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“Dos títulos nacionales se dilucidaron anoche en las ventas.”


Luis Gómez se proclamó campeón de Los moscas y Ben Buker II conserva su cetro de Los “welters”

Publicado el 24 de Julio de 1959 en ARRIBA

En la pelea de fondo, Manolo García venció al francés Signet por abandono en el tercer asalto.

Poco más de media plaza, con muchos claros en los tendidos de luna. Sobre la arena brava de las Ventas se alzó el tingladillo cuadrado, la barraca resinosa del golpe y la esquiva. La cosa prometía en un principio. El señor Herrero había montado una interesante reunión, aunque luego resultara todo un tanto monótono y desvaído.

El primera serie francés Marcel Signet, adversario de Manolo García, es rubio, calvo, sonrosado. Tiene pinta de buen marinero del norte, de personaje de segunda fila de Simenon. Apenas se establecen las primeras fintas nos damos cuenta que Signet ha venido para un rato, para capear como pueda el temporal que desencadena Manolo García, que basculando el torso le acorraló una y otra vez en las cuerdas, pegando arriba y abajo, a gusto. Combate sin historia que decepciona a la fiel clientela y que no sirve para conjeturar las posibilidades del español ni su forma actual después de su brillante balance criollo. En el tercer asalto, después de una caída del francés, voló sobre el ring la aliviadora toalla del abandono.

Ben Buker, segundo en la dinastía de su nombre, sabio de recursos y experto en toda suerte de estrategias boxísticas, hizo combate nulo con Diego Infantes, aspirante con pocas aspiraciones. El “viejo” defendió la diadema ante un boxeador indudablemente poderoso y joven, que, sin embargo, muestra extraordinario recelo combativo y escasa imaginación golpeadora. Un repetido ataque, distanciado y moderado, a base de directos de izquierda y una suprema indecisión en los momentos cruciales. En el quinto asalto se tambalea el morito, pero Infantes no persiste en su ataque. Ahí, creemos, desaprovechó la ocasión de ganar el Campeonato. Luego, paulatinamente se va imponiendo Buker II, más hábil y curtido. El fallo nulo deja el Campeonato en las mismas manos, justamente, pues el aspirante no tenía más posibilidades de victoria que imponer la franca batalla y, en cambio, la rehuyó, aferrándose a un boxeo en línea que está muy lejos de dominar.

Luis Gómez y “Ratón” Osuna, rápidos y vivaces, entablan una pelea erizada de dificultades técnicas, donde cada uno quiere imponer el planteamiento que más le conviene. “Ratón” es un pegador, increíblemente pesado de piernas para un hombre de su peso. Gómez es muy rápido de reflejos, domina bien la media distancia y sus puños se cuelan certeros, aunque posean escasa capacidad dormitiva. En un principio, el combate toma unos claros derroteros: la pegada, mejor dicho, la amenaza de la pegada de Osuna se impone; pero poco a poco, la incisiva movilidad de Gómez va remontando la lucha, que termina siéndole claramente favorable. Al final de los doce asaltos es proclamado vencedor y nuevo campeón de España en la ingrávida categoría de las moscas.

Acaso la pelea con más color de la noche la realizaran los “teloneros” Folledo y Ben Hamida, aunque distara mucho de ser un combate enardecedor de esos que añora mi maestro y amigo Fernanado Vadillo. Folledo, flaco, espiritado, cauteloso, puede ser un boxeador. Domina una sola distancia y no posee un surtido variado de golpes, pero está bien en el “ring” y mete a tiempo ambas manos. Gana holgadamente, acentuando su dominio a medida que transcurren los asaltos, desbordando una y otra vez la guardia invertida del negrito, que recibió un serio castigo.

Ahora, a esperar la reaparición de Frod Galiana, “toreador” y “puncher”, que, entre guiños y sonrisas, saludó, a la afición en un intermedio pacífico.

Manuel Alcántara
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Una historia de barro

Publicado el 9 de Agosto de 1959 en ARRIBA

El cuadrado país del sudor y la resina le fue propicio. Él había salido de la calle y poco a poco, contrando de derecha al hosco semblante de la vida, fue subiendo escalones. Los gimnasios le vieron curtirse y acerarse, Sombra, saco, guantes. Ray Famechon quería ser boxeador, un gran boxeador.

Los carteles murales de la fama que anda pegada por las esquinas decían su nombre en letras grandes. Los anuncios luminosos lo aireaban en colores. Ídolo de París. Campeón de Francia. Campeón de Europa. Ray Famechon era una figura, un gladiador liviano y agresivo, que llenaba las salas y se cotizaba bien. El mundo era suyo.

