Críticas de cine

En esta sección se recogen las 20 Críticas de cine que realizó Manuel Alcántara entre octubre y diciembre de 1978 para la publicación “El Periódico”.



EL PERIÓDICO.- 28 de octubre de 1978

“El líder”

(F. I. S. T.)

Un puño. El sindicato era un puño y sus afiliados estaban llenos de razón y hasta les sobraba, que no está bien hacer horas extras sin cobrarlas y carecer de Seguridad Social. Así eran las luchas obreras, hace cuarenta años, en Norteamérica. Lo malo es que los sindicalistas, en vez de partir de una teoría de Hegel, como Marx, partían del mango de un hacha.

La película, muy lineal y muy directa, sin alegorías, se sigue bien. Sylvester Stallone -más que Sylvester es “rusticus”- lleva

todo el peso y nos hace la merced de no exhibir los convincentes bíceps de Rocky. Con sus ojos de Dolorosa y su torso de titán, cae bien al público, “impacta de noble”, que dicen por allá. Progresa. Es un líder nato, tiene un amigo decente y una mujer buena, pero se sale de su barrio, amplía el territorio y pacta. Por lo tanto se mancha. Pasa del fango a la moqueta, del garaje a la sala de convenciones. Lástima, porque las Comisiones Obreras de Cleveland, incluso las de Chicago, confiaban en él. Era un buen tipo, sin duda, mucho mejor que los empresarios, cuya radical maldad les caricaturiza en la cinta. No hay por dónde cogerlos. La patronal sale muy mal parada en FIST.

Uno, que sabe de cine aproximadamente lo mismo que el lector medio de este diario, debe confesar que no se aburrió. La acreditada fórmula de mezclar sexo y violencia ha sido utilizada sólo a medias: no hay un solo culo a la vista, pero hay palos para un sombrajo. Bien rodados, verosímiles, Para los honrados obreros, para los repugnantes esquiroles, para los pobres policías, para todos. La gente aplaude cuando les zumban a los malos. En Vallecas aplaudirán más. Del film se deduce que los sindicalistas no han sido nunca ángeles y que la base, eso que ahora se llama base, no ha sido nunca feliz. Recomiendo la película a toda clase de públicos, en especial a Marcelino Camacho y Nicolás Redondo.

FIST (símbolo de fuerza). Dirección: Norman Jewison. Argumento: Joe Eszterhas. Guión: Joe Eszterhas y Silvester Stallone. Fotografía: Laszlo Kovacs. Música: Bill Conti. Intérpretes: Sylvester Stallone, Rod Steiger, Peter Boyle, Melinda Dillon, Davio Hoffman, Kevin Conway y Tony lo Bianco.




EL PERIÓDICO.- 29 de octubre de 1978

Así no pudo empezar Hollywood

(“Nickelodeon”)

Si ustedes no han visto “Nickelodeon”, disponen de una posibilidad admirable de la que yo, desdichadamente, carezco: no ir a ver “Nickelodeon”. Los esfuerzos del director Peter Bogdanovich y los no menos denodados de Ryan O’Neal y Tatum O’Neal -cosas de familia- por hacernos reír son penosos. Yo sabía hace mucho que la gracia que se quiere tener perjudica a la que, se tiene, pero no sabía que hubiera alguien con tan poca gracia.

La nostalgia, que también está al alcance de los menos, se

degrada, y el Hollywood de Scott Fitzgerald parece del Bombero Torero. La melancolía se resuelve en Batacazos, en maletas equivocadas y en trajes a cuadros, espléndidamente fotografiados, y lo que podía haber limitado con la épica es fronterizo de la subnormalidad. ¿Qué hago yo aquí, teniendo tantos libros que leer?, me pregunté en la desasistida penumbra. De seguir en esto, de opinar sobre películas, tengo que meditar muy seriamente sobre indemnizaciones. Lloroso, Gran Vía arriba, me fui a mi casa.

NICKELODEON (“Así empezó Hollywood”). Dirección: Peter Bogdanovich. Argumento y guión: W. D. Richter y Peter Bogdanovich. Fotografía: Laszlo Kovacs. Intérpretes: Stella Stevens y John Ritter. Producción: Americana. Local: Imperial y Salamanca.




EL PERIÓDICO.- 1 de noviembre de 1978

Dichoso el humilde estado

“LE JOURNAL EROTIQUE D’UN BUCHERON” (“Diario erótico de un leñador”)

El título es la primera estafa, ya que en la película no hay un alzkolari que disfrute de obsesiones sexuales, sino unos señores ricos, que hacen un camping clandestino, amenizado por una muchedumbre de señoritas serviciales. No hay más leño que el director.

La segunda estafa estriba en la indigencia mental del guionista, que supera incluso la de otros guionistas de películas clasificadas S. No puede darse menos. Un sabio,

minutos antes de serle concedido el Nobel, decide abdicar de todo convencionalismo y se retira a un bello paraje, lleno de cabañas y lleno de mujeres. Una especie de paraíso de Mahoma. El bosque se anima. Todo él es como un inmenso colchón. Sin trama y sin motivo, por las buenas, todo el mundo se dedica a lo mismo. No hay proceso. Aquí te pillo y aquí te mato. Eso es todo.

