Ciudad de Entonces

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Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra sea cual fuere el medio, electrónico o mecánico, sin el consentimiento por escrito de Manuel Alcántara y Fundación Manuel Alcántara.

Índice.:

Carnet de identidad
Bulevar
Amanece
La estatua
Fábula del parque y el globo
Las puertas
La visita
Juegos de hombre
Función del día
Soneto para leer en una terraza por las noches de verano
Muchacha en la bolera
El ring
Soneto para esperarte en una cafetería
El calendario
La almohada
Tiempo de invierno
Soneto para acabar un amor
«Night Club»
Radiografía
La tarde
Zona verde
Patio interior
El domingo
Noticias de última hora
Caminos de noche
Como una oración



Carnet de identidad

Nadie avisó. Más tarde o más temprano

se supusieron que lo aprendería.

Nadie me dijo: riega a la alegría,

los muertos son terreno de secano.




Todo lo que me importa está lejano.

Si yo hubiera sabido a qué venía

os juro que vivir —yo que sabía—

no me hubiera ganado por la mano.




Me dijeron vivir a quemarropa:

siglo XX —acordaron—, en Europa,

en Málaga, en enero y en Manolo.




Todo lo dispusieron: hambre y guerra,

España dura, noche y día, tierra

y mares… luego me dejaron solo.

Manuel Alcántara

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Bulevar

Confieso que ha llegado a preocuparme

la manera de ser de las semanas.




En el año 3.000, sin ir más lejos,

importaremos nada.

Nos llamarán «antepasados».

(Una mala pasada).




La vida seguirá, según parece.




Cuando otros anden por las ramas

de un árbol genealógico no ilustre,

seremos las semillas enterradas.

Y la pequeña historia, nuestra historia,

de sabida, olvidada.




Es cierto lo que digo, y, sin embargo,

está bonita la mañana.




El bulevar es hondo como un pecho.

La ciudad de este entonces se me ensancha.




Pasan gentes distintas por la calle.

Cada uno va a lo suyo, que es la nada.




Pasan antepasados.

Hacen tiempo,

hasta que el tiempo los deshaga.




Los preferibles soles ciudadanos

fijan su ancho cartel en las fachadas.

Existe una bahía en un alcorque

y un milagro al final de una muchacha.

Hay un cielo tirante, de tejado

a tejado, con lumbre a sus espaldas.




Entre autobuses y jerseys ceñidos,

hombres cansados vuelven de la fábrica.

Como el recuerdo a las antiguas novias,

el hambre saca brillo a sus miradas.

Pensando en sus teléfonos privados,

un negociante arrienda las ganancias

estrictamente satisfecho

porque tiene la vida asegurada.




Dirigen el desfile los semáforos.




Por las paredes, letras coloradas

ordenan consumir refrescos yankis.

Suena una radio: anuncian los programas

de las guerras más próximas.




Un cura

reparte bendiciones en estampas

a un corro de chiquillos

que alborotan la acera con las alas.

Un lento oficinista está mirando

las tiendas con las manos apagadas…

No estoy perdido en la ciudad.




En las taquillas venden esperanzas

en sesiones continuas

y deportivas algaradas.




No estoy perdido en la ciudad: la quiero.




Hay tierra por la calle y en las casas.




Una espera y un nombre me sonríen.

Una boca pintada

me sonríe en el bar.

Una espera y su nombre. Noches largas.




Mientras ella sonríe, le deseo

una clientela de gestiones rápidas.




Pasan gentes distintas por la calle.




Deseo cosas para todos.




Me gustaría regalárselas.




Al negociante aquel, tan satisfecho,

el revoltoso polen de una acacia:

al lento oficinista

una habitación más para su casa;

a los niños, la acera;

al cura, bendiciones muy baratas;

un trozo de justicia a los cansados

para que lo repartan en la fábrica;

y a la muchacha aquella, que tenía

un milagro al final de lo que andaba,

quisiera regalarle unas ojeras

de esas de al otro día, a la mañana.




Antes que nos dejemos,

de forma horizontal y delicada,

la imposible tarjeta de visita

—el nombre y las dos fechas en la lápida—

ruego por estas cosas

que apenas tienen importancia.




Pasan gentes distintas por la calle.




Sigue estando bonita la mañana.




¿Quién puede acostumbrarse a todo esto

sabiendo que se acaba?




Cruza gente de entonces.




Ciudad de paso. Tierra en cada casa.




Y tú requetemuerto, Eduardo Alonso,

mientras yo bebo mis bebidas blancas.

Manuel Alcántara

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Amanece

La claridad del día es compatible

con todos mis errores.




Al fin y al cabo, a mí lo que me pasa

—oscuridad, errores, sed de entonces—

se debe únicamente

al hecho involuntario de ser hombre.




¿Por qué se pone pálido este día?

¿Sabe que ha de morirse por la noche?




Sale el sol para todos los tejados.

Amanece otra vez para las torres

y los balcones, para las iglesias

tranquilas donde animan a los pobres,

para la acera malgastada y viva

que casi no recuerda lo de anoche…




Hoy es siempre otro día

y el corazón lo reconoce.

Manuel Alcántara

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La estatua

Quizá la mandó hacer algún alcalde

—eso decora siempre—

o un concejal…

—a caballo sería más alegre—.




Verdea el bronce

solemne.




Era de los de a pie.

Quizá de cuando los franceses.

Y moriría en el combate

seguramente.

(Con cinco heridas.

No hay más que verle).




Ahora cumple los años ahí encima.




Debió ser un valiente.




Lleva la espada en una mano.

En la otra tiene

un gesto de decir que han de seguirle

y ¡cueste lo que cueste!




Los pájaros se paran en la espada,

en el alero mismo de la muerte,

después se van al pelo

que le cae en la frente.

Luego otra vez hasta la espada…




La escarcha de diciembre

que se derrite al sol

sobre el bronce solemne

le está mojando

los hombros (a pesar de ser un héroe).




No sé ni cómo se llamaba.




Cualquier día me acerco para verle

el nombre.




Debió ser un valiente.

Manuel Alcántara

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Fábula del parque y el globo

Como el que escoge un pecho entre la bruma

para quedarse reclinado;

igual que el corazón cuando se para

para tomarse un poco de descanso;

lo mismo que los ríos si se enteran

que tienen una orilla en cada mano.




Aquí la sombra y la sorpresa,

los terrenos humanos.

Los municipios de la paz,

su reino entrecortado.

Aquí los ojos en peligro,

la vida al lado.




Las remotas teorías de la muerte

se quedan en suspenso y por lo alto.




Un emblema del aire.




Sólo quería

ascender al compás de la mañana,

condecorar el día.




Una insignia del viento.




Sólo sabía

que el color de la altura, allá en lo alto,

casi siempre varía.




Un impulso ascendido.




Sólo quería

ser aire por el aire,

poner redonda la alegría.




Un regreso seguro.




Él no sabía

que todo vuelve hasta la tierra

un día.

Manuel Alcántara

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La puertas

El tiempo de las puertas

se mide por llamadas,

lo mismo que se cuentan, niño a niño,

los años de una casa.




Cuando las calles pobres,

las puertas se abren más y son más claras.




Si algún niño se asoma

al sol de las fachadas,

la sangre de las puertas

corre a puerta cerrada.




Si el día o si la lluvia, si la tarde,

las puertas entornadas

recuerdan a sus muertos

y se apagan un ala.

Manuel Alcántara

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La visita

La muerte no es de aquí.

Por eso no se entiende.

La muerte es de otro sitio: de allá arriba

o de la tierra que nos tiene

o de la mar (del aire no),

o de la mar azul y verde.




Cada hombre era una fecha.

Hablo de un pueblo de cipreses

donde el silencio fue elegido alcalde.

Ciudadanos solemnes,

horizontales…

para que piense

que un hombre en pie

hace un ángulo recto con su muerte.




He dicho: «Pero Dios», y luego:

«falta en el mundo mucha gente».

También he dicho:

«amigo, vengo a verte».

Manuel Alcántara

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Juegos de hombre

No es lo mismo. De niño se es más fuerte.

Tienes siempre una mano que te guía,

preguntas y responden todavía…

Luego te dejan suelto. Mala suerte.




Dicen que así es la vida. Voy a serte

sincero: no me gusta. No podía

gustarme más que cuando no sabía

eso de que mataras con la muerte.




No te conozco, pero sé tu juego.

Dejadme a mi merced, sonoro y ciego,

con mi amor y mis huesos, todo junto.




Soldado involuntario en una guerra

ya prevista. Aquí pan y después tierra.

Estoy soy y seré. Ya no pregunto.

Manuel Alcántara

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Función del día

Todo está preparado. Recién puesta

la barraca y la luz: las propias rosas.

Recién puestas las tracas clamorosas

y a punto el corazón para la fiesta.




Apunto el corazón. Lo inscribo en esta

tarea de ir pisando rayas, losas,

semanas, injusticias, y otras cosas

que también se me quedan sin respuesta.




Digo que a punto el corazón. Es mucho

decir. Miro la vida, entro y escucho

la música de fondo del concierto.




Espectador y cómplice, decía

que la función se acaba cualquier día:

caerá el telón y me darán por muerto.

Manuel Alcántara

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Soneto para leer en una terraza por las noches de verano

A José Asenjo

Al ocio lo circunda un viento bajo;

península del aire, la azotea,

cortada de la altura, deletrea

los ruidos, y las luces y el trabajo.




La vida es una historia de allá abajo,

pero hasta aquí no llega la marea.

Cuando pienso en volver a la pelea

se me caen los palos del sombrajo.




El tiempo me traspasa. Nada espero.

La noche se ha dormido en el alero.

Fosforece su antigua platería




La luna por el aire del verano,

si pudiera cogerla con la mano

bien sabe Dios que no me movería.

Manuel Alcántara

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Muchacha en la bolera

La vertical, dispuesta cetrería

se inicia por impulso de su mano;

inmóvil caza en el jardín cercano

solicita al final su puntería.




Todo se echa a rodar con su alegría

si rueda un mundo que es por ella humano.

Diez arbustos florecen en el llano,

pero viene a talar la geometría.




Anima su portada el «Vogue» cuando

se derrumban los bolos sollozando,

elástica criatura siglo XX.




Y ríe Cristian Dior cuando se inclina,

morena de «bayón» y de piscina,

femenino discóbolo viviente.

Manuel Alcántara

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El ring

Ignacio Aldecoa

Doce cuerdas limitan el coraje.

Los mineros del «crochet», la valiente

población del gimnasio, sangra y siente

bajo el fuego sagrado del voltaje.




Cuatro onzas en los guantes y vendaje

duro. Alta tensión. Aire caliente

de K.O. y cigarrillos… De repente

ha cuadrado la furia su paisaje.




Perfiles de moneda desgastada

cita el gong con su aguda campanada.

La luz del cuadrilátero ilumina




jóvenes gladiadores golpeando,

el esfuerzo y los músculos poblando

el país del sudor y la resina.

Manuel Alcántara

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Soneto para esperarte en una cafetería

Resulta que la historia estaba escrita

cuando yo quise hacerla a rni manera.

Cuando yo no quería que volviera,

resulta que la historia resucita.




Resulta que en el tiempo de la cita

tendrán que hacer un banco de madera.

Al corazón le viene bien la espera,

quién sabe si, además, la necesita.




Azafatas de vuelo alicortado

van del café a las piñas tropicales

por aires ciudadanos y ruidosos.




Arriba el tiempo nuevo ha presentado

sus fluorescentes luces credenciales

y enrolla pergaminos luminosos.

Manuel Alcántara

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El calendario

Viene un otoño apenas hilvanado

y una arboleda de papel me cubre;

el tiempo del amor se llama octubre,

para el dolor cualquiera está indicado.




El tiempo, en la pared encuadernado,

entre nombres y números se encubre,

pero siempre, en enero, se descubre

que la broma genial se ha prolongado.




Que la broma de siempre va hacia arriba

que no puede quedar sólo en espera,

en nube más o menos fugitiva.




Que llegaré peldaño tras peldaño,

que el almanaque es sólo una escalera,

una edición de Dios de cada año.

Manuel Alcántara

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La almohada

La memoria es culpable. Si se arrumba,

se le seca al dolor un afluente.

Si una nieve cordial, blanda y caliente,

descansa la cabeza, ya no zumba




la abeja de vivir. Al que se tumba

se le llena de pájaros la frente,

se le pone el amor convaleciente

y una pena mural se le derrumba.




Para ver claro un rato me he tendido;

para oír predicar en mis desiertos,

para encontrarme todo lo perdido…




Para olvidar a medias, para nada,

ensayo la postura de los muertos,

para dejar la sangre en la almohada.

Manuel Alcántara

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Tiempo de invierno

Todos los pobres mueren bajo el puente

—a mí mismo me pasa cada día—

viendo que se les marcha el agua fría

y se les queda el barandal de enfrente.




Puentes sobre el invierno. Un mar de gente,

pobre gente —yo mismo todavía—

embarcada en la corta travesía

que va desde la nuca hasta la frente.




«Nuestras vidas», etcétera, ya saben:

se irán hacia esa mar cuando se acaben.

Yo miro cómo se las lleva el río




asomado al brocal de los inviernos.

Así estamos de solos. Y sin sernos

posible comprender que exista el frío.

Manuel Alcántara

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Soneto para acabar un amor

He quemado el pañuelo, por si acaso

se pudiera tejer de nuevo el lino.

Le sobra la mitad del vaso al vino

y más de media noche al cielo raso.




Tenía que pasar esto. Y el caso

es que estando yo siempre de camino

y estando tú parada, no te vi y no

me ha cogido el amor nunca de paso.




Puede que salga a relucir la historia

porque nunca se acaba lo que acaba,

que se queda a vivir en la memoria.




Echa a andar el amor que te he tenido

y se va no sé dónde. Donde estaba.

De donde no debiera haber salido.

Manuel Alcántara

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Night club

Orquesta en el jardín. Nocturno, el cobre

volandero de los pájaros, volando,

añade alas al jazz. Circula un blando

susurro de palabras quietas sobre




la pista… (el corazón quizá recobre

así su antiguo peso, como cuando

bailaba solo). Yo me estoy mirando

con ojos de mirar a un niño pobre.




A alguien que de milagro se sostiene.

No se mueve en el alma ni una hoja.

Ni me va la esperanza ni me viene.




No sé si los violines o las penas,

me están sonando dentro, por la roja,

provisional corriente de las venas.

Manuel Alcántara

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Radiografía

A Salvador Jiménez

Detrás del bien urdido parapeto

de músculos, tejidos y alegría;

tras la provisional cristalería

de las venas, reside, hondo, el secreto.




¡Qué vocación de muerto en mi esqueleto!

En el cliché de la radiografía

he visto al que seré —quién sabe el día—

el día en el que Dios me ponga el veto.




Me vive en la extensión roja y espesa

un vertical difunto ensimismado,

un huésped mineral de la ternura.




No es que me importe, pero qué sorpresa

que me flote en la sangre un ahogado,

que esté de pie y que tenga mi estatura.

Manuel Alcántara

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La tarde

Eso es la tarde,

eso es el río

y aquello son los árboles.




Sentado en una silla, en la terraza,

estudiante del aire,

aprendiz de estar vivo

y especialista de su propia sangre,

un hombre —nada nuevo

por otra parte—

ciudadano de Dios

y nacionalizado en medio de la calle,

piensa que se conoce lo preciso

para poder mirarse

por encima del hombro

y querer que esto acabe cuanto antes.




Sentado en la terraza,

inquilino del aire,

un hombre como tú cuando estás solo,

se ha puesto a hacer balance

y atestigua con muertos interiores.




Es otoño y es martes

en toda España. Cobres volanderos,

laminados, revuelan por los parques.

Es un martes cualquiera

de un otoño variable

parado en la mitad de España.




(Hablo

de lo que más conozco: de la parte

que me toca ocupar,

quitándosela al aire.)




Es otoño y es martes y es España.




Cruzan vencejos ambulantes.




El día, poco a poco,

se le está haciendo tarde

a su inventor, al único

que los tiene contados desde antes.




Sentado en una silla, en la terraza,

pienso en islas probables,

miro abajo las sílabas oscuras

del Manzanares

—por cada gota un clásico—

y pienso que no cabe

duda: ese es el río,

esa es la tarde,

ese es el cielo del otoño

y aquello son los árboles

repartiendo prospectos amarillos

por las habitaciones de los parques.




Pienso en otros otoños

que ya no tengo por delante

y en otro viento

surcado de vencejos delirantes.

Pienso en el río

para quedarme al margen.




A mi derecha tengo un paquetito

de esperanzas que Dios guarde;

un poco más allá,

igualmente a mi alcance,

otro paquete con mis treinta años

intransitables.

Hay un aviso:

«Prohibido tocar. Peligro de desastre».




Sentado en una silla, en la terraza,

con los ojos a pájaros distantes,

a no sé cuantos metros de altitud

sobre el nivel incierto de la calle,

un hombre —nada nuevo

por otra parte—

está pensando, en serio,

que es mala cosa hacer balance.

Manuel Alcántara

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Zona verde

Sobre la piel de marzo se ha tendido

con todos sus pecados perdonables;

por sus hombros resbala

el polen de la tarde.




Tumbado sobre marzo, acudiría

a la convocatoria de los aires

si no tuviera dentro un hombre oscuro

siempre desanimándole.




(Se oye la soledad. Descansa el tiempo.

Se ahonda la postura de los árboles.)




Echado sobre marzo, un hombre asiste

a su propio espectáculo variable.

Junto a la yerba nueva, busca, absorto,

las cuatro hojas de un trébol por su sangre.




Sobre la piel de marzo, un hombre quieto,

con los ojos a pájaros distantes,

se escucha ese sonido

que suele hacer la pena al levantarse.




(Oye su soledad mientras contempla,

más honda, la postura de los árboles.)




De buena gana acudiría

a la convocatoria de los aires

si no escuchara ese sonido

de la esperanza derrumbándose.




Tendido sobre marzo, quieto, oscuro,

un hombre reclinado, inexplicable.

Manuel Alcántara

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Patio interno

La mañana de cretona

toca a rebato y a lana;

toca a pena por persona

el colchón de la ventana.




En la calle está la vida

parada junto a la acera

asomándose a la herida

por el balcón de madera.




Han puesto por las paredes

el mural de la pobreza,

han tendido al día redes,

han aireado tristeza.




La ventana saca fuera

la vida triste y usada.




Una pena de bandera

ondea en la madrugada.

Manuel Alcántara

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El domingo

A Luis de Diego

Me arrepiento de hacer nada por mí.




Pasan las nubes. Quietas en el aire,

las nubes pasan frente a mi ventana

—se quedan, pasan— sin querer quedarse.




Un astrónomo ciego, un hombre ciego,

una ciega ventana. Hasta es probable

que me llueva por dentro y que se moje

el horrible domingo por la tarde.




De lo que nunca tuve, algo me queda,

y un vaso de ginebra es navegable.




(Sería tan ridícula esta historia

si un hombre no tuviera dentro a nadie.)




Abro las manos para abrir el libro:




«Ella me miraba a los ojos de una manera

que le hacía a uno preguntarse si realmente

miraba con sus propios ojos. Miraba y miraba,

cuando los ojos de cualquier otro ser ya se

habrían cansado de mirar.»




Pasan las nubes. Quietas en el aire,

las nubes pasan frente a mi ventana

—se quedan, pasan— sin querer quedarse.




«Eso empezará de nuevo. Doscientos mil

muertos. Cincuenta mil heridos. En nueve segundos.

Esas cifras son oficiales. Eso empezará de nuevo.

Habrá diez mil grados sobre la tierra.

Diez mil soles, se dirá.

El asfalto quemará.

Un desorden profundo reinará.

Una ciudad entera será levantada de tierra

y caerá convertida en cenizas.»




Las nubes, con el viento de su parte,

pasan —se quedan— frente a mi ventana.




Mi vaso de ginebra es navegable

y esta chaqueta que ahora llevo puesta

le va a estar grande a mi esqueleto.

¿Vale

la pena hacer algo por mí? Contemplo

el desinteresado cielo grande.




Hay nubes por encima del domingo.




Lejos, viene un crepúsculo de lacre.

Manuel Alcántara

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Noticias de última hora

Ha sido detenido,

en París, un turista americano:

intentaba encender un cigarrillo

en la hoguera del célebre Soldado

Desconocido.

Dice un comentarista que esto indica

que el corazón de Europa está podrido.




En los países subdesarrollados

prosiguen las campañas

en favor del amor y de sus síntomas.

Los rebeldes desfilan con pancartas:

«Amor es el gran número del mundo.

Si alguien roza su cifra variable,

muy bien pueden llenársele las manos

de música y de almendras.

Suele iniciarse en la penumbra

o amanecer en medio de la voz;

suele verse también en despedidas

o en encuentros alegres

o en el corto trayecto de algún ómnibus

de Madrid a Barajas, por ejemplo.»




Fuentes bien informadas

nos comunican que en La Habana

llega la sangre al pecho de las cañas.

«No hay motivos de alarma

—afirman posteriores telegramas—

es cubana la sangre de las cañas.»




Se proyecta una nueva

Sociedad de Naciones, destinada,

a cuidar la primera.

Se estiman necesarias

varias reuniones previas.




«El hombre acabará solucionando

el problema del hambre y de la muerte»,

ha dicho, a su regreso de los cielos,

el cosmonauta más reciente.




En Colliure, sin que nadie la sembrara,

ha crecido una encina polvorienta

en mitad de una brisa castellana.

Investiga el suceso gente experta.




En el parque de Málaga, la gente

mira pasar la vida y la repasa

como las olas a la mar de enfrente.

Hay quien, de sueños sólo, hace una casa

se queda a vivir luego en su frente.




«Razón de ser de los imperialismos.»

Bajo este título,

grandes capitulares

y sin firmar, publica un largo artículo

nuestra prensa del último domingo.

En líneas generales,

se piensa mal del terrorismo.




Se han reunido en Madrid

un notario y dos jueces:

quieren declarar pródigo al otoño

en vista de las hojas que desprende.

Manuel Alcántara

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Caminos de la noche

La almohada, de suyo hospitalaria,

sabe sueños.




Conoce el tío-vivo

de la frente en la noche, cabalgata

viniendo, turbia ronda reincidente.




La almohada, de suyo hospitalaria,

como una habitación a ras del sueño,

sabe suaves sucesos, algaradas

repetidas, desfiles y discursos,

crónicas que se acaban con el alba.




Allí están las consignas de lo oscuro,

las páginas de ayer y de mañana,

y aquel octubre de colores claros

con cierto parecido a las muchachas

que nos miran de pronto por las tardes

y que luego se quedan entornadas.

Allí están las columnas y los jueves

del colegio, unos siete por semana,

y la acera contándose los pasos

que le siguen faltando hasta la plaza.

Los miedos inocentes allí, al lado,

justo a mano derecha de la infancia.




Para el que está tendido con su sangre,

la noche es un camino y un programa:

lluvia de aquel entonces en la calle,

viajes como aquellos frente al mapa,

y amistades de siempre, que se alejan

cuando el tiempo amontona las semanas.




Si un hombre pone horizontal la sangre,

deja la vida al pairo por la sábanas,

olvida lo que quiere, y lo que teme

le coge el sueño por las altas ramas.




Es tiempo de dormir.

La vida vuelve

los ojos hacia adentro y filtra una agua

dolida, con conciencia de naufragio,

penando por la suerte de sus barcas.




Se aplaca la memoria. Tregua oscura.

Es tiempo de dormir.

La sangre clama

al cielo de los sueños conocidos.




Anda por calles grises, cruza el alba,

recorre aceras lentas, plazas dulces…

y entra en la noche igual que en una casa.

Manuel Alcántara

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Como una oración

A Paula

Creo en Dios Padre, Todopoderoso,

creador del cielo y de la tierra,

inventor de los hombres;

que hizo los pájaros azules,

la nube, la nevada, el río y toda

la familia del agua.




Creo en su única herencia

enterrada en el barro con la ayuda del viento.




Creo en un cielo grande

—Van Gogh lo está pintando de amarillo—

donde puedan mezclarse suicidas y alfareros.




Creo en la abolición de la pobreza,

en la reunión del mar y en el milagro

del tiempo y de los peces.




Creo en la resurrección de las espigas,

en el reparto de la lluvia

y en la felicidad del niño aquel

que se ahogó en la alberca.




Creo en la vida perdurable,

en la unión de los llantos,

en el perdón de lo soñado

y en que después de nuestra muerte

empezará la Edad de las Respuestas.

Manuel Alcántara

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