Fulgía su estrella peleadora deslumbrando a los mismos focos. Sus adversarios iban cayendo. Ray Famechon tenía una izquierda fulgurante, una precisa derecha y una esgrima que desconcertaba a sus enemigos. Ganó mucho dinero, muchos cientos de miles de billetes. Pero Ray Famechon no era invencible y dos veces fue derrotado en combates trascendentales, cuando aspiraba a alcanzar el más alto trono deportivo: el Campeonato mundial. Dicen que estas derrotas destruyeron su fe en sí mismo, su estirpe gladiadora. Lo cierto es que Ray Famechon al que vimos un día por Madrid noquear en tres asaltos a su oponentes, fue cayendo poco a poco y sin remedio.

Ya no es campeón. Ya no tira el dinero y se retrata para las portadas de las revistas deportivas al lado de hermosos perros de caza. Ya no tiene mujeres ni amigos que le palmeen las anchas espaldas. Su rostro de moneda antigua desenterrada al cabo de los siglos, muestra las marcas del oficio: los pómulos abultados, los ojos como dos hendiduras, la nariz, de estatua caída…

El ex campeón vuelve a la calle. ¿Dónde la resina y las ovaciones? ¿Dónde las noches de triunfo? ¿En qué sitio el k. o. y los contratos? Ray Famechon no acaba de explicárselo. Su golpeado cerebro jamás habría pensado en otoños ni eclipses del músculo.

Rueda el ex campeón. Cuesta abajo del “crochet”, vertical derrumbe de la esquiva, a Femechon no le contrata nadie; nadie quiere verle entre las doce cuerdas. Es un hombre acabado, “sonado” en el argot. Le vieron los mercados y las callejas como loco, deshecho, derrotado a los puntos por la existencia. Un mal día, ayer, el gran Ray Famechon, “ídolo de la afición”, robó. Robó una pobre cantidad a una pobre mujer.

La cárcel también es cuadrada. Ray Femechon, aturdido, con el cerebro machacado busca los focos por el techo y espera que suene, el gong.

Manuel Alcántara
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“Guizani Rezgui derrota ampliamente a los puntos a Galiana.”


Luis Folledo y Luis Gómez triunfaron sobre sus respectivos contrincantes.

Publicado el 13 de Agosto de 1959 en ARRIBA

Es de Toledo y se llama Exuperanoio. Ex campeón de Europa y hombre “taquillero” por más señas. Nos traía su espléndido balance pampero: veinte combates o así sin conocer la derrota. Cuando pusieron su nombre en las esquinas, la gente empezó a desfilar por las taquillas. Galiana, dado a la tauromaquia, llenó la plaza hasta la bandera. Un “No hay billetes” de corrida grande, de Beneficencia.

Hasta aquí, todo bien. Gozo de vísperas, expectación. Pero sucede que Guizani Rezgui, un tunecino sobrio y concreto, bien dotado y bien preparado, le ganó a Fred (recuerdo un chiste de Mingote en el que se decía, hablando de Fred y de Young, que gracias a los boxeadores estaban sonando nombres españoles en el mundo). Contaba que el tunecino le ganó la pelea a nuestro compatriota de punta a punta, de cabo a rabo, del principio al final. Al principio estuvimos a punto de creer que Galiana se reservaba y media terrenos para tomar posiciones. Su impavidez, su desprecio parecían indicarlo. Pero el combate fue desarrollándose y el morito acumuló puntos como para ir dejando uno en cada kilómetro de aquí a La Meca. Galiana se mostró lento de reflejos, falto de esgrima, impreciso. Parece que sigue conservando el “punch”, a juzgar por algún zurdazo que conectó en el hígado de Rezgui y que éste acusó ostensiblemente; pero no puede bastar la pegada con oponentes hábiles, escurridizos, expertos y buenos encajadores, por añadidura. La victoria de Guizani Rezgui fue terminante. Un solo asalto ganó el toledano en nuestra particular contabilidad; los demás salvo el inicial, de tanteo, correspondieron a su adversario, que llegó una y otra vez con la izquierda, que se cubrió con enorme eficacia, que hasta llegó a fajarse en el último asalto… Esta es la verdad de la historia: un hombre que buscó el K. O. y otro, que ganó la pelea. En el semifondo, apenas cruzados los primeros golpes entre Jack Subero y Luisito Folledo, un mutuo cabezazo nos dejo sin combate. El negro salió peor parado, con una profunda herida en la ceja izquierda, y abandonó de una extraña manera, bastante confusa, mitad debido a su actitud y la otra mitad debida a las vacilaciones del árbitro. Una lástima de desenlace, porque el combate prometía ser bonito.

Luis Gómez, nuestro mínimo y agresivo campeón mosca, estrenaba su reciente entorchado y salió al ring con una bandera española sobre el calzón, del tamaño aproximado de las colgaduras que ponen en los balcones. El chico es valiente, rápido, codicioso y, aunque tiene mucho que aprender todavía, hay que darle un dilatado margen de confianza. Boxea a ráfagas, como enrabietado súbitamente, y precisa muy poco, pero está constantemente encima del adversario, sin darle un momento de respiro. Lo que se dice una promesa en tono menor en una categoría a extinguir fisiológicamente. Su contrincante, Moncel Fehri, trató de contenerle a base de directos y «jab» de izquierda, retrocediendo siempre y rehuyendo la franca batalla a pesar de su estimable ventaja de peso. Luis Gómez ganó ampliamente, por abrumador tanteo.

El combate preliminar entre Gayo y Merayo fue, desde un punto de vista espectacular, el más armónico. Arabos son vivaces y alegres, ambos fintan y esquivan bien, los dos son jóvenes y valientes. Casi toda la pelea se desarrolló en la media distancia, con constantes cambios de golpes que fueron ovacionados largamente por los veinticinco mil espectadores que se congregaron en la redonda aglomeración de las Ventas. Gayo precisó algo más y se llevó la pelea justamente, a pesar de las protestas del público cuando se dio a conocer el veredicto.

Manuel Alcántara
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Clay y Vietnam

Publicado el 5 de Febrero de 1967 en ARRIBA

Cassius Clay, menos conocido por Mohamed Alí, defenderá mañana en Houston allá en Tejas, su titulo mundial de los pesos pesados. Por su parte, su adversario, Ernie Terrell defenderá otro título mundial de idéntica categoría: el que le reconoce la World Boxing Association. El boxeo yanqui está dividido y existen dos campeones mundiales. Los dos, negros, que aclararán las cosas el lunes en et Astródromo de Houston.

Está demostrada la supremacía de la raza oscura en el “ring”. Sobre el resinoso prado son ellos los que discriminan a los blancos, una vez tendidos a sus pies, con el sueño cronometrado y obligatorio del K. O. Dicen los fisiólogos que los negros son más arduos de noquear porque tienen el cerebro más chico. También afirman que el hecho de haber tenido antepasados esclavos les otorga cierta atávica resistencia al castigo. Como contrapartida, la vieja paremiología del cuadrilátero dice que “no hay negro que no sea blando de estómago”. Femando Vadillo y yo hemos hablado mucho de este tema en el “ring-side” y en los mostradores —cuando el acudía a los mostradores— y nos hemos enriquecido mutuamente. Desde el ciclope Jack Johnson hasta el bien llamado “Bombero de Detroit”, Joe Louis, pasando por una larga nómina de gladiadores de agresivo betún—”Charol”, “Chocolate”, “Gavilán”, “Tunero”, todos con su Kid; Ray “Sugar” Robinson y otros etcéteras inscritos para siempre en la historia cuadrada del “ring”—, los negros han piafado con gloria sobre el pasto de soga y de madera.

El último negro con corona y “gancho” de multitudes, no sólo de derecha y de izquierda, es Cassius Clay. Los estanques verticales de los televisores han metido en el cuarto de estar a esta armónica pantera, capaz de conectar “jab” y “upercutt” en la mandíbula contrincante con la celeridad de una metralleta. Un púgil apenas “marcado” por el oficio que junta a su clase un sentido propagandístico que no lo mejora Dalí. Ahora arde su nombre en el candelero de la fama, y no solo porque boxee el lunes con Terrell, un individuo de mucho cuidado, con dos metros justos de estatura y noventa y ocho kilos de músculos. Cassius Clay ocupa las conversaciones por otra razón: su negativa terca a ir a la guerra del Vietnam, Dice que sus convicciones le impiden matar vietnamitas y que su secta de los “Musulmanes Negros” le prohíbe odiar al prójimo. Por todo esto, el campean se considera en Norteamérica un mal ejemplo. Al parecer, está desanimando a los futuros reemplazos y su actitud les quita fuerza moral para morir, lo que con ser grave, no lo es tanto como el hecho de que también les quita fuerza moral para matar. (Como se sabe, un buen soldado no es el que está dispuesto a morir por su patria, sino el que está dispuesto a que el enemigo muera por la suya.) Siguiendo el ejemplo de Cassius Clay, muchos jóvenes americanos sienten “escrúpulos morales” para participar en la guerra vietnamita y están pasándose al Canadá. Hay una verdadera emigración juvenil huyendo de la chamusquina de la jungla.

Sin haberlo leído, Clay, que es aproximadamente analfabeto, coincide con Cicerón: “Vale más la mala paz del mundo que la mejor guerra”. Los militaristas americanos no se explican cómo un hombre tan valiente en el “ring” no esté dispuesto a serlo en el Vietcong. Le llaman ‘”cobarde” los titulares de los periódicos. No ceja el campeón: “Esta guerra es ilícita, como todas”. Parece que piensa algo el chico, a pesar de su escasa instrucción, y habla, como Antonio Machado, de “la guerra odiada por las madres”, de la guerra que ”entigrece al hombre”. Como todavía no ha hecho cien combates —un hombre con cien combates en el cuerpo jamás vuelve a ser un hombre normal, dice un viejo adagio boxístico— su cerebro funciona y no cumple los requisitos que, según un proverbio alemán, debe tener todo buen soldado: “pensar sólo en tres cosas: primera, en el rey; segunda, en Dios; tercera, en nada”.

A un pobre negro, aunque sea campeón mundial de los pesados, no le gusta la guerra vietnamita. No le gusta que llamen a los pobres negros sólo para Corea o el Vietnam, mientras no les dejan votar ni entrar en ciertos restaurantes. Un mal ejemplo el de “el loco de Louisville”, el único antimilitarista que se gana la vida combatiendo y no quiere perderla en combates colectivos.

Manuel Alcántara
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Un negro llamado Joe

Publicado el 25 de Julio de 1973 en ARRIBA

El ring puede ser un cadalso o el tingladillo de una farsa. Con guantes de crin, bajo la constelación de los focos, los púgiles son la versión actual de los gladiadores. Sangre, sudor y golpes. Poco a poco los boxeadores van adquiriendo el perfil de las monedas desenterradas y van hablando con mayor dificultad, como si les rebotasen las sílabas en el paladar y no se acordasen muy bien que acaban de contarnos lo mismo hace sólo un momento. Para ellos el ring ha sido un cadalso. En cambio, para los que luchan sin guantes de seis onzas, el drama se vuelve comedia. Son muy fuertes, muy ágiles, muy espectaculares, y saben dar trechas como en el circo y quejarse muy bien, pero no acaban balbuceando y pueden luchar dos veces por semana. Para ellos el ring es el tinglado de una farsa todo lo meritoria y atlética que se quiera, pero farsa. Los luchadores pueden romperse un hueso sin querer, porque todos son muy amigos y forman una gran familia, pero no precisan que se les practique un encefalograma.

Bajo los focos hay un hombre que vuela y, esperándole con los pies bien asentados en la lona impregnada de resina, un hombre que está dispuesto a hacerle más dura la caída. El primero es como un ángel rebelde y violento y el segundo como un forzudo de barraca, pero ninguno de los dos nos interesa. Nos importa sólo el tercer hombre. Un negro llamado Joe…

Fue desde los campos algodoneros de Alabama a la cúspide del boxeo. Joe Louis Barrow conquistó, en mayor medida que ningún otro boxeador, la gloria cuadrada del ring. Doce años campeón mundial. Veinticuatro defensas del título. Avionetas, castillos, divorcios, yates, dólares, miles y miles de dólares. ¿Quién podía resistirle? «El bombardero de Detroit», con su cara de poker y sus músculos de goma, fue el rey del k. o. A sus pies cayeron todos los boxeadores de su época, todas las esperanzas blancas, todos los aspirantes al trono. Y Harlem era una fiesta.

El tiempo. Sólo el tiempo le pudo ganar por puntos. Luego vinieron los «managers», los «gansters», los acuerdos privados, los repartos dictados por el jefe del clan. Más tarde fue el Fisco. Quiso volver al cuadrilátero cuando era sólo su propio fantasma, la caricatura de aquella estatua de brea invulnerable. Volvió para pagar a sus deudores, pero eran demasiados y el viejo bombardero reclamaba su urgente desguace. Total: Joe Louis ha vuelto a ser un negro pobre. Réquiem por un peso pesado.

Ahora es fácil verle por los cabarets de Norteamérica, en una tarima que se parece al ring y bajo un foco que también se parece a aquellos que iluminaron sus victorias. El público, entre número y número, le pregunta cosas de sus tiempos. Que si se acuerda de cuando noqueó a Camera o a Baer, que cómo fue la revancha con Schmeling, que qué hubiera pasado si se enfrenta a Marciano teniendo veinticinco años, y otras cosas así, siempre las mismas. El público le sigue queriendo y con esas «actuaciones» él va ganando algunas monedas. A veces le cuesta trabajo recordar y balbucea un poco, pero la gente no va a oír a un orador, sino a mirar de cerca al viejo campeón…

Ahora Joe Louis se ha hecho árbitro de lucha libre. La vida es muy dura y nadie puede vivir de antiguas glorias y álbumes de recortes amarillentos. Y Joe Louis, ¿quién se lo iba a decir?, ha vuelto a subir al ring del Madison Square Garden.

Manuel Alcántara
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Al toro que es una mona

Publicado el 2 de Agosto de 1959 en ARRIBA

No sé si “con cinturas de plata fina”, pero los torerillos habían llegado —los capotes remendados, prestadas las zapatillas— para torear lo que les echarán en la plaza cuadrada del pueblo.

Antonio Ruíz Villegas, de Granada; Antonio Rosales Vega y Bonifacio Plazas Pozo, de Antequera, los tres nuevos en esta plaza de madera improvisada y equilibrista expectación que se alza cada año en Roquetas, por tierras de Tarragona. Los tres muchachos, de quince años uno y los otros dos de dieciséis, formaban el cartel que no se fijó, ni fue nunca “yedra cuadrangular de las esquinas”. Los tres en busca de suerte o la muerte. Los tres.

Sucedió que antes del susto de doble y buida empuñadura y antes de bajar las manos y abrir el compás en la lenta verónica soñada tantas veces, una mona, una mona inocente y viajera, que acababa de llegar con su pareja de la Guinea española, traía de cabeza al pueblo entero, “acaparando la atención”, como diría un cronista de sucesos. La mona, sin que nadie supiera cómo ni por dónde, se había escapado. Los vecinos la vieron en lo más alto de un árbol oteando las fiestas, vigilando la trilla. Del árbol pasó la mona, sin querer, a las aguas de un canal “Mira cómo se la lleva el río”. En esto, los tres torerillos fueron tres hombres al agua que rescataron viva a la tal monita.

Hasta aquí la verídica historia. Cuentan los periódicos que los aspirantes a matadores de reses bravas fueron cumplidamente agasajados y hubo comilonas en su honor y dinero sobre el percal almidonado, de las capas toreadoras. Es curioso como la reacción sentimental de las gentes puede cambiar el signo previsto de las cosas. Los torerillos que andan por los pueblos son una extirpe a extinguir. Resulta mucho más conveniente agenciarse un mecenas aficionado o naturales que pague al empresario con tal de que actúe la llamada joven promesa. A los torerillos que van por los pueblos se les recibe con un ambiente hostil, propicio a la burrada y a la salvajada. No sé lo que pasará en Roquetas, pero en otros sitios sí lo sé varas alzadas desde los carros, mozos amenazantes, alcohol y algodones en la enfermería, machismo ibérico.

Esta vez todo ha sido distinto. Alegría y homenajes. Nada más abrirse de capa sonaban las ovaciones. Habían salvado la famosa mona, y el público estaba con ellos. No les hizo falta coger al toro por los cuernos. El pueblo es sentimental y estaba contento porque se había salvado la mona. “Pan y monas”. Pasodoble.

Manuel Alcántara
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Happening taurino

Publicado el 11 de Marzo de 1970 en ARRIBA

Los erales esos que sueñan verónicas florales, los chotos que cornean los tréboles adolescentes, y hasta los toros hechos y derechos al bulto, astifinos ellos y bragados cualquiera que sea su pelaje, se conmueven en la dehesa. Algo va a cambiar en sus muertes. La llamada “fiesta”, por una vez, variará su ceremonial de raso y ahilados metales preciosos. ¡Si Pedro Romero, el de Ronda la ronca, levantara la cabeza enredada! Si Pedro Romero —más de mil toros vio muertos a sus pies, sin que ni una sola vez se levantaran sus pies del suelo—. Si Pedro Romero levantara la cabeza, acaso la volvería a agachar con respeto. Porque Pedro Romero, ¡arza y viva Ronda!, y la vitoreada madre que lo trajo al mundo, y los picadores, empresarios, banderilleros y aficionados están hartos de tanta y tanta monotonía. De tanto cliché y tanta manivela.

Un “happening” taurino se prepara, de aquí a un mes, en la plaza de Vista Alegre. Me entero por Carlos de Rojas y una gran alegría me recorre los tendidos de dentro. Se trata de un intento, no sé si único, de subvertir la “fiesta”, y en él están complicados muchos amigos: Manolo Viola, que pintará un mapa mundi en el litoral redondo del coso, y Carlos Oroza, que dirá versos y hablará con el público desde ese sitio del aire que tradicionalmente ocupaba la Virgen de los Caireles. Dos artistas auténticos que colaborarán en el “ensayo revolucionario” y que acaso logren abrir ventanas y airear la enrarecida y concéntrica atmósfera. Todo está previsto: el matador único, Diego Bardón; el montador, Manuel Vidal, y Cerecedo, “que aporta la teoría”. Los caballos de los picadores, a los que tanto partido les sacó Zuloaga, andarán libres por el ruedo como andan en la Pampa. Los caballos de los picadores —según Ramón Gómez de la Serna les duelen las muelas en el ojo— se liberarán del macizo guerrero de barba cerrada que les cabalga y hasta del edredón que arropa las cornadas más ciertas. Los trajes taraceados serán sustituidos por otros de “llenos de partes móviles”. Trajes cinéticos con alambres y anclas. Se suprimirá el ritual marchoso del paseíllo, donde el torero parece que viene ya de enterrar al toro, y los artistas estarán entre el público y bajarán al ruedo cuando les parezca oportuno. Por su parte, la clientela podrá bajar al mismísimo centro del cráter hispánico cuando le parezca, y, por la suya, el toro podrá salir pintado de colores llamativos.

La flor de la maravilla, ésa que florecía en la décima de Gerardo Diego, se abrirá en abril y en Vista Alegre. Que nadie tome a broma estos intentos de renovación. Sería rechazar todos los humanos avances. Equivaldría a pretender, como ciertos escritores costumbristas, que donde se ponga un botijo debe quitarse una nevera eléctrica, ignorando que si se quita la nevera sobra mucho sitio para botijos y no hay problema de espacio vital.

Curiosamente, nosotros, que no somos tradicionalistas en casi nada, lo somos frenéticamente en dos asuntos: los toros y el cante. Hay quien repudia cualquier innovación en el son de una malagueña, sin pensar que si hubiera tenido el mismo escrúpulo Juan Breva su nombre no hubiera pasado a la restringida historia sonora del flamenco fetén. Hay también quienes, sin haber visto a Cuchares, hablan del arte de Cuchares, y sin saber lo que son los cánones hablan casi constantemente de que conviene torear “como mandan los cánones”. La observancia de las normas clásicas han empobrecido y recortado el “ballet” de suerte y muerte. Lo ha limitado hasta extremos insufribles no sólo para el toro. Salvo a cuatro toreros, ni los más aficionados pueden reconocerlos en una fotografía de espaldas. Todos tienen la misma receta y aplican idénticas fórmulas. ¿Cómo no alegrarse ante un proyecto renovador de semejante calibre? Hay cosas con las que no se debe jugar, pero el toreo es una profesión bastante segura —sólo dos matadores de toros han muerto desde el año cuarenta para acá— y está bien hacer experimentos. Por lo menos, el dibujo de Viola será bueno y los versos de Carlos Oroza serán hermosos y sorprendentes, y quién sabe si no queda bien el toro pintado de celeste.

Manuel Alcántara
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Toros en Suráfrica

Publicado el 31 de Marzo de 1967 en ARRIBA

Recuerdo a Johannesburgo desde el avión: sus diez mil piscinas componían una vidriera añil y menta entre el polvillo de oro de la ciudad. Recuerdo sus calles largas y de edificios bajos. En las aceras pujaba la flor celeste del jacarandá, gruesa y compacta, y en las plazas se perpetuaban las imágenes de militares y tribunos en bronce verdeante. Recuerdo también la cara que puso un caballero inglés al verme fotografiar, en el andén de una estación, un banco de hierro forjado con un letrero que decía: «Sólo para blancos». Estuvo a punto de intervenir, vaciló un poco y luego optó por no hacerlo. Aunque tenía a su favor el factor campo, yo estaba acompañado y él estaba solo. Creo que esa circunstancia influyó de modo decisivo para que se impusiera la acreditada flema inglesa.

Pasar una semana en Suráfrica no da para hacer sociología, pero sirve para acrecer las filas de esos recuerdos guerrilleros que vienen de pronto y vuelven o se van cuando menos se espera. He aprendido en estos viajes rápidos a buscar más el aroma que la erudición, y ahora me vuelve el perfume pesado de aquella tierra caliente al leer una noticia de agencia: «Un grupo de hombres de negocios ha solicitado del Gobierno de Pretoria la autorización para celebrar corridas de toros en el país y dentro de muy poco se iniciará la construcción de una plaza en Johannesburgo.»

Los lingotes de oro de las minas de Witwatersrand cederán unos gramos para el fulgor de las taleguillas y empezará la exportación de «los flébiles, heridos girasoles». Habrá danzas «ngomas» en los tendidos y los espectadores llevaran en la solapa la flor nacional llamada protea. Cuesta trabajo imaginarse uno de estos cráteres hispánicos que son las plazas de toros al borde de la mar índica por donde cruzaron su aventura Vasco de Gama y sir Francis Drake. Los toros son, sobre todo, un ambiente. Todo lo que no sea la cuarteada piel del tótem no es ya territorio suyo, exceptuando algunos países de la América hereditaria. Los ensayos que se han hecho hasta ahora para trasladar la llamada «fiesta» han sido penosos. Pueden salir —y salen— toreros chinos y yanquis, pero no se producen aficionados yanquis ni chinos. La Sociedad Protectora de Animales pone el grito en el cielo y su clamor no es precisamente un bisílabo y acompasado «ole». Hay siempre alguien que saca a relucir aquella definición de Pitigrilli de que el torero es «un matarife vestido de vicetiple». Las autoridades, que habían dicho que si, dicen luego que no. Los empresarios, ya metidos en gastos, argumentan que mayor crueldad existe en el tiro al pinchón, el boxeo y las carreras de automóviles. La Sociedad Protectora de Animales vuelve a la carga franciscana. Total, que la corrida se acaba dando, pero sin «suerte suprema» lo que constituye una suprema suerte para el toro, y con una variante: que el «afeitado» de los cuernos, operación tantas veces clandestina, se confiesa abiertamente en los carteles. Todo eso favorece al turismo español. El que quiera ver toros que venga a la Feria de San Isidro.

Recuerdo a Johannesburgo con colinas de oro y «apartheid». Niños negros, que supongo que no podrán sacar una andanada de sol si no se les designa un sitio especialmente, seguían el coche para ofrecer collares y pájaros de madera. Tenían los pies descalzos y sonreían a todo trance. Ahora verán por las calles céntricas los carteles de toros, la «yedro cuadrangular de las esquinas», que anuncian tres toreros, los tres nuevos en esta plaza nueva. Johannesburgo es una de las ciudades más ricas del mundo. Tiene oro y diamantes como para parar un tren. Hasta el llamado «tren del progreso» de la raza negra, que también se pondrá en marcha un día, poquito a poco, hasta llegar a esa estación no sé si utópica o simplemente hermosa de la «antropogénesis final» en la que creyó Tehilard de Chardin.

Johannesburgo es una ciudad tan rica que quiere tener hasta corridas de toros. En el Parque Kruger no hay y habrá que llevarlos. Se alegrarán las impalas disneyanas, las jirafas de dos en dos, los rinocerontes burriciegos, el león que si es tan fiero como lo pintan, los tigres de elástico traicionero, el elefante que es en verdad el rey de la selva y hasta los repugnantes hipopótamos de betún. Si la cosa cuaja —que no creemos, pero nunca se sabe— habrá un día en que un novillero bantú diga eso de «¡eh, toro!». Un novillero bantú, ya sin «apartheid», nuevo en la vieja plaza de Johannesburgo.

Manuel Alcántara
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Como niños

Publicado el 12 de Julio de 2010 en ARRIBA

Estamos en el epílogo de una victoria memorable y ojalá que en el prólogo de otra que nunca podremos olvidar. Se habla más de Puyol que de Ripoll. El primero es un león en la selva domesticada de los campos de fútbol y el otro aún no sabemos si es un zorro, un lagarto o una blanca paloma. El juez le imputó delitos de cohecho y fraude; el fiscal pidió para él prisión o fianza de 500.000 euros, pero ha quedado en libertad. Se deduce que el deporte, con todos sus factores de azar, es menos aleatorio que la política y los árbitros, aunque se equivoquen, inspiran más confianza que los jueces, aunque hayan dejado de vestir de luto, como ellos, pero sin puñetas.

Los griegos de la antigüedad, o sea, los que siguen siendo contemporáneos nuestros, constituían un país de hinchas, según Montanelli. Cuando llegaban las Olimpiadas suspendían las guerras. Lo primero es lo primero y ya habrá tiempo para matarse defendiendo cada uno a su bandera. Ahora la que más se ve es la nuestra, quiero decir la de siempre. Las tiendas de los chinos han hecho un gran negocio. Hay más banderas que balcones, ya que el patriotismo se ha abaratado mucho. Apenas por dos euros se puede animar a distancia a nuestra selección. La cosa tiene tela, pero hay que reconocer que a muchos nos gusta. El único que lo lamenta es Carod-Rovira, que dice que acabará habiendo más banderas españolas que ‘senyeras’. Que Dios le oiga, incluso después de la final.

El fútbol quizá no haya logrado devolvernos la infancia, pero nos ha infantilizado. Se habla del pulpo adivino y del ogro verde, el llamado Shrek, que por cierto se jubila pronto. Hay que tener una cierta dosis de candor, que no es sinónimo de ingenuidad, para que las diversiones nos aparten de las cuitas diarias. El fútbol nos ha hecho como niños. Yo estoy a punto de pedirle a mis nietas que me compren un álbum para pegar los cromos de nuestros futbolistas. Si ganan mañana.

Manuel Alcántara
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El fútbol, no apto para menores

Publicado el 30 de Noviembre de 1972 en ARRIBA

Mi afición, que es moderada y que sólo abdica de su ecuanimidad en La Rosaleda, o bien cuando el Málaga juega fuera, ha estado a punto de costarme graves disgustos varias veces. Una vez me quemaron los pantalones. (No enteros, claro. Un pequeño fragmento, el más cercano al tobillo izquierdo. Fue en la cancha del River, allá en mi Buenos Aires querido, en un partido River-lndependiente, en el que uno era estrictamente neutral.) En señal de euforia, algunos adictos encienden hogueras en los graderíos y tuve la mala fortuna de que fuesen pirómanos los espectadores de las localidades contiguas. Otras veces, en mi primera adolescencia, he sido arrollado sin mayores destrozos orgánicos. Por eso ya me va pasando lo que a mucha gente: prefiero el estadio vertical de la pantalla de televisión. Salvo cuando juega el Málaga, que ahora va el tercero, aunque no se lo crean ni siquiera los suplentes. Bien. El fútbol resulta un espectáculo tan excitante para la mayoría de los que acuden a verlo que al secretario de la Federación Inglesa se le acaba de ocurrir el remedio: no dejar que lo vean. Y quiere prohibir la entrada a los menores de dieciocho años.

La estadística, dice el federativo británico, demuestra que la mayor parte de los hinchas que provocan disturbios son jóvenes menores de dieciocho años de edad. ¿Cómo impedir esos disturbios? Haciendo del fútbol un espectáculo no apto para menores. Ampliando la ñoña geometría de los tres rombos a las fachadas de los estadios. La idea ha sido acogida -con enorme interés en los medios futbolísticos ingleses».

Todos hemos visto desgañitarse, insultar y arrojar almohadillas a hombres maduros y de sosegado talante. No se aprende así como así a indignarse y rara vez saben hacerlo los mozalbetes. Para dar un escándalo gordo se requiere práctica y eso sólo se consigue con los años. No eran menores de edad todos los vándalos que arrasaron el Nou Camp, ni las catorce personas que se suicidaron cuando Brasil no ganó unos Mundiales. Los estados de enloquecimiento puede que sean más habituales entre los jóvenes, pero ellos no tienen, de ningún modo, la exclusiva. Anda por ahí mucho alocado anciano. Y no sólo en los países latinos, a los que de alguna manera disculpa la acreditada temperatura sanguínea, sino entre los teóricamente gélidos sajones. Además, aquí los espectadores llevan bufandas coloreadas con la sacrosanta gama de las camisolas respectivas, pero allí llevan trompetas, que hacen bastante más ruido.

¿Qué es más caro, educar al público o impedirle la entrada? Puestos a eludir conflictos la solución ideal sería suprimir los partidos (me refiero a los de fútbol) y así, evitando le ocasión, evitar el peligro. Lo malo es que el sistema evita cambien que una persona lo sea.

Sería preferible una dura legislación contra el gamberrismo futbolístico a esta medida paternal y generalizadora. La existencia de un solo muchacho formal sería suficiente para invalidar la legitimidad del proyecto, pero hay una cuestión mucho más grave y que resulta demasiado trascendente para abordarla en este trivial artículo, que sólo aspira al viento necesario para mover un banderín de -córner»: con dieciocho años ya no se es un niño. Hay que adelantar las mayorías de edad y los criterios sobre ‘menores». El mundo anda ahora bastante más aprisa que cuando se establecieron esas fronteras y la aceleración del cambio las ha dejado aproximadamente inservibles.

A la juventud, tan halagada en nuestra época, y diríamos que tan temida, se le quiere perpetrar un atentado en el país que inventó el fútbol y la minifalda. Ahora que tanto se habla de «un estilo joven» se les quiere prohibir la entrada a los estadios, sin duda para que su estilo no se deforme. A ellos que han patentado el hermoso grito de ‘prohibido prohibir». Lo que no es apto para menores es la vejez.

Manuel Alcántara
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El nivel de fútbol

Publicado el 19 de Marzo de 1959 en ARRIBA

Manuel Alcántara, escritor y poeta de talla y renombre nacionales, