Plaza Mayor

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Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra sea cual fuere el medio, electrónico o mecánico, sin el consentimiento por escrito de Manuel Alcántara y Fundación Manuel Alcántara.

Índice.:

Sobre la mesa
Plaza Mayor
Por Toledo y por Ávila
Soria de Don Antonio
Salamanca
Tierra de campos
Puente del arzobispo
Toledo, ahora
Las hoces
Coplas para andar por la provincia de León
Llueve en monte Lourido
Clamor de Compostela
Posición del agua
Corto piropo a todo el cantábrico
Sin salir de casa
Sol en los hombros
Mapa de escuela
Rezos al campo
En la Plaza Mayor un joven de provincias sueña con España
Homenaje a los ríos afluentes
Muchachas en la plaza
Carretero camino de ronda
Caminos vecinales
Canción: al paso del río Jarama
Doncel
Puertollano a campo abierto
Sol por extremadura
Alta Rioja
A un pino negro de Monte Castillo entre el Segre y el Noguera Pallaresa
Canción para recordar la nieve de los pirineos
Soleares desde una barca para los tejados de peñíscola
Lorca
Vuelta a la mar de Málaga
La chanca de Almería
Hombre de arcos y tiempo sur
Frente a frente


Sobre la mesa

 

Sobre la mesa está: madera limpia,

lento vino, pobreza soleada…

 

Sobre la mesa están los campanarios,

el domingo en la aldea, los programas

de las fiestas del pueblo,

el tiempo que madura las naranjas…

 

Sobre la mesa están

los campos labrantíos, las campanas

y los trigales cuando el viento,

el ruido de la patria.

 

Aceitunas y espacio, muerte y muerte,

España,

sobre la mesa estás desmantelada.

 

Retóricos azules,

piedras desmemoriadas,

gentes buscando

los atajos del agua…

 

En el sitio del pan,

en la hora de comer, aquí sentada

estás, madre de tierra, más morena,

más triste que en las últimas semanas,

con tu pañuelo negro en la cabeza,

pensando en hijos, cátedra de lágrimas,

valiente como siempre y bien dispuesta,

acaso un poco más cansada.

 

Como un río de noche,

como una niña ciega en la ventana,

sobre la mesa estás, viva y terrible,

sangre de toro y tapias encaladas.

 

Aceitunas y penas,

vidrios rotos del alba

y un mar en cada puerta

te guardan.

 

Zurcidora del tiempo

que se ha roto, artesana

de tu propio crepúsculo y tu adobe,

sobre la mesa estás, madre y España,

hija nuestra, pensando en otros días,

ocupada en las cosas de la casa.

 

Manuel Alcántara

 

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Plaza Mayor

 

Por los caminos últimos del agua,

por cada carretera polvorienta,

gentes de España.

 

Leñadores del viento,

tratantes de los campos de la patria;

todos los que crecieron en la aldea

mirando lluvia en la ventana.

Terratenientes de la luna,

jornaleros sin fin de la esperanza,

esperan que se crucen los caminos

y han puesto en las paredes la ancha espalda.

 

Por cada carretera polvorienta,

por cada acequia turbia de mañana,

por todas partes te he encontrado…

 

Plaza Mayor de España.

 

Manuel Alcántara

 

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Por Toledo y por Ávila

 

Por Toledo y por Avila,

el tiempo vivo,

las sílabas en piedra de la patria.

 

Por el Duero la sombra de otros días

y por el Campo de Criptana.

 

Si digo Olmedo,

si digo Alba

de Tormes o si digo Tordesillas,

hablo apoyado en una lágrima.

 

Olivares y muertos,

España,

por Segovia y Zamora,

¡anchas son tus espaldas!

 

Manuel Alcántara

 

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Soria de Don Antonio

 

Calienta un poco el sol. La vieja noria

del sol de cada día. Sopla el viento.

El ballestero río en torno a Soria

recuerda un hombre polvoriento.