Hay algunas muchachas de buen ver, pero lo que pudiera haber sido estimulante es grotesco. Entre otras cosas, porque, como muy bien decía mi inolvidable amigo Tono, el cuerpo humano son habas contadas. Si el pornógrafo de turno no tiene talento, como es el caso, sobreviene el hastío, y los espectadores acaban estragados, empachados de carne cruda. Lo más interesante del film o de lo que sea me parecieron precisamente los espectadores. Había muchas parejas, que acaso estaban haciendo lo mismo que los futbolistas antes de saltar al terreno: ejercicios de calentamiento. Gente muy joven en general. Había también otros señores solitarios, un poco menos jóvenes, ojerosos y de mirada huidiza. Pienso yo que debían de ser sobrinos de Onan, y digo sobrinos porque es de suponer que Onán no fuera padre de familia numerosa.

“LE JOURNAL EROTIQUE D’UN BU-CHERON” (“Diario erótico de un leñador”): Dirección: Jean-Marie Pallardy. Guión: J. Enserment. Música: Doria Warner. Intérpretes: Willike van Ameldoy y Jean-Marie Pallardy. Local: Felipe II. Película: “S”.




EL PERIÓDICO.- 2 de noviembre de 1978

Perder el Paraíso

(“El pecado del padre Mouret”)

No me arrepiento de haber visto esta película discutible, desigual y moderadamente ambiciosa. Encontré demasiado obvios algunos simbolismos y, en ciertas fases, algo moroso el estilo. La historia de Zola, una historia muy siglo XIX, está bien llevada, aunque una cierta frialdad empañe la belleza plástica de algunas escenas. Su minoritario director, que intentó precisamente con este film llegar a más amplios sectores, según tengo entendido, hace verosímil el enfrentamiento secular entre el placer de vivir y el gusto por atormentarse. Entre los impulsos que pudiéramos llamar

sanos y el macabro masoquismo.

La interpretación me parece buena, en especial la del cura malvado y cerril. Ya en tiempos de Zola existía el recelo, más bien el temor, a que la Iglesia aflojara las riendas. Se conoce que ya había sacerdotes que creían que Dios no es políglota y consideraban una catástrofe que llegara algún día en que las misas se dijeran en las lenguas vernáculas.

La feliz amnesia del atormentado cura joven le permite una restringida estancia en el paraíso, junto a una Eva rubia como un tesoro, pura como ella sola, que además tiene una boca residencial. (Sólo por ver la boca de esta actriz vale la pena la película.) En esta ocasión, la penumbra cerrada de la sacristía se impone al infinito jardín, pero el espectador no se aburre con intensidad en ningún momento y lo pasa bien a ratos, aunque el clima de la historia sea más bien tenebroso. Como mi criterio es forzosamente comparativo debo decir que esta película tiene más interés que casi todas las que están proyectándose actualmente. A algunos les gustará más y a otros menos, pero se trata de un intento serio. Creo yo.

“EL PECADO DEL PADRE MOURET” (“La faute de l’Abbé Morel”). Dirección: Georges Franju. Fotografía: Marcel Fradetal. Música: Jean Wiener. Intérpretes: Francis Huster, Gillian Milis y André Lacombe. Distribución: V. O. Films. Género: Drama religioso. Fecha de estreno: 30 de octubre, Local: Gayarre. Película: Dieciocho años.




EL PERIÓDICO.- 7 de noviembre de 1978

Un testimonio estremecedor

(“El coraje del pueblo”)

No es una película para divertirse, sino para enterarse, un documento que pone los pelos de punta y encoge el corazón al mismo tiempo que estira la admiración por el “Che” Guevara, que se fue precisamente a morir allí, del mismo modo que otros se van a pronunciar discursos. Las “masacres” del pobre pueblo boliviano, el genocidio de las poblaciones mineras, la degradante existencia de los trabajadores y el poco precio de la vida de los humildes son la temática de esta película que nos zarandea en la butaca y de algún modo nos acusa. El espectador sabe que se narran

hechos verídicos y que esta miseria y esta sangre no están inventadas. De un modo sobrio y terrible, Sanjinés nos muestra, a la vez, el límite de la pobreza y la frontera de la crueldad, el desamparo de Bolivia y el imperialismo yanqui. También y a pesar de todo, la esperanza y el coraje del pueblo del altiplano.

Para contar vidas y muertes se ha valido Sanjinés de mujeres y hombres que acaso no sabían, hasta que él llegó, lo que era una cámara. Con estos actores naturales, que mascan coca y a veces dicen palabras en quechua, se ha edificado el escalofriante testimonio. Con nombres y apellidos se acusa a los oligarcas, a los dueños del estaño y a sus generales servidores. No hay demagogia, sino estadística.

Está bien, después de tanta chorrada y tanto porno, meterse en un cine chico y ver en una pequeña pantalla, entre el silencio sagrado de los espectadores, este relato patético. Aunque uno sueñe unas cuentas noches con la sangre en los arenales, con las torturas, con el ciego instrumento que son aquí los soldados disparando sobre sus hermanos aún más pobres. Aunque uno se desvele pensando que eso ha pasado, que eso sigue pesando en la América nuestra.

“El coraje del pueblo” (“La noche de San Juan”). Dirección: Jorge Sanjinés. Guión: Oscar Soria. Fotografía: Antonio Eguino. Música: Roberto Lar. Intérpretes: Federico Vallejo, Felicidad Coca, Domitila Chungara y Eusebio Gironda. Película: 18 años. Local: Pequeño Cine Estudio.




EL PERIÓDICO.- 8 de noviembre de 1978

Travoltas de tercera regional

Nunca, con tan escasos medios, se ha logrado menos. La película es la inanidad pura, la vaciedad aderezada con argot pero de un modo tan abusivo, tan propuesto, que en algunos momentos dudamos si los personajes hablaban algún idioma conocido. Hay tal acumulación de troncos, de rollos, de pasta gansa, de “jos”, de machos, de tío, de palizas y de demasiés, que pierden toda su eficacia. La momentánea germanía, que dentro de poco tiempo será relevada, pasa de ser un esbozo carcelario y un lenguaje en clave a ser una tabarra insufrible. Excesivo y apócrifo ejercicio de color local, que diría Borges. Pero lo más perdonable de la película es la expresión. La

conducta de los personajes más inverosímil que su lenguaje, en el que hay incluso ñoñismos, como decir “de pura madre”, en vez de hablar como Dios manda.

Unas adolescentes, cuya única vocación consiste en sacarle dinero a algunos señores entrados en años, pero eludiendo la contraprestación -todas más puras que las gallinas- se apoyan, nunca mejor dicho, en su minoría de edad. Eso es todo. Y como además se mezcla con un travoltismo para pobres, lo que pudiera haber sido sociología es epilepsia.

Las niñas, todas muy monas y todas de familias adineradas, montan en sus motos, van a las discotecas y dicen cosas. Todas andan obsesionadas con el virgo, que es la palabra que más se reitera a lo largo del film, y alguna contagia esa preocupación al muy carroza de su padre. De los intérpretes el que actúa con mayor naturalidad es, a mucha distancia, el perro de Xavier Cugat. No quiero hablar del director: no soy rencoroso. En cambio quiero decir que la actriz, mejor dicho, la muchacha que hace de Angélica, me gustó mucho. Cantidubi.

“Nunca en horas de clase”. Dirección: José Antonio de la Loma. Guión: José Antonio de la Loma Fotografía: Juan Gelpi. Música: New Trolls. Intérpretes: Inma de Santi, Nadia Windell y Carlos Ballesteros. Película: 18 años. Local: Españólelo.




EL PERIÓDICO.- 10 de noviembre de 1978

Motorizar el “western”

“Infierno en Florida”

El centauro armado de Colt del 45 sigue siendo insustituible. Desde el momento en que se reemplaza el caballo por el Chevrolet, aunque se siga la pauta y el cliché de las películas del Oeste, todo varía. Las libres praderas son autopistas y los malvados cuatreros, “gangsters” corrientes. Por otra parte, la épica -que hizo alguna vez que Gary Cooper fuera Amadís de Gaula- no soporta el humor. Claro que, a su vez, el humor no soporta la mala sombra.

Éste es el caso del engendro que nos ocupa. Se quiere hacer

gracia constantemente, en un redundante intento de frivolizar lo que ya es frívolo. Sólo dejé de bostezar durante algunas espectaculares persecuciones y no gracias a la emoción, ya que da igual que los cojan o que no los cojan, sino a la pericia de los conductores. Este aspecto circense es lo único salvable del film, que parte de idénticos postulados que “Convoy”, de hacer conductor de primera al vaquero, pero que no consigue la cierta calidad de esa película.

Los ingredientes son los de tantas y tantas ocasiones: novio audaz y golfante, chica boba, padre sinvergüenza, peleas y puñetazos. Por no faltar no falta el típico viejecito de película del Oeste, que en este caso son dos. Uno de ellos, además, toca el violín. Con estos mimbres se ha construido la historia de falsificadores de whisky depravado, capaz de matar lejanos negros de un solo sorbo.

El protagonista masculino, famoso por su reincidencia televisiva haciendo de Kun-Fu, no se resigna a que el público ignore su habilidad para dar coces. No sé si en Carradine se habrá perdido un actor, pero estoy seguro que se ha malogrado un delantero centro.

Puede que la película guste a los que ostenten el eventual privilegio de tener menos de doce años. Puede que también guste a los subnormales profundos.

“Infierno en Florida”. Realización: Corey Allen. Guión: William Hjortsberg. Fotografía: James Pérgola. Intérpretes: David Carradine y Kate Jackson. Género: Comedia.




EL PERIÓDICO.- 17 de noviembre de 1978

Sonreír por nada

Alegrías de un viudo

Se trata del colmo de la trivialidad, de la pura pamplina amable, pero de pronto se agradecen productos así, tan bobos, tan poco testimoniales, sin guarradas, que se extinguen diez minutos después de acabar y no dejan más memoria que la de haber pasado un rato casi entretenido. El mérito de esta película son las otras.

Un doctor maduro enviuda y decide poner en práctica el consejo de Lope para olvidar a una mujer: tomar la posta en otras. Claro que este doctor no necesita olvidar a la difunta, ni

leer al clásico. Quiere divertirse. Eso es el guión y hasta ahí llega el esfuerzo de su autor y su capacidad fabuladora. El director Howard Zieff no ha querido innovar nada y la historia fluye con naturalidad, apoyado todo en la calidad de los actores: una Glenda Jackson que habla hasta con los pómulos y un Walter Matthau, ya veterano para hacer de maduro, que le saca mucho partido a su gracioso gesto de pingüino feliz. El diálogo abunda en hallazgos de ingenio en tono menor que consiguen evitar el tedio y logran que la gente lo pase bien. Una comedia ligera como un vilano, del linaje de tantas y tantas películas americanas que pretenden y consiguen divertir dentro de la banalidad. De la estirpe de aquellos filme del año catapún que solían hacer Mirna Loy y William Powell o Cary Grant y cualquier actriz mono y con oficio.

Una película tolerada y tolerable, que tiene incluso música de los Beatles y que nos hace sonreír por nada. Si el espectador se ha tragado los bodrios que afligen las carteleras en abrumadora proporción, estima que cosas así son preferibles. Y no hacen daño a nadie.

“House Calls”. Titulo en España: “Alegrías de un viudo”. Realización: Howard Zieff. Guión: Max Shulman, Julius J. Epstein, Alan Mandel y Charles Shyer. Fotografía: David M. Walsh. Intérpretes: Walter Matthau, Glenda Jackson, Art Carney, Richard Benjamin, Candice Azzara y Dick O’Neill. Género: Comedia. Local de estreno: Palafox.




EL PERIÓDICO.- 22 de noviembre de 1978

El mismo, el otro

Sucedió entre las doce y las tres

La historia que ha escrito y dirigido Frank D. Gilroy parece una colaboración entre Zane Grey y Lamartine. Junta el Colt del 45 con el guardapelo, la cabalgadura con la taquicardia amorosa, la violeta con el cactus.

Tres horas de la vida de una viuda consolable son la base de la historia. Su amor por un pistolero de segunda regional es súbito, pero el pistolero es un golfo. Se le da por muerto y no muere. La leyenda de su sacrificio, que no lo es, crece y crece. Ella, la creadora, se convence más que nadie. Y la rápida

Julieta, que en la película se llama Amanda, prefiere ser como la ven los demás a como es. Rechaza la realidad y se queda a vivir en la leyenda.

Aunque existan desigualdades y fallos de ritmo, la película no me aburrió en exceso. Sin llegar a pasarlo bien, no lo pasé mal. Quizá porque Charles Bronson, con su rostro mixto de mandarín y boxeador, me parece siempre un actor interesante. Él es lo más destacado del film, junto a la buena fotografía. Lo demás es vulgarísimo y el guionista y autor ha desaprovechado una oportunidad de trascender su relato. Si el protagonista hubiera comprendido, como el Lázaro del poema de Cernuda, “el error de estar vivo”, lo que aquí es pura trivialidad podría haber cobrado otros matices. Pero quizá sea demasiado pedir para estos “westerns”.

“Sucedió entre las doce y las tres” Director: Frank D. Gilroy. Intérpretes: Charles Bronson y Jill Ireland. Película: 18 y 14 ac. Local: Carlton y Luchana.




EL PERIÓDICO.- 23 de noviembre de 1978

El que ha cambiado es Chumy

“¿Pero no vas a cambiar nunca, Margarita?”

¿Cómo me ha hecho esto un amigo Chumy-Chúmez es el humorista de mi generación, que no es ni tan silenciosa ni tan reprimida, si bien se mira. ¿Cuántas veces, en la alta madrugada de Ignacio Aldecoa, nos hemos contados unos a otros historias gráficas de Chumy? Hasta hicimos un adjetivo, y lo “chunyesco” fue vocablo nuestro, cómo lo barojiano o lo solanesco o lo “heminguayano”. Y ahora esta cosa de Margarita y: su familia.

Creo que el genial dibujante ha partido de un error, de un

desfase, de algo que jamás le ha ocurrido con el lápiz. Hay una falta de sintonía con el tiempo actual, un perder comba que se nota hasta en el lenguaje. La inconsciente y hermosa Margarita se contrapone a la sórdida, hipócrita y malvada familia abulense. La muchacha se saca una de sus dos tetas —¿o son más?— sin ton ni son, a las primeras de cambio, pero aparte de esa manía, se produce con naturalidad de animalito bello. Los demás son malísimos. Interesados y guarros. Por si no estuviera claro, la chica echa una obvia parrafada diciéndonos que es la única decente de la película.

El reiterado incesto no estremece a nadie y, lo que es peor, no hace reír. Ni siquiera cuando el hermano burro quiere violar a la hermana muerta. No se llega a Sófocles, pero tampoco a Alfonso Paso. Del pegote final es más piadoso no hablar. En fin, que no sé qué le ha pasado a un chico tan listo. Quizá ocurra que no sea fácil ser Leonardo. Dibujante, narrador, decorador, novelista, guionista, director, cinematográfico… Renuncio a Chumy da Vinci y me quedo con Chumy-Chúmez, con el de siempre, que es un fenómeno, un tipo cruel y tierno, lleno de amor y de distancia, de buena y de mala intención. No con el Chumy de esta historia con Garisa, que es, por cierto, el único actor que sabe dónde tiene la cara, paseando en calzoncillos, a ver si alguien se desternilla. En fin, no soy rencoroso. Chumy es Chumy. Aquí no ha pasado nada.

“¿Pero no vas a cambiar nunca, Margarita?”. Nacionalidad: Española. Realización: Chumy-Chúmez. Guióñ: Chumy-Chumez. Fotografía: Carlos Suárez. Intérpretes: Silvia Aguilar, Antonio Garisa, Fernando Nublo, Josefina Calatalud y Francisco Vidal. Género: Comedia. Local:’ Bilbao. Estreno: 13 de noviembre. Distribución: Daga Films, S. A.




EL PERIÓDICO.- 26 de noviembre de 1978

Algo más que una venganza

“El Casanova”

Puede que sea un error, pero es un error de Fellini, no de cualquiera de esos centenares de hombres que dirigen películas. Tenebrosas, barroca, abusiva, cruelísima, es ésta una historia voluntariamente deformada, desquiciada por la peculiar óptica de F. F., al que se le nota mucho que se le atragantó el proyecto. De todos conocidas las peripecias que comportó el rodaje, estábamos menos al corriente del asco del gran director italiano por la figura del fatuo conquistador veneciano. La verdad es que leyendo las memorias del caballero Casanova se percibe que no era un caballero, ni

tampoco un escritor, sino un tipo pululante, engreído y bastante embustero. En su prolijo relato se aprecia que tenía un alto concepto de sí mismo y existen pasajes mucho más inverosímiles que la cifra de sus eyaculaciones.

A Fellini le carga el personaje y lo destroza entre tisúes, orgías, damascos y pelucas empolvadas. Una patética belleza se mezcla con el gusto por lo fúnebre, mientras silba el viento. Hay pasajes que despiden olor a crisantemos putrefactos y escenas donde se hace táctil una especie de maldad corrupta, entre candelabros, obsesiones, nieve sucia y decadencia irreparable. Pero todo tratado por Fellini. Exagera, sin duda, y corrompe una biografía acaso banal llenándola de significaciones y de símbolos. Casanova es un gimnasta del amor, un robot siempre a punto, con ropa interior del doctor Rasurel. Está más cerca de Blume que del eterno mito del burlador y, en vez de ir a pecho descubierto como el Tenorio que resucita por estas fechas, lleva una especie de chaleco antibalas. Mi teoría es que don Juan, más que un seductor de mujeres es un seductor de ensayistas. Fellini ha hecho su ensayo sobre el arquetipo. No sé si se ha equivocado, creo que sí, pero tiene grandeza de manías, hay que reconocerlo. Y hasta su porcentaje de estiércol está hecho a base de muertos ruiseñores.

“El Casanova”. Dirección: Federico Fellini. Guión: Federico Fellini y Bernardino Zapponi. Fotografía: Giuseppe Rotunno. Música: Nino Rota. Intérpretes: Donald Sutherland. Calificación: 18 años. Local: Urquijo.




EL PERIÓDICO.- 29 de noviembre de 1978

Del rosa al rosa

“El hombre que yo quiero”

Rafael Pérez y Pérez, que no sé si descansa en paz, y Corín Tellado, que no deja descansar a las imprentas, suspiran de gozo en su octavo cielo. Parece que la fórmula del amor inconcluso, del amor que no llega a serlo, de la infidelidad pasajera, del aquí no ha pasado nada salvo una leve cicatriz en el corazón, sigue siendo vigente. Al menos hasta que el Bachillerato sea obligatorio.

Estas películas pánfilas, voluntariamente banales, basadas sólo en un episodio sentimental, tienen, en mi opinión, dos

posibilidades de salvarse: el ingenio del diálogo o la categoría de los intérpretes. No es el caso. Lo que podía haber sido costumbrismo, retrato de un tiempo, sociología en tono menor, se desvae y se difumina hasta quedarse en nada. Los personajes no están psicológicamente terminados y aunque sean verosímiles no son verídicos. Sobre todo, nos dan igual. Allá ellos.

No se trata de repudiar la ligereza, que a uno le parece mucho mejor que la trascendencia ficticia, sino de lamentar que no esté mejor urdida. Es penoso el esfuerzo que se hace por tener gracia. El día que yo fui la gente se rió mucho cuando ante el desmayo de su hijo le hacen decir a Aurora Redondo que ha sufrido una “linotipia” en vez de una lipotimia, como aclara el desmayado, que es culto. Ni en “El orgullo de Albacete” se habían atrevido a tanto. Claro que el día en que asistí a la proyección era sábado. La famosa fiebre del sábado, ¿no será la que determina la meningitis? No lo sé, y ése sí que sería un tema apasionante. A pesar de todo, la película tiene valores y Juan José Porto, que irá a más, cuenta bien y no cae en chabacanerías ni en pormenores de colchón. El final guarda una sorpresa agradable que redime algunos errores y baches. Nos damos cuenta que “El hombre que yo quiero” podía haber sido más.

“El hombre que yo quiero”. Dirección: Juan José Porto. Intérpretes: Arturo Fernández y María Luisa San José. Clasificación: Dieciocho años. Local: Callao y Vergara.




EL PERIÓDICO.- 30 de noviembre de 1978

Gafe enorme, oiga

“La maldición de Damién”

El ángel malo se convierte en un mal ángel. Su única disculpa es que asume un destino que él no escogió y es más que probable que, en caso de ser consultado, este niño terrible hubiese preferido tener unos padres normales en vez de ser engendrado por un chacal. La verdad es que el muchacho asume con bastante dignidad su demoníaca sustancia y aunque al principio le contrarió saberse diabólico, progresivamente le va tomando el gusto a la cosa. Las catástrofes que determinan son innumerables, al menos a mí no me dio tiempo a contarlas. Cinematográficamente están

muy logrados algunos desastres y son angustiosos los accidentes en la nieve, el ascensor, la carretera, la fábrica y otros etcéteras. Y es que el niño flor que toca se deshoja. Por donde pasa no vuelve a crecer la hierba. De mucho cuidado el angelito caído en el seno de una familia poderosa y bien organizada.

El pájaro negro, Aminadab, Satán adolescente, la reprobación, el Enemigo con mayúscula, algo inscrito desde siempre en nuestra cultura, que sigue intrigando a los contemporáneos. Como ayer Papini y mañana Bergamín, Juan Pablo II acaba de hablar del demonio. Satanás gusta del incógnito pero consigue que se hable mucho de él -en Madrid tiene un monumento, que dicen que es único en el mundo— y el cine no podía desaprovechar su fama. Incluso para los que descreemos en él y el demonio nos parece un pobre diablo el asunto es apasionante. La película quizá no lo sea, pero está bien hecha, bien contada y bien interpretada. No aterroriza demasiado, pero tampoco aburre. Estremecer, conseguir que se le pongan los pelos como escarpias a los pobres espectadores es el noble deseo de Don Taylor, que ha hecho la continuación de “La profecía”.

Los gafes, según una sutil matización andaluza, se subdividen en sotanoides y manzanillos. El anti-Cristo de trece años que protagoniza el film pertenece sin duda al último y odioso apartado.

“La maldición de Damién”. Dirección: Don Taylor. Intérpretes: Willian Holden, Lee Grant y Jonathan Scott-Taylor. Clasificación: Dieciséis años. Local: Paz y Richmon.




EL PERIÓDICO.- 8 de diciembre de 1978

Apoteosis final

“La batalla de Berlín”

La guerra que al hombre entigrece, la guerra odiada por las madres y por todos los que la conocen, logra en esta película una verdadera cumbre de realismo. Yuri Oserov nos ha contado, grandiosamente, los días decisivos, el final wagneriano del III Reich. Más que un film es un cantar de gesta, una épica fotografiada. La monstruosa guerra de los seis años, la última mundial por ahora, encontró su desenlace en los días terroríficos que fueron del 21 al 30 de abril del 45. A ellos se circunscribe este espeluznante relato que combina el color con el blanco y negro, la creación cinematográfica y el

documental.

El famoso “¡Ay de los vencidos!”, que recorre no sólo la manera de contar la historia, sino la historia, está bastante atenuado. No puede hablarse de neutralización, porque la objetividad no existe, pero se intenta un testimonio y aunque se cante en todo momento el heroísmo de los combatientes rusos, jamás se empequeñece el heroísmo de los combatientes alemanes. Se reconoce que se defendieron como leones, casa a casa y ventana a ventana. Denigrar al enemigo, minimizarle, es la forma más estúpida de devaluar la victoria. Sólo presentando unos contrarios importantes se realza el éxito. Así lo ha entendido sabiamente Oserov. Y ha hecho una película sobrecogedora.

La sangre, los escombros, los hierros retorcidos, el ruido de la guerra, alcanzan momentos de puro escalofrío. Piensa uno que el hombre está mal hecho, cosa que se sabe, pero que además no es capaz de corregirse. Yalta, el ataque final a la Cancillería, las asombrosas caracterizaciones de los máximos protagonistas -literalmente increíble la de Stalin, soberbia la del Hitler derrotado bélica y físicamente-, acreditan a un director. El alegato último no se basa en la oratoria, sino en la estadística y esos cincuenta millones de muertos, más o menos, que arroja el final balance podrían ser una razón. A condición de que la Humanidad tuviera memoria y de que atendiera a razones.

“La batalla de Berlín”. Dirección: Yuri Oserov. Guión: Bordanev, Kurganov y Oserov. Intérpretes: Mijail Ulianov, Vasili Slukschin, Nicolai Olianin, Larissa Golubkina. Nacionalidad: Rusa. Cine: Luchana. Mayores de 14 años.




EL PERIÓDICO.- 13 de diciembre de 1978

El corazón de la estatua

“Play-mate”

Hay películas que es imprescindible ver y otras que deploramos haber visto. Las primeras son escasísimas y las segundas muy numerosas, pero entre ambas zonas existe una franja: las películas prescindibles, no necesarias ni enriquecedoras, que, sin embargo, no lamentamos en absoluto haber presenciado. “Play-mate” pertenece, en mi opinión, a esta última zona. Just Jaeckin conduce bien una historia que se rompe de modo irreparable hacia la mitad, de tal modo que puede hablarse de dos películas en una. Mucho mejor la primera, con la novedad del planteamiento:

búsqueda del “hombre-objeto” soñado, que ha de elegir un Jurado de mujeres y homosexuales, y con el quizá abusivo marco del mundo del circo, que se literaturiza incluso más que otras veces. Con todo, hay ironía y buen gusto en esta primera parte del film. Y el autor de “Emmanuelle” y de “Madame Claude” se contiene bastante en un erotismo intencionado y suave, que no renuncia, por supuesto, a algunos festejos horizontales.

En la segunda parte todo gira y hay una lección bucólica, una pasión legítima y un regreso a lo rural que nos adoctrinan demasiado. Menosprecio de la corte y alabanza no ya de la aldea, sino del parado y el río. Los protagonistas cambian las luces de la ciudad por la “madera dulce del establo”, los ruidos por el silencio, el reportaje por la égloga. Y se van a un carromato, que era lo suyo en el caso del hombre-objeto, de profesión domador de leones, pero no en el de ella, intrépida periodista y preciosa criatura.

No me aburrí. No tuve que mirar el reloj constantemente, con la esperanza de que se cumplieran los horarios, como me pasa muchas veces, casi todas las veces: Quizá haya en la segunda parte un cierto empacho romántico, pero es inexorable que se vuelva a un neorromanticismo, después de tanto catre. Fernando Rey resuelve bien su muy literario papel de jefe de la carpa. Dayle Haddon y Gerald Tybalt hacen con naturalidad todo, el amor y las paces. La música es muy agradable.

“Play-mate” (“Un hombre objeto”). Director: Just Jaeckin. Intérpretes: Fernando Rey, Dayle Haddon, Gerard Tybalt. Local: Cid Campeador. Mayores de dieciséis años.




EL PERIÓDICO.- 20 de diciembre de 1978

Cantinflas, siempre

“Patrullero 777″

Puede con todo don Mario Moreno: con el vitalicio director de sus películas, con sus impeorables compañeros, con las operaciones de cirugía estética, con los guiones y con el tiempo. Puede con su propia insistencia, con esa forma de personalidad que consiste en extremar el amaneramiento. Puede conmigo, por supuesto, ya que nada más verle dimito de cualquier actitud crítica. Cuando Cantinflas llama a una puerta y pregunta si se puede compenetrar, yo estoy perdido.

El patrullero 777 es bueno como el pan y voluntarioso como él

solo. Se mete en los diversos y en las ocasiones en que no ayuda al prójimo echa sermones. Casi siempre demagógicos, pero en ocasiones teñidos de diatribas contrarios policías corruptos, contra la institución de la “mordida” -no exclusivamente mejicana- y contra la impuesta desigualdad de los hombres. Todo eso es lo de menos. Lo que importa es él. Su especial modo de trabucarse, su limpieza dialéctica para hacerse un lío. Como el puro pueblo al que representa, tiene más buena intención que medios para imponerla y todas sus parrafadas significan el esfuerzo expresivo porque se le conceda una parte de la razón que le sobra. Si Charlot, que era más pobre que los proletarios, se resiste a la proletarización y conserva el bombín y los modales, Cantinflas acepta su tercermundismo. Es el “pelao” sin más armas que la bondad.

Esta vez ha renunciado a todo menos a ser él mismo. Sin la legendaria gabardina, el harapo que era como el banderín de los muchos “hijos de Sánchez”, y sin los calzones caídos, aparece menos circense pero igual de payaso. Y ser un buen payaso es algo muy serio. No le veía a él, sino a mí, de pantalón corto, viéndole por primera vez, hace muchos años. El tiempo es plano y Cantinflas no hace papeles, ni representa más personajes que el de Cantinflas. Y yo, feliz.

“Patrullero 777″. Nacionalidad: Mejicana. Director: Miguel L. Delgado. Intérpretes: Mario Moreno, Valeria Pañi y Ana Berta Lepe. Locales: Cartago, Salamanca y Novedades. Tolerada para todos los públicos.




EL PERIÓDICO.- 22 de diciembre de 1978

Aguijonear el miedo

“El enjambre”

El cine ha superado últimamente, tanto en número como en intensidad, a las famosas plagas de Egipto y los guionistas -Stirling Silliphant, en este caso- compiten en imaginar catástrofes, como si no fueran suficientes las que provocan los hombres. Una madre Naturaleza absolutamente desnaturalizada suele ser la causante de los siniestros: terremotos, maremotos, inundaciones, huracanes, rayos y centellas. Después de mostrarnos que, en ocasiones, la Naturaleza tiene gustos contra natura, los guionistas acudieron a los animales. El sentimental macro-gorila

King-Kong fue el pionero de los tiburones y las pirañas que nos aterran ahora. El pánico vende, ya que hay muchas personas que sólo lo pasan en grande cuando tiemblan, y sufrimos una larga racha de films cuya finalidad única es estremecer al espectador. Lo que sucede es que eso no es tan fácil.

En esta ocasión son las abejas, las doradas abejas que, en vez de fabricar blanco lino y dulce miel, atacan al hombre. Unas abejas, tan laboriosas como siempre, organizadas militarmente, que con estrategia muy hábil toman por un panal un centro atómico y una tranquila ciudad provinciana. No les importa en su táctica el número de bajas. Las abejas -que tienen una leche de avispa- atacan y atacan. Son abejas africanas, por más señas, y con cuatro que le piquen a cualquier persona esa persona pasa a la indiferencia. Pero el fracaso de Irwin Alien, director y productor de la película, es que el miedo y los aspavientos de los protagonistas no se transmiten al espectador. Y no por culpa de los intérpretes -un verdadero cementerio de elefantes es el reparto-, ya que todos se muestran duchos y creíbles, sino porque la conducción de la historia no lleva al escalofrío. Ni siquiera se consigue con la acumulación de bajas, incluso entre la población civil.

Al final, son derrotadas las malditas abejas. No por los militares, que querían combatirlas a cañonazos, sino por los científicos. Pero nos da lo mismo.

“El enjambre”. Dirección: Irwin Alien. Intérpretes: Michael Caine, Katharine Ross, Richard Widmark, Olivia de Havilland, Henry Fonda, Fred MacMurray. Autorizada para mayores de catorce años. Local: Albéniz, Roxy B.




EL PERIÓDICO.- 28 de diciembre de 1978

Un bromazo

“Esa gente tan divertida”

No se trata de una película, sino de un florilegio de cabronadas. Algunas graciosas, sobre todo si se tiene en cuenta que se las hacen a otros. Se ha puesto de moda eso de instalar cámaras, ocultarlas cuidadosamente donde la víctima no pueda descubrirlas y perpetrar alguna faena para ver cómo reacciona el actor natural, o sea, el pobre ciudadano que ha tenido la mala suerte de caer en la trampa. Hasta ahí el asunto es casi tolerable, pero lo grave empieza cuando se quiere extraer la conclusión única de que la gente es buena. Confundir la bondad, que acaso sea la consecuencia última de

la inteligencia, con la memez, es ofensivo. Cuando a alguien le dicen que sostenga un sombrero contra la pared, como si tuviese una mariposa capturada, y que aguante así, que ahora dentro de un rato volverá el dueño del sombrero, es alarmante que acepte. Pero si además se pega en esa postura diez minutos no cabe la menor vacilación: se trata de un subnormal profundo.

Todo el film son distintas secuencias de bromas en diferentes ámbitos. En ocasiones se ríe uno, por supuesto, pero es del grado de estupidez que alcanzan algunos seres humanos. En otros casos nos da lástima, ya que no es precisamente gracioso ver cómo un negro de Sudáfrica que quiere ganarse un jornal como pastelero lucha con las tartas, qué salen a enorme velocidad, ya que el genial director a estropeado el mecanismo. Porque esa es otra: ni siquiera podemos extraer valores sociológicos que nos sirvan, ya que el film está rodado en latitudes muy distantes.

Una conclusión sí saqué del antológico recuento de bromas propuestas que hace Jamie Uys: la exigua capacidad de invención de los que surten de ideas al programa de Iñigo, ya que las bromas o como quiera llamárseles están aquí, Son las de siempre. Está claro que el caudal inventivo es tan escaso como el oro en los ríos.

Creo que era Ibsen el que decía que la barca del mundo se hundiría por el peso de los Imbéciles. Quizá.

“Esa gente ten divertida”. Director: Jamie Uys. Género: Comedia-reportaje. Producción sudafricana. Cines: California y Aluche. Tolerada para todos los públicos.




EL PERIÓDICO.- 28 de diciembre de 1978

Vuelve el escualo

“Tiburón 2″

Sólo veremos un bicho peor cuando se decidan a rodar “Tiburón 3″. Entonces los mercaderes de miedo se verán precisados a idear algo de superior voracidad, de mayor rapidez y de peor intención, si es que para esas fechas el público no se ha hastiado de orangutanes, pirañas, abejas y extraterrestres que atacan al hombre. Pero la verdad es que nadie puede quejarse del rendimiento malévolo de este segundo tiburón: deglute hombres-rana, adolescentes bronceadas y ágiles, muchachos de General Básica, pilotos de helicóptero y hasta trozos de helicóptero despilotado. Es

insaciable el maldito escualo.

Ronda las playas de azúcar de la paradisíaca isla donde se divierten los ricos. Es la amenaza para los satisfechos miembros de la clase dirigente que se tuestan al sol, hacen esquí acuático y le compran preciosos balandros a sus hijos, El tiburón viene a ser Lenin, y el único que insiste en que el peligro está ahí, el afanoso policía de costa, representa al Pentágono. Los demás se dedican a la frivolidad o al negocio y a nadie le interesa arruinar el espléndido conjunto hotelero tomando en serio la amenaza del tiburón. Hay síntomas de que su existencia es real, indicios racionales y sospechas ciertas, pero como el tiburón ha venido a amargarles la vida suntuosa a los potentados y como el verano es corto, se intenta soslayar el enojoso dato de que en verdad existe. El policía sí que cree en él, tanto que acaba matándolo al volapié, en la secuencia más irreal de la película.

Nunca segundas partes fueron buenas, salvo la segunda parte del Quijote, pero además ocurre que la primera parte de “Tiburón” tampoco lo era. ¿Qué decir de ésta? Constituye un descarado abuso del sadomasoquismo del espectador, que espera y teme las reiteradas apariciones del terrible depredador acuático, mixto de obús y dragón, con más dientes que apetito. Ni la verosimilitud del ingenio mecánico, ni la pericia del director, ni el buen oficio de los intérpretes salvan la película. La verdad es que se salvan muy pocos. El tiburón come como una lima.

“Tiburón 2″. Nacionalidad: Norteamericana. Director: Jeannot Szwar. Interpretes: Roy Schneider, Lorraine Gary y Murray Marmitón. Cines: Lope de Vega y Palafox. Mayores de 14 años.




EL PERIÓDICO.- 29 de diciembre de 1978

Doble o nada

“Hooper, el increíble”

Todo batacazo, todo accidente automovilístico, todo aterrizaje forzoso, toda caída de un caballo, de un puente o de un quinto piso tienen aquí su sede. La película está construida exclusivamente de secuencias espectaculares y el espectáculo es inaguantable. Una debilísima trama argumental apoya insuficientemente las hazañas de Hooper, el increíble, que es un doble especializado en escenas peligrosas. Su profesión es el riesgo, pero ocurre que el increíble Hooper está viejo y maltrecho. Tiene la espalda hecha cisco, aunque trate de disimularlo, y además teme a la nueva ola de dobles.

Si el director, Hal Needham, hubiera sido más ambicioso creo que se podría haber sacado partido a este asunto trágico de ser un anónimo famoso. Un doble que se la juega una y otra vez para que se luzca el actor de turno y que no conoce al público, aunque sea el ídolo de la afición dentro de los estudios. Lo que el guión apenas esboza -el temor a que los años y la columna vertebral le desplacen- también hubiera podido desarrollarse de otro modo. Pero también se desperdicia una cosa tan atractiva como es siempre la decadencia en su primer grado. En cambio, se nos fatiga con innecesarias peleas y con trastazos sin cuento. Todo el film es una antología de efectos especiales, y comprenderán ustedes que cansa un poco eso de que no haya en hora y media ningún efecto que no sea especial.

Lo que pudiera haber tenido interés -un espectáculo dentro de otro espectáculo-, se chafa por exceso de espectacularidad, precisamente. Y tampoco se nos revela nada nuevo acerca de eso que siempre se ha llamado “el cine por dentro”. Aquí no hay nada dentro, y lo de fuera es sólo circo. La fotografía es buena, y ese apócrifo Marión Brando que es Burt Reynolds da bastante bien el papel del increíble Hooper. Jean Michel Vicenty Brian Keit hacen lo que pueden, que es bastante menos increíble que lo que hace Hooper. En fin, que no hay efecto especial como el talento.

“Hooper, el increíble”. Nacionalidad: Norteamericana. Director: Hal Needman. Intérpretes: Burt Reynolds, Jean Michel Vicent, Brian Keit. Cine: Luchana. Tolerada.