alcántara

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Aviso urgente a los navegantes

La mar es un esfuerzo hereditario,

una viña varada por el puerto.

Un arrepentimiento azul, diario,

por tanto y tanto marinero muerto.




La colecta del llanto se establece

en estos territorios removidos

mientras el mar sin nadie se adormece

contando pasajeros sumergidos.




¿Dónde empieza la mar?, ¿dónde termina?

Uva sin fin, pradera emocionada,

campamento de Dios, estambre y mina

para la flor y el cobre de la nada.




Que nadie esté seguro si navega,

que ya no existen ángeles barqueros.




Grumete: mira bien a ver si llega

una nueva flotilla de pesqueros

y avísale a la gente de la brea.




Grumete: si están vivos todavía,

cuéntales de la mar y la marea

por si pueden cambiar de travesía.




La esperanza del mar ha naufragado

dentro del hondo azul de su paisaje:

aviso a todo aquel que esté embarcado

y a la navegación de cabotaje.




Aviso a todo aquel que esté en la vida

y sienta tentaciones de guardarla:

la muerte es una vela bien henchida,

¡nadie puede vivir para contarla!




Sé el cuaderno del mar hoja por hoja;

quiero avisar a aquel barco pesquero:

la rosa de los vientos se deshoja

en las manos saladas de un torrero.




Un torrero de luces indecisas

que vive por la altura de su faro

mirando entre las barcas y las brisas

eso que nunca puede verse claro.

Manuel Alcántara

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Volver al aire

Volver al aire que me tuvo un día;

al aire que recuerda con cuidado

el peso que le puse;

al aire donde cabe todo lo que se ponga.




Preguntar por el sitio de mi cuerpo.




Mirar si queda

memoria de mis manos

moviéndose.




O humo del último cigarro.




Ver las paredes aburridas

que aún guardan en su dura superficie

el doliente desgaste que supone

detener unos ojos.




Preguntar y quedarse con la duda

de no saber si al aire que me tuvo

se lo ha llevado el aire

o si era otro el que estaba en aquel aire

que a mí me tuvo un día.

Manuel Alcántara

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Hablo de un río y de un hombre

Se sabía los nombres de las cosas:

el programa del agua por la orilla,

la duración del limo y su tristeza,

la historia de los juncos…




se sabía

las fechas de las piedras arrojadas,

la esperanza del aire cuando silba…




Cada piedra de pétalos unidos

tenía nombre en su memoria limpia;

cada grano de arena, cada hoja

de otoño desterrada y sumergida.




El era el inventor de la corriente,

su más puro y mejor propagandista;

el calendario azul de las mareas,

la nieve proverbial del agua viva

y el resumen del tiempo repartido

entre las soledades de las islas.

A veces se tendía por las márgenes

sólo para mirar correr la vida.




Estudiante del tiempo junto al río,

por las tardes, contaba cada sílaba

de la yerba cercana, cada nube

de agua exilada y quieta por arriba.




Si el silencio apretaba demasiado

sus unánimes manos escondidas,

apuntaba semanas en el agua

para acordarse así de que vivía…

Manuel Alcántara

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El viajero

Alta está la marea.

El puerto se ha quedado en otro día

y sólo el mar,

la patria de los náufragos,

el mar de siempre, me rodea.




Me sorprendí cuando lo supe:

«Tú eres sólo un viajero.»




(Perdonarán la travesía.

Os digo

que perdonarán la travesía

teniendo en cuenta…)




Mece que mece,

con un vaivén de madre,

el mar duerme sus barcas,

pero un día ha de alzarse hasta los cielos

sólo para que Dios se lo ponga en el índice

como un anillo

y vaya señalando —qué paciencia—

uno a uno a los hombres.




Me sorprendí cuando lo supe:

«Tú eres un pasajero.»




(El mar flota en el mar y pasa por la orilla

como pasan los días por los muertos).

Manuel Alcántara

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Canción 1

Por la mar chica del puerto

andan buscando los buzos

la llave de mis recuerdos.




(Se le ha borrado a la arena

la huella del pie descalzo

pero le queda la pena.




Y eso no puede borrarlo.)




Por la mar chica del puerto

el agua que era antes clara

se está cansando de serlo.




(A la sombra de una barca

me quiero tumbar un día;

echarme todo a la espalda

y soñar con la alegría.)




Por la mar chica del puerto

el agua se pone triste

con mi naufragio por dentro.

Manuel Alcántara

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Canción 2

Risa, mujeres, agua…

cuando yo me haya ido,

de eso tendré nostalgia.




Yo no tengo madera

de santo ni de barca,




(Cuando yo me haya ido

—qué triste que me vaya—

de esta madera mía

que hagan una guitarra.)

Manuel Alcántara

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Canción 3

El poeta

Ponerle puertas al llanto;

eso era lo que quería,

ponerle puertas al llanto.




De tanto nombrar las cosas

se iba quedando sin nada,

de tanto nombrar las cosas.




Darle palabras al viento

era lo único que hacía,

darle palabras al viento.




Hablaba de la esperanza,

nunca hablaba de la pena,

que hablaba de la esperanza.




Por más vueltas que le daba

nunca supo a qué venía,

por más vueltas que le daba.

Manuel Alcántara

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Canción 4

El poeta habla de soleares, de

la resurrección de la carne.




Cuando termine la muerte,

si dicen a levantarse,

a mí que no me despierten.




Que por mucho que lo piense,

yo no sé lo que me espera

cuando termine la muerte.




No se incorpore la sangre

ni se mueva la ceniza

si dicen a levantarse.




Que yo me conformo siempre,

y una vez acostumbrado

a mí que no me despierten.

Manuel Alcántara

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Canción 5

Para tenerte presente




Si el cristal no se me rompe

en el fondo de este vaso

me encontraré con tu nombre.

Manuel Alcántara

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Canción 6

Bajamar de la desgana:

las olas cerca de mí,

yo lejos del agua clara.




Bajamar de la desgana.




Limito al norte con nadie

y al sur con Málaga.




Amante del agua clara,

de tanto pensarte tengo

la sangre de las estatuas.




Bajamar de la desgana:

las olas cerca de mí,

yo lejos del agua clara.

Manuel Alcántara

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Canción 7

Ya no hay nada que me quede,

que he perdido la esperanza,

y es lo último que se pierde.




¿Ya no la tengo a mi lado?

¿de verdad que la he perdido?

no me hagáis mucho caso…




Yo soy el mismo de siempre,

y me queda la esperanza,

que es lo último que se pierde.

Manuel Alcántara

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Canción 8

Para echarte de menos




Desde que sé que tu aliento

se ha quedado por el aire

estoy bebiendo los vientos.

Manuel Alcántara

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Canción 9

Para encontrarme conmigo

vuelvo a salir a la calle,

calle del tiempo perdido.




Para encontrarme contigo

estoy buscando en el suelo

las huellas de tu sonido.




Para encontrarme con nadie

me pongo a mirar arriba,

¡Dios me ampare!

Manuel Alcántara

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Canción 10

Para llevar mejor la espera


Fíjate lo que me pasa:

esperando estoy que llegue

tu calle que no se mueve

a la puerta de mi casa.


Fíjate lo que me espera

queriendo coger la luna

subido en una escalera

sin esperanza ninguna.


La distancia hasta tu lado

es un camino que tiene

todos mis pasos contados.

Manuel Alcántara

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Canción 11

El horizonte




Si un día se incorporara,

cansado de estar tendido,

¡qué asombro en el agua clara!




Si un día se incorporara.




Hasta puede que llegara

cerca de Dios aburrido

si un día se incorporara.

Manuel Alcántara

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Canción 12

Para andar el camino




Cruza el camino llano

y el campo en carne viva

llevando de la mano

su sombra pensativa.

Cruza el camino llano.




Atraviesa ciudades,

lluvias, mercados, ruidos…

tiene cuatro verdades

y mil pasos perdidos.

Atraviesa ciudades.




Busca la primavera,

esa que no termina,

la que está en la ladera

baja de la colina.

Busca la primavera.




Con el viento de cara

vuelve a cruzar ciudades,

andando, andando, para

dejar sus soledades

con el viento de cara…




El otoño en la acera

y el vino por los vasos;

de aquí a la primavera

no hay más que cuatro pasos.

El otoño en la acera.




La noche se echa encima

del hombre y del camino;

el caminante arrima

su corazón al vino.

La noche se echa encima.




Se le va de la mano

su sombra fugitiva.

Se le va de la mano.




Y hasta el camino llano

se le hace cuesta arriba.

Manuel Alcántara

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Soneto para pedir tiempo al tiempo

El tiempo es un camino para andarme.

(No te engañes. Morir, ay, para ver. Te

quedarás solo, a solas con tu suerte.)

Yo me he echado a dormir para vengarme.




Porque sé que no debo entusiasmarme

con cosas que se acaban en la muerte,

estoy soñando. Cuando me despierte,

no sé si habré hecho bien en despertarme.




El tiempo, con su escaso presupuesto,

se nos va a cada paso, mientras arde

como una rama seca todo esto.




Siempre un reloj aprieta, nos ahoga,

nos coge por el cuello un día y tarde

o temprano nos cuelga de una soga.

Manuel Alcántara

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Soneto para pedir a Dios que me libre de la soledad

Puede que ponga el corazón más alto

y el bosque de la frente más umbrío…

Para mí no la quiero. Es mucho río

y no se puede vadear de un salto.




Sí ella me tiene es porque yo me falto;

soy suyo cuando dejo de ser mío.

La soledad es un escalofrío

que empieza por la espalda cada asalto.




Pesa la soledad y se distiende,

y no se sabe cómo combatirla,

que el amor, de momento, no se entiende.




Qué batalla campal por compañía

contra la soledad, sólo por irla

ganando algún terreno cada día.

Manuel Alcántara

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Soneto para pedir por mis manos

Andan cerca de mí; sólo un momento

antes que el corazón, casi a mi lado.

Han nacido conmigo, a mi cuidado;

se mueven al sudeste de mi aliento.




Cada vez que hablo os digo que las siento

hablar en mi favor. Acostumbrado

me tienen a su peso, a su cansado

modo de repartirse por el viento.




Yo las quiero. Me sirven bien. Y os juro

que han querido tocar hasta el misterio

y el techo del amor, a todo trance.




Un día llorarán. Estoy seguro.

Cuando se pongan a pensar, en serio,

en las cosas que estaban a su alcance.

Manuel Alcántara

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Soneto para pedir un amor

Para poco, lo mismo que la nieve,

llega el amor, si llega, a mi tejado.

Se moja el corazón bajo techado,

miro arriba y resulta que no llueve.




Agua distante nadie se la bebe.

Cuando está el aire más despreocupado,

algo, al nivel del beso, por el lado

donde empieza el dolor, zumba y se mueve.




Beligerante ronda de una avispa,

escandalosamente reiterada,

que a veces hasta logra que me pasme.




Del tal fuego de amor, nada. Ni chispa.

Acaso una ceniza organizada

que puede que algún día se entusiasme.

Manuel Alcántara

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Soneto para pedir los recuerdos

Como el aliento dura en la ventana

hasta escribir un nombre con el dedo;

del mismo modo que le dura el miedo

al aire lastimado en la campana…




Como dura la fecha más lejana

en la historia del tiempo… Así me quedo

en los recuerdos. Pero sé que puedo

perderlos de la noche a la mañana.




Por eso siembro y siembro a manos llenas

sin mirar si los frutos se maduran.

Poblado corazón, de eso te vales.




Los recuerdos te van como las venas:

hacia tu centro mismo. Y allí duran.

Como dura el aliento en los cristales.

Manuel Alcántara

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Soneto para pedir por los hombres de España

Los que le dan al mar la arboladura

de sus sueños, su brújula viajera.

Los que cuentan las cruces de madera

mientras cavan su lenta sepultura.




Los que aprietan el hambre a la cintura

y en el ruedo pequeño de la era

lidian una pobreza de bandera,

más brava cada día y más oscura.




Gentes de la ciudad y del camino,

paciencia y barajar. España es grande.

Yo pido con los brazos bien abiertos




por el pan, por la lluvia, por el vino,

por que el toro de Iberia se desmande,

por que se encuentren cómodos los muertos.

Manuel Alcántara

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Soneto para pedir por los amigos muertos

Yo los llevaba dentro. Los tenía

sobre mi corazón, como un emblema.

Cojo el recuerdo aquí, por donde quema,

por donde la esperanza más se enfría.




Estoy más agujero cada día,

más desierto y más loco con mi tema;

ellos me dan su luz como un sistema

apagado que alumbra todavía.




Se me ha quedado huérfana la mano,

por la mitad el vaso de mi vino,

sin lluvia mi terreno de secano.




Dan ganas de dejar todo por irse

a buscarlos. Conozco ya el camino:

se va por el atajo de morirse.

Manuel Alcántara

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Soneto para pedir perdón

Vean que el hombre es ciego y viene un viento

y yo no sé qué pasa que se queda

suplicando una mano, una moneda,

una mirada cerca del aliento.




Cada vez que me miro me arrepiento.

La vida, ya se sabe, siempre enreda.

Total: que es muy difícil que uno pueda

ir más allá de su arrepentimiento.




Vean que el hombre es ciego y, de improviso,

pierde pie, corazón o mano izquierda,

y acaba resbalando en lo más liso.




Puede pasarle a todo el que camina.

Puede pasarle, incluso, que se pierda,

sin ir más lejos, al doblar la esquina.

Manuel Alcántara

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Soneto para pedir saber a que atenerse

La tierra apaciguando minerales

—el subsuelo anda siempre amotinado—

pone la geología al otro lado

del monte y de las águilas caudales.




Mientras el mar lejano hace señales

—el mar teme morir un día ahogado—

todo el campo se queda al descampado,

al nivel mismo de los litorales.




Y yo por medio. Dándome motivo.

Queriendo adivinar lo que se esconde.

Viviendo, pero más muerto que vivo.




(Por el sitio más roto de mi vida,

aproximadamente no sé dónde,

escucho una campana sumergida.)

Manuel Alcántara

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Soneto para pedir por Manuel

Te digo a ti, Manuel —que los dos juntos

hicimos el desastre—, échame un cable

desde mi corazón. No hagas que hable:

no nos van bien del todo los asuntos.




Se entusiasman estatuas y difuntos

cuando tú y yo pensamos que es probable

resucitar un día. Lo admirable

es que estamos los dos ganando puntos.




Los dos perdiendo días por el suelo,

defendiendo los dos un baluarte

rendido de antemano y siempre alzado.




Lástima que no encuentre en tí consuelo,

muchacho que te irás a cualquier parte

el día que me vaya de mi lado.

Manuel Alcántara

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Empieza la noche

A veces pasa, si la noche,

que la vida se queda descuidada,

atrasándose más a cada paso,

como esa carta que se lleva, días

y días, arrugada, en el bolsillo.




Duele necesitar el aire que se encierra

entre paredes, duelen las paredes

igual que siempre hacen,

y duele el aire que jamás dolía.




Cosas que no se echaban ya de menos,

de pronto acuden.

Se instalan.




Uno entonces se trata cortésmente,

como si hiciera un rato sólo que se conoce,

se ama con egoísmo, se disculpa,

se atiende las menores sugerencias

con miedo a molestarse,

para acabar pensando

en mendigos que pierden sus monedas,

acuñadas a fuerza de «que Dios se lo pague»,

en naranjas helándose, amarillas,

en poco fuego para tanto pobre

o en los niños que crecen sin que nadie.




A veces pasa que anochece

y uno entonces se tiene más respeto

y sabe que un silencio, o bien unas palabras,

pueden necesitarse igual que una persona,

lo mismo que el tabaco, la camisa

o una bebida fría.




En una lástima muy grande

se participa, y es entonces

que uno se pone al borde de ser bueno.

(Si fuera pescador

echaría la red dentro de un pozo.

Si fuera astrónomo pondría

el telescopio en dirección a un pozo.

Si fuera pozo

dormiría contento de estar en paz y en tierra.)




A veces pasa que anochece dentro

y uno va y se recoge

en las cosas que se tienen más seguras,

en lo que de verdad sirve para la vida.




Claro que siempre

lo malo tira de lo otro,

la noche tira piedras al tejado,

la sombra tira para fuera,

y hasta lo alegre tira para llanto,

como el padre al que dicen que su hijo

se ha puesto bueno de repente.

Manuel Alcántara

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Las palabras

Donde más me conozco empiezan mis palabras.




Quiero escribirme

como se escribe el silencio en las piedras

o la lluvia en las frentes;

igual que el miedo al agua

en el embarcadero.




Quiero ponerle nombre a lo que va conmigo

y quedarme a vivir en ese nombre,

como se queda

en el barro cocido de una jarra

el resumen de un muerto.




Las palabras me llevan a la tristeza siempre.

Las amo porque guardan cosas mías:

antigüedad, amor, aroma…, incluso

los recibos del cuerpo que habitaron.




Ellas me obligan al recuerdo,

como un cigarro a solas.




Cuando las miro acaban por dolerme.




Pero ya digo que las amo.




Por ellas tengo días colgados por el pecho,

pájaros en la noche, amigos que ya no,

aniversarios cada tres minutos.




Desde el principio supe

que son iguales que el silencio,

a su manera.




Ahora están viniendo de puntillas

para que no les oiga la tristeza,

para que no se alarme el hombre al que delatan.

Llegan como un calor entre la sombra,

como un color en medio de la niebla.




Siempre son tristes las palabras

si están escritas.




Aunque suenen canciones por el puerto,

cantes del sur junto a la mar pequeña,

o abiertamente pidan

cosas que necesito más que el aire.




Pero vuelvo a decir que yo las amo.




Y sé que no resuelven nada y son inútiles

como ese número de teléfono

que se ha quedado en la memoria

y que no sirve

ni volverá a servir ya nunca

porque aquella persona a quien llamábamos…

Manuel Alcántara

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Las doce menos cinco

Si yo muriera, por ejemplo, ahora,

antes de que el reloj diera las doce…




«Se murió ayer. Lo han dicho los periódicos»,

dirían mis amigos por la noche.




«La familia debió pagar la esquela

porque le conocían desde entonces.»




«No tiene ningún mérito, la vida

es un camino, y tal, que se recorre…

a cualquiera le puede pasar eso,

la muerte siempre está dándonos voces.»




«Y pensar que él quería… y se creía…

Mira cómo acabó. Mira por dónde.»




No se mueve en los libros ni una hoja,

ni se empañan las letras de mi nombre,

(ni siquiera el sonido

de un vaso en la taberna que se rompe

o el vuelo de algún pájaro despierto

cerca de la espadaña de una torre…)




Me he muerto y no lo sabe mi chaqueta.




Desde ahora mismo nadie me conoce.




Mis amigos dirán: «Qué raro es todo,

claro que eso le pasa a muchos hombres.»




Nadie podrá saber lo que pensaba

cuando en aquel reloj dieron las doce.

Manuel Alcántara

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La casa en la tierra

¿Quién mide un palmo más que su pobreza?




Yo recuerdo que en medio de la plaza,

subiendo, a la derecha…




Cinco años, quince, muchos días…

—se iba por una calle hecha con piedras—.




Llovida y dulce tuvo la fachada,

—se iba todo derecho,

saliendo de la infancia—.




Allí la luz, el pan, «dame agua, madre»,

allí un silencio dicho por las claras,

una pared escrita desde entonces,

«verás el día de mañana…».




(Cuando la noche

llegaba hasta la plaza,

se ponían azules los tejados

encima de mi casa.)

Manuel Alcántara

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El náufrago

Recuerdo haberle visto

huyéndose.




El ala del sombrero por los ojos;

cruzando calles

y calles,

hasta llegar a ningún sitio.




Hablaba de ceniza,

de un cementerio por el aire,

del alba

o de la carretera.




No se sabía bien de lo que hablaba, nunca.

Ya digo

que él iba huyéndose.




A veces se encerraba.




Recuerdo haberle visto

echado en una cama que le estaba pequeña,

entre cuatro paredes sin amor,

con la corbata floja

y los ojos parados por el techo,

fumando lentamente.




Por cada desconchón una figura extraña:

un trapecista chino,

una melena como aquella,

la cabeza de un perro moribundo…

Manuel Alcántara

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Una sola palabra en medio de la noche

Una sola palabra, cuánto tiempo

podría resarcirme;

cuánto portal abierto.

Una palabra dicha entre los ojos

que me dejara comprendiendo.

Yo te digo…

y es como si una nieve

se me parara en el aliento.




La noche tiene estrellas

y tiene por delante mucho tiempo.




Si estuvieras aquí,

buscaría un espejo

para verte en mis ojos

y comprobarte, y ver si sigues siendo

igual que yo te sé, con tu cintura

lo mismo que el azúcar en la caña y el viento.




La noche tiene estrellas.

Tú estás durándome por dentro.

Manuel Alcántara

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Última voluntad

Reunidme con aquello que puse en cada uno.




Hacedme obligación entre vosotros

y que os dure la lástima de cuando la noticia».

Dijo,

antes de quedarse para siempre callado.

Manuel Alcántara

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Hay una mujer en el sur

Para escribir el nombre.

Para escribir, tan sólo, el nombre,

me he puesto a recordarla, paso a paso.




Parece que la estoy viendo.




Recorro la extensión de su mirada,

toco su voz, sus manos,

miro sus pies, su piel, su pelo…




Sus ojos escuchando mucho humo en las iglesias,

su voz especialmente construida

para reprender niños con dulzura,

sus manos (llenas de indulgencias)

temblorosas y rojas como llamas,

su pelo como alberca cuando luna,

y sus pies hacia misa, muy temprano.




Tendría que ponerme sobre el pecho

un emblema de trapo, y ser humilde,

para poder hablar de su paciencia.




Para escribir el nombre la recuerdo.




Hay en el Sur una mujer muy buena

que honradamente espera, honradamente habla,

y cree, honradamente,

que el párroco es un hombre que sabe muchas cosas

y que tiene muchísimo talento.




Una mujer que vive todavía

y que se ha ido haciendo, poco a poco,

agua para geranios si no llueve,

y balcón de geranios para el que está en la calle,

y pan de su pobreza.




Acaso a nadie importe el nombre.

Manuel Alcántara

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Carta desde el Puerto a Agustín Grondona

Querido amigo mío:

Quedaste en escribirme

pero ha pasado el tiempo sin saber nada tuyo

y, de pronto, me entero que has dejado la sangre

y la voz y los huesos

y sin decirme nada te has ido no sé dónde,

(de verdad que no sé)

a alguna terraza muy alta

o a algún Club Náutico instalado en una nube.




Anduve algunos días con el reloj parado.




No me cabía en la cabeza

que se perdiera para siempre

el polen de la risa, la semilla

aquella que nacía en tus bolsillos solamente

y que sembrada a ciertas horas de la tarde

hacía brotar columnas, al poco tiempo.

No podía explicarme

el árbol de la fuerza por el suelo…




Tú, tan niño chico.

Recién salido del embarcadero.




Quiero poner palabras en el hueco que dejas,

llenar el sitio tuyo, que vuelve a ser del aire,

diciéndole unas lágrimas

que tengan el volumen de todo lo que hubieras hecho.




Aunque ya no te importen

la mitad de las cosas,

te quisiera contar cómo va todo:




Málaga sigue siendo en los carteles

«la ciudad ideal para el invierno»;

las palmeras del parque están lo mismo,

y las tardes se mueren poco a poco

exactamente igual que cuando tú.




Huele a sombra el Paseo de los Curas

y hay barcos extranjeros en el muelle,

pero no somos niños

para verlos por dentro ilusionados.




Existe hasta lo típico:

biznagas en la penca,

con su olorosa urdimbre bien trabada,

boquerones de níquel decidido,

«frescos de la Farola…»




Gibralfaro se sabe la bahía

a fuerza de mirarla tanto y tanto…




Por aquí siguen muchos del colegio,

los mismos del recreo,

(¿te acuerdas?,

la emoción no cabía por el patio,

no hubo tanta jamás en un estadium;

por un penalty a tiempo hubieran dado

todos el clandestino cigarrillo del water).




Aquí está Antonio Olmedo,

hecho un señor casado, formalísimo;

Federico Duarte, con su absurdo peinado y sus gafas,

pensando en una mina;

Miguel Luis, tu primo, que no sabe

si ser actor de cine o novelista,

y Manolo Ristori, que acabó medicina

pero que sólo ejerce su estupenda alegría.




Yo sigo con mis versos.




Algunas veces ando preocupado

por cosas materiales,

otras veces me alegro sin motivo…




Tengo ya sangre mía puesta de pie en el mundo.




Nada que no le pase a otros hombres…




Ahora escribo esta carta

mientras crece el recuerdo de músculos y aroma.




Extenso amigo, espacio de mi mano,

esbelta espiga y roja.




Con tu amapola sangre

se llenan las albercas andaluzas,

mientras yo me quedo más solo con mi vida,

más solo con mis versos y mis cosas,

consolándome a mí, que ya es tarea.




Por la mar chica del puerto

tienen que encontrarse un día

lo que he perdido por dentro.




Desde que tú no estás,

me extraña ver de pie los campanarios.




Yo creía que el monte

iba a cambiar el sitio de los árboles…

no sé… supuse… Y mira:




Málaga sigue siendo en los carteles

«la ciudad ideal para el invierno»;

las palmeras del parque están lo mismo,

y las tardes se mueren poco a poco

exactamente igual que cuando tú.




Exactamente igual que cuando tú

jugabas a llamarte Agustín, por la tierra.

Manuel Alcántara

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