 

Todo sigue igual. Tarda

la humilde primavera

sobre la tierra parda.

 

¿Tu corazón espera

milagros todavía?

¿Hay Castilla en la muerte?

Cuéntame si algún día,

por fin, pudiste verte

con Leonor…

 

Tarda

la humilde primavera.

¿Tu corazón aguarda

a tu barca amarrada en la ribera?

 

Calienta un poco el sol. Por esta tierra

tuviste patria un día.

 

«Nadie elige su amor.» Está la sierra

violeta y verde el campo todavía.

 

Antonio verdadero:

estoy en mitad de tu memoria,

cerca del Duero,

junto al campo de Soria.

 

Ensimismadas andan las encinas

y los alcores bien nombrados.

Más serios, se diría, los dorados

álamos del camino y las colinas.

 

Un agua de paciencia lleva el Duero

camino de la mar o de la sierra;

Castilla se arrepiente de su tierra

y del pasado místico y guerrero.

 

Han pasado los días

y los campos están algo más viejos;

aquellas pocas alegrías

para ser recordadas desde lejos

ayudan a vivir cada mañana.

En la Audiencia con luna,

sigue tañendo tiempo la campana.

 

Cuando reúna

la vida que le queda,

habrá un bronce caído

y «el viento de la tarde en la arboleda»

buscará algún minuto repetido.

 

Acaso no te sirva de consuelo

saber que aquí se sigue —¡ancha es Castilla!—

buscando patria bajo el suelo,

por la estepa amarilla.

 

Manuel Alcántara

 

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Salamanca

 

Cambiaría la luz, la vid, la sombra…

cambiaría la escarcha

de los campos dormidos,

el techo de las águilas…

 

Cambiaría la mano

con la que escribo estas palabras,

por una sola

piedra dorada

—tuya, mía, de todos—

de Salamanca.

 

Manuel Alcántara

 

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Tierra de campos

 

¡Qué quieta se está España bajo el cielo!

Por Autilla del Pino,

sin un solo pinar, trigo y silencio.

 

La vida amarillea

y se pone a morir. Llano indefenso.

Soles para castigo. Lluvias para

nada. Piedras. Las Piedras y los vientos.

 

Tierra de Campos y más campos:

patria impasible, a ras del suelo.

 

Adobes. Los retóricos adobes

que es mentira que piensen si antes fueron

tierra sobre la tierra, los adobes

de antes del Cristo, están clamando al cielo.

 

La explanada infinita, aguarda y tiembla.

Cruza la tarde con sus bueyes lentos.

—«Tierra de Campos tiene sed»—

 

Bosteza

el dilatado galgo del silencio.

Villamartín de Campos, Villabrágima,

Villarramiel, Medina de Rioseco.

Retablos y castillos, cereales

desamparados, cruz y raya al tiempo.

Villerías de Campos, Montealegre,

Fuentes de Nava, Villalón, Cisneros.

Tierras de pan llorar.

Colegiatas y muertos.

 

Mayorga, Ampudia, Támara de Campos,

Frómista, Carrión, Villarmentero.

Palomares y silos. Tierra y tierra.

Románico, implacable desaliento.

 

Hay que buscar un árbol para el gótico

provisional de la lluvia cayendo

de rama en rama

y de hoja en hoja, hasta llegar al suelo.

Hay que buscar un árbol para darle

un susto al viento.

 

Tierra de Campos y campos: España

te ha olvidado en el centro.

 

(Bajo el artesonado insigne, alto

y mudejar, del templo,

rezan la Salve a coro

buenas gentes del pueblo.)

 

Manuel Alcántara

 

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Puente del arzobispo

 

Bajo este puente

no pasa el agua.

Tan sólo el río

de la cerámica.

 

Directamente,

alzo una jarra.

 

(Caliente y trémula naciste,

hecha del argumento de los hombres.

De tierra y de grandeza es tu materia,

lo mismo que los montes.

Lo mismo que a los mares,

te tienen desterrada desde entonces,

exilada del campo

que tan bien te conoce,

parienta de la savia y la semilla,

hermana más pequeña de la torre…)

 

Bajo este puente

no pasa el agua.

Tan sólo el río

de la cerámica.

¿Qué abuelo antiguo,

barro y distancia,

me está mirando

desde la jarra?

 

Manuel Alcántara

 

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Toledo, ahora

 

¿Quién le ha dado este Tajo al tiempo quieto,

al tiempo hecho peñasco y serpentina,

donde empiezan los cielos y termina

la roca por mostrarnos su esqueleto?

 

Greco encrespado. Puesto en un aprieto

de terraplenes y de arena fina.

Cielo de águilas. Suelo de honda mina

desenterrada a ras de su secreto.

 

Ciudad de ayer. De algún tiempo acabado

que se quiso morir y se ha quedado

vivo entre cigarral y geología.

 

Todo lo que ya ha sido nos espera

y nosotros, también, en la ribera

lloramos «la su muerte cada día».

 

Manuel Alcántara

 

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Las hoces

 

Para Fernando Suárez.

 

Por las aristas grises cruza el viento,

y la nieve, en mitad de su camino,

piensa que viene para poco tiempo.

 

León de la palabra y la pelea,

he visto, por el pecho de tus montes,

los murales del musgo y su querencia.

 

Hoces para la siega de la altura,

carreteras del viento y la distancia,

sitio para las águilas sin tumba.

 

He visto al aire maniatado y limpio

herido en callejones sin salida

y al agua arrodillada junto al frío.

 

(Si el cielo se suicida alguna vez

—qué sé yo, por alguna cosa antigua—,

escogerá este mismo terraplén.)

 

Manuel Alcántara

 

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Coplas para andar por la provincia de León

 

Viajero a media montaña

con medio camino atrás

y más de media esperanza.

 

Hacia los Picos de Europa

me puse a contar los robles.

Se me olvidaron sus sombras.

 

Por las Hoces, el viajero,

piensa dedicarse sólo

a la siega del silencio.

 

Ciudadanos sumergidos

por el Pantano de Luna

se hacen de cristal y olvido.

 

Cerca de Vega Cervera

—con mucho camino andado—

se quedó mi amor de piedra.

 

Manuel Alcántara

 

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Llueve en monte Lourido

 

La ternura en deshielo,

el agua organizada desde arriba,

moradora de nubes en el viento,

muchacha pensativa…

 

Parada cerca del verano

pone en la juventud clara del día

un claro sobresalto.

 

El agua es lo más fácil. Si se junta,

le nacen algas;

si se separa, llueve como nunca.

En los ríos se moja las espaldas;

si se la deja quieta, se dedica

nada más que a ser agua.

 

Las manos del verano la han alzado.

 

(El verano, de niño, tiene siempre

el programa del agua entre las manos.)

 

Manuel Alcántara

 

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Clamor de Compostela

 

Pájaros de otro tiempo están cantando,

claustro dormido, túnel de las letras.

 

Sobre su longitud emocionada,

igual que sobre el pecho la vieira,

la esperanza ascendida de las torres.

 

El aire las rodea.

 

«Creced, pujad», Gerardo os dijo…

Cantan

el constelado amor de Compostela,

levantan por el aire, que es de todos,

el solemne estandarte de la piedra.

 

Aquí se junta el tiempo con la lluvia

y pierde pie el silencio en la tristeza.

 

Aquí se moja el alma de la patria

—ciudad de mucha historia y mucha niebla—.

 

El inseguro prado de las nubes,

los distritos del agua, se le acercan.

 

Novia del aguacero,

húmedas van las alas de la tierra.

 

Con los pies en el suelo

sueñan las piedras.

 

Con los pies en el suelo.

 

Como todo el que sueña.

 

Manuel Alcántara

 

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Posición del agua

 

Sé que es inútil, conciliar azogue

y viento, tierra o principales lluvias.

 

Insisten las praderas mientras pasa,

oscuro flotador, las manos juntas

asiendo yerba y soplos convocados

camino de sus lámparas difusas.

 

Sé que es inútil intentar su suerte,

averiguar la sombra que sepulta.

 

Sonoros precipicios, roncos tumbos

le sacuden, le arrasan las preguntas.

Entre las dos orillas asombradas,

hierros arrastra, lima piedras duras,

hacia finales deltas que le esperan

acuciando sus aguas absolutas.

 

Es inútil quererlo: no podría.

El hombre, nunca.

 

No valen las razones. Ni siquiera

—oscuro flotador— las manos juntas.

Se empañan los deseos. Sigue el prado.

Hay que vivir hasta las fechas últimas.

 

Entre las dos orillas asombradas

pasa y se queda y pasa sin preguntas,

ignorando los puentes y las sombras,

camino de sus lámparas difusas.

 

Sé que es inútil intentar su suerte,

tentar su suerte, amar la muerte suya,

rápido río, turbio entre los campos

claros de Asturias.

 

Manuel Alcántara

 

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Corto piropo a todo el cantábrico

 

En esta orilla

se acaba España

¡Qué bien termina!

 

Algas marinas,

flotando, copan

sus cuatro esquinas.

 

En toda línea,

el horizonte

se difumina.

 

Y una llovizna

compensa al mar

su agua perdida.

 

En esta orilla

España deja

sus tierras íntegras.

 

No es infinita

la pobre España

y aquí termina.

¡Qué bien termina!

 

Manuel Alcántara

 

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Sin salir de casa

 

Te estoy hablando igual que a una muchacha…

 

Estoy mirándome en tus ojos

del Guadiana

—si pudiera con él me perdería—

y el agua me sostiene la mirada.

 

Te estoy hablando a duras penas nuestras…

 

¿Qué le ha pasado al águila

imperial? ¿Tendrá cielo a estas alturas?

Revuela por los trojes la picaza.

 

En tu pasado segismundo

un toro «júbilo» se nos desmanda.

Patria de las verónicas y el hambre,

nunca entendí las cosas de mi casa.

 

Mandamos nuestros santos a la guerra

y a la mar nuestras barcas;

removimos a Roma con Santiago,

a América con Reinos de Granada,

a la fe con el fuego de la hoguera

y a moros y judíos con cristianas…

 

Ahora estamos aquí: queriendo ser

y subastando el agua.

 

Te hablo así porque puedo, porque Gredos

le sigue preguntando a la mañana

qué va a ser de nosotros y de ti.

Tantos muertos, ¡a ver quién los levanta!

 

Posada de emigrantes,

vertedero de razas,

y máter dolorosa.

Acogedora España.

 

Te estoy hablando a duras penas mías.

 

No hace falta salir de casa para

hacer balance de lo nuestro:

una meseta digna y desollada,

unos trigales y unos hombres,

con sus ríos, su sol y sus montañas,

desempolvando muertos incunables…

Un mal amor y buenas esperanzas.

 

Manuel Alcántara

 

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Sol en los hombros

 

Mucho sol en los hombros.

 

En los hombres rodados del camino,

camino de Palencia, Júcar, Toro…

 

Metales y campiñas,

áspero territorio,

Alcocer. Alatox, Palma del Río…

patria de pétalos y escombros.

 

Se llega

por todos

los caminos… Villar del Rey, Argora…

te arrasan vientos clamorosos.

 

Por todos los caminos se va a España

con mucho sol ardiendo por los hombros.

 

¿Por qué caminos, algún día,

podremos encontrarnos con nosotros?

 

Manuel Alcántara

 

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Mapa de escuela

 

La piel de toro mueve el rabo.

El porvenir, en frente,

—noche cerrada o cielo raso—

se dedica a esperar, como hace siempre.

 

Unos ojos parados en un mapa,

junto a una lámpara pequeña,

piensan que acaso sea mucha agua

para poder contarle las estrellas.

 

(La piel de toro mueve el rabo

burlón y trágico en el viento,

mientras pasa una sombra en un caballo

sin ninguna medalla por el pecho.)

 

Mañana está cerrado como un libro

y es noche más bien negra…

Pero de pronto está cantando un grillo,

involuntario y duro, entre las piedras.

 

Manuel Alcántara

 

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Rezos al campo

 

El campo reconoce las miradas

como el hombre el trayecto de los días.

 

Camino temporal, encuadernado

por todas las pisadas repetidas,

las horas, como el hombre, como todo,

lo mismo que una lluvia para arriba.

 

Aquí. Por estas piedras. Junto al cuarzo

duradero y terrible de los días.

Aquí estuvo. Aquí estuve. Por las piedras,

por la cal, por la sombra que decía.

 

Semanas apagadas como el musgo

o como el limo. Rampas imprevistas.

Bien valen estos campos unos rezos

a ver si ablanda el corazón la espiga:

 

Ruega tú por nosotros españoles

así en la lluvia como en la sequía,

ahora y en la hora de la muerte.

De nuestra siempre muerte o nuestra vida.

 

Manuel Alcántara

 

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En la plaza mayor un joven de provincias sueña con España

 

Al blando amor del tiempo que se pierde,

del tiempo que nos vence y nos olvida,

sobre la yerba verde,

un hombre pide cuentas a su vida.

 

Un Hombre como todos que, de niño,

iba desde su madre hasta la escuela,

y ahora, de mayor, pone el cariño

en un pájaro azul que nunca vuela.

 

¿Por qué sitio escondido,

harto de pasearse por su frente,

se va hacia nunca el tiempo que ha perdido,

el tiempo que ha buscado diariamente?

 

Ha visto cómo crece la semilla,

cómo el amor reluce si se ama

y cómo sangra Dios y cómo llama

cuando la tarde azul se hace amarilla.

 

Ha visto una ciudad siempre aburrida

en sus viejas murallas de defensa;

ha visto cómo al fin, todo se olvida…

y nunca ha visto el mar (pero lo piensa).

 

Ha visto el cine a veces y el casino,

ha visto hasta el amor (aunque distante),

ha bebido su vino…

 

Ha visto lo bastante.

 

Ahora se ha tendido por su pecho,

en medio de la antigua primavera,

porque, al final, su corazón se ha hecho

amigo inolvidable de su espera.

 

Todo lo que le llega al pensamiento

indefinidamente se le aplaza,

se le queda en el viento

junto a la fuente grande de la plaza,

 

junto a la calle del Mayor Olvido,

por la esquina más triste de su frente,

por el mismo camino que ha seguido

la esperanza ausente.

 

Testigo de la calle y del sembrado,

futuro ciudadano de la muerte,

prueba a cambiar la pena de costado

a ver si cambia así, también, la suerte.

 

Prueba a cambiar ciudad por campo llano

para añadirle un árbol a su sueño,

y cuando no le ven abre la mano

a ver si vuela un pájaro pequeño.

 

Se acuesta cada noche más oscuro,

más solo, más despierto,

y lo único que tiene ya seguro

es que va para muerto

 

igual que va la tarde para ocaso,

lo mismo que el amor va para olvido,

inevitablemente por su paso,

cada vez más derecho y más seguido.

 

Se levanta con cada madrugada

y piensa que recoge cada día

cosechas de la nada

en su mano vacía.

 

Ahora está junto al tiempo que se pierde,

en medio de la antigua primavera,

sobre la yerba verde,

ajustándoles cuentas a su espera.

 

Manuel Alcántara

 

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Homenaje a los ríos afluentes

 

El agua se ha parado junto al día,

con esa transparencia inimitable…

 

Las luces de mañana, la estructura

de lo que nadie sabe.

 

El porvenir tiene color de cita.

Color de corazón desesperándose.

 

Llevan las credenciales del futuro

como un antepasado por la sangre

y piensan que la vida empieza luego:

muy lejos de su cauce.

 

Mientras, el agua corre por el día

retratando al minuto muchos árboles,

poniendo su sumisa transparencia

en todos los proyectos realizables

que están viviendo dentro,

como un antepasado por la sangre.

 

Manuel Alcántara

 

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Muchachas en la plaza

 

Un girasol nacido junto al barro,

un agua de repente,

bastan quizá para poner más blanco

el porvenir de siempre.

 

Mira que taconean porque olvides

— ¡vieja es Castilla! —

cosas que ya no sirven,

insignes capiteles de la brisa.

 

Ocurre que la piedra está más piedra

y el viento igual de viento,

¿quién sabe si el milagro o la melena

le están ganando tiempo a vuestro tiempo?

 

Manuel Alcántara

 

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Caminos vecinales

 

Caminos.

Hondos caminos

de cualquier parte.

 

De cualquier parte de la patria vienen

hondos caminos.

Caminos vecinales.

 

Andando, andando…

todo seguido

llego a tus heredades.

 

Por el Guadalquivir o por el Esla,

por el Ebro valiente,

circula sangre.

 

Sangre de cien caminos

y caminantes

de la patria de polen y de pana,

por los hondos caminos vecinales.

 

Manuel Alcántara

 

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Canción: al paso del río Jarama

 

Por el Jarama de platino

en la noche terrestre

cruzan los trinos.

 

Por el Jarama dulce,

azul y entredormido,

se moja España

cada paso perdido.

 

Por el río Jarama

van de camino

los labriegos del agua

con pies de limo.

 

Por el Jarama lento,

a mitad de camino,

se moja España los

cinco sentidos.

 

Manuel Alcántara

 

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Doncel

 

A Alfredo Juderías.

 

La mano desdeñosa…, la boca pensativa…

Aire de catedral, que nunca será viento.

Piedra desalentada, doncel triste y tendido,

guerrero reclinado sobre el libro y el tiempo.

 

Una desilusión parecida a la daga

en su mirar tranquilo se acostumbra a estas fechas.

Testigo de alabastro, de cansada ternura

y semanas antiguas, de remota tristeza.

 

Pálida sangre tiñe la blanca cruz del pecho.

Abatido lector que en las manos sostiene

su juventud de piedra, las catedrales saben

que tampoco es el tiempo cosa de los que mueren.

 

Con los ojos de mirar el mar mira su libro,

insomne centinela, guerrero de su vida…

(Por la Sigüenza rosa, reclinado y remoto,

un hombre busca a España sus páginas perdidas.)

 
Manuel Alcántara

 

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Puertollano a campo abierto

 

Del viento o de la tierra,

solamente del viento,

de la luna metálica,

del oscuro poblado de los muertos.

 

De allí salieron mástiles

y campamentos.

Del azulado puerto de su nombre

marinero y minero.

De la alta mar del llano

o de los territorios de su puerto.

 

Hombro con hombro.

Hombre con hombre y a esfuerzo.

Barracas y tinglados

sobre los muertos.

 

Labriegos de lo hondo,

callados ciudadanos del subsuelo,

inventan los metálicos linajes,

la estirpe del acero,

la patria oscura del carbón dormido

junto al plomo enlunado y mal despierto,

el hierro laboral

y el manganeso

de niebla delicada

hecho con vetas de silencio.

 

¿Para qué sirven las palabras?

 

La procesión terrestre va por dentro.

 

Bajo la voz y escondo la vergüenza

cuando miro sus manos y mis versos.

 

Bajo la voz.

La bajo hasta la mina

para hablar con algún minero muerto.

 

Manuel Alcántara

 

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Sol por extremadura

 

Ha venido la luz.

El aire tiene

una dorada enredadera

y en ella se sostiene.

 

(Todo el sol se está echando para fuera.)

 

Ha venido la luz directamente

a gestionar la vida.

La pared toda es un mural caliente

que anuncia su venida.

 

En un atardecer perdió la llave

la habitación del fuego;

si sale para todos no se sabe,

o sí se sabe. ¡Habría que estar ciego!.

 

Embajador de arriba, las verdades

se ven más claras a su luz, que quema

la cara al campo y pone en las ciudades

su dilatado emblema.

 

Está hecho de Van Gogh y de Castilla,

de padre, de alegría en la ventana,

de hoguera errante y amarilla,

de un permiso de Dios cada mañana.

 

Vedlo parado, quieto, detenido

en las cosas dejadas

de la mano del sol.

 

Del sol tendido

que toma el sol en las fachadas.

 

Hubo un tiempo en que al sol de Extremadura

brillaron los arneses, las espadas.

Un violeta destello de armadura

por estas tierras solas, descampadas.

 

Manuel Alcántara

 

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Alta Rioja

 

Más alta que la luz y no tan clara

—nunca se está seguro—

he puesto la esperanza.

 

Más alta que la luz.

No demasiado

más arriba del pecho y de la espalda.

 

Hombres de tierra roja,

hombres de regadío sé que aguardan.

 

Que no me extrañaría que en Anguiano

se encendiera la lluvia con la danza.

 

Le quise contar al Nájera

cuatro cosas de la orilla,

y el río como si nada.

 

La tierra se dedica sólo al campo

y el río nunca piensa más que en agua.

 

Por valles y por viñas,

más alta que la luz, igual de clara,

más arriba del pecho,

se ha puesto la esperanza.

 

Por si hubiera manera

de enterrar en su tierra las batallas

y cambiarle los aires y los hombres

y que siguiera siendo igual de españa.

 

Manuel Alcántara

 

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A un pino negro de Monte Castillo entre el Segre y el Noguera Pallaresa

 

A Javier Clavo

 

Se que se quedará ganando el cielo,

acendrando maderas temporales.

Pino montana alzado entre cristales

de nieve maniatada a ras del suelo.

 

Sé que se quedará mirando el hielo

sobre las extensiones forestales

mientras yergue el rebeco dos puñales

de leña ardida y ronco desconsuelo.

 

Hay Pirineos. Nieve en el helecho,

aliagas y urogallos por el pecho

de este pino montana en la montaña

Sé que se quedará, pero quisiera

quitárselo de cuajo a la ladera

y apuntalar el corazón de España.

 

Manuel Alcántara

 

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Canción para recordar la nieve de los pirineos

 

Por los balcones del frío

la nieve de aquel entonces

vuelve en traje de domingo.

 

Por los balcones del frío.

 

Los árboles ya lo saben.

Lo sabe la carretera

y la provincia del aire.

 

Los árboles ya lo saben.

 

La nieve a medio camino,

hecha de tiento y cristales,

viene regalando vidrios.

 

La nieve a medio camino.

 

No se sabe a ciencia cierta

el porvenir del sendero.

Que el campo no tiene puertas.

 

Tengo que llegar un día

al final del horizonte,

junto a la nieve más limpia.

 

No llegará nunca el día.

 

Manuel Alcántara

 

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Soleares desde una barca para los tejados de peñíscola

 

Por los tejados del pueblo

anda la brisa marina

con pies de sal y silencio.

 

Cuando el día se termina,

por los tejados del pueblo

anda la brisa marina.

 

Por una playa del viento

la memoria del castillo

se está mojando el recuerdo.

 

Los tejados reconocen

cada pisada del agua

y cada nube de entonces.

 

Que todo es uno y lo mismo:

la mar, la historia y los hombres…

y sólo el viento es distinto.

 

Todo está quieto en el alba:

los tejados recordando,

la mar que cuenta sus barcas

y Peñíscola soñando.

 

Manuel Alcántara

 

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Lorca

 

De sed y de amarillo te recuerdo.

Sin una nube

para las procesiones de los vientos.

Al amparo terrestre de los montes

que todavía están a tiempo.

 

Pongo

una mano en el fuego

furioso de tus campos,

y apuesto,

Lorca exaltada de amarillos,

a que aquí tienen sed hasta los muertos.

 

(Te compraría un río,

te llevaría un cesto

de ciruelas, de rosas importantes…

te alquilaría un puerto

del Cantábrico verde…)

 

España a palo seco.

 

Lorca exaltada en amarillos.

 

Cuarzo y esparto. Cauces polvorientos.

Pájaros asfixiados en la siesta.

De criminales soles vas muriendo.

 

Manuel Alcántara

 

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Vuelta a la mar de Málaga

 

(Rincón de la victoria)

 

Vine a la mar dudando si estaría

donde yo la dejé: junto a la raya

donde la espuma eventual acalla

su antigua discusión con la bahía.

 

Llegué a la mar. Estaba todavía.

Ella lo mismo y yo distinto. Vaya

una cosa por otra y, por la playa,

vayan las dos en busca de aquel día.

 

Vine a la mar y me encontré en la arena

—niño llevando cubos a la pena

y palas a la orilla del verano—.

 

Me hice a la mar, estando hecho al recuerdo,

por perderme otra vez como me pierdo

junto al que fui, cogidos de la mano.

 

Manuel Alcántara

 

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La chanca de Almería

 

Muchas leguas de sed llevan andadas.

 

A mucha pena toca cada paso.

 

Tierra de sol y nadie.

Dimensiones

infinitas de arena y descampado.

 

¿Dónde irá la miseria

con ese niño oscuro de la mano?

 

¿Dónde iré que me expliquen

por qué vivir está tan poco claro?

 

(Andan campo a través, llanto a través.

Hasta otra vez. Hasta que digan alto.)

 

Tierras de sol y nadie.

A muchos metros

sobre el nivel mortal del desamparo,

he visto, por el Sur caliente y mío,

avanzar la tristeza, palmo a palmo.

 

Manuel Alcántara
 

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Hombre de arcos y tiempo sur

 

Le sobraban los días.

 

Algunos tuvo de colores claros

y de mirada extrañamente fija.

Otros con agujeros en el centro

para mirar bahías

y los más, señalados en la frente

con una cruz de tiza.

 

Casi todos nacieron en su pueblo,

entre los ábsides de cales limpias,

junto a pobrezas blanqueadas

con geranios y sol en las cornisas.

 

Los días repetidos

los despeñaba por la crestería

o intentaba cambiarlos en la plaza

por jóvenes criaturas indecisas.

 

El manto de la Virgen

y los manteles de la misa,

directamente suyos, le tapaban

muchas cosas perdidas.

¡Cuánto tiempo en las calles y en las casas

para una sola vida!

 

Con una vara de acebuche

escribía en el polvo cosas íntimas:

«él está aquí, pero las amapolas…»

«¿verdad que sí, Luisa?»

Escribía en el polvo:

«la carne acorralada

que se ofrece sumisa…»,

y se quedaba quieto,

con la vara florida.

 

Sobre los olivares,

blancura equilibrista.

El Guadalete apenas

y los alcaravanes con sus prisas.

 

Semanas y aceitunas. Campo y campo.

 

Cuando se levantaba de las sillas,

dejaba por el suelo

un reguero de días.

 

Manuel Alcántara

 

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Frente a frente

 

A Fernando Suárez

 

Es cosa de mirarse frente a frente

en tu terrestre espejo cada día.

Es cosa de decir: yo te querría

si te fueras haciendo diferente.

 

Faltan brazos y pueblo. Sobra gente.

Dicen que no hay manera. Pero habría.

Ruedo ibérico. Sangre en romería.

La piel de un toro de cuerpo presente.

 

Te estoy diciendo, España, que te cuides.

Nadadora de tanto y tanto río,

a ver si aprendes a guardar tu ropa.

 

Por lo que quieras más, no te suicides.

Yo digo: ¡qué país!, y luego: ¡el mío,

dejado de la mano de su Europa!

 

Manuel Alcántara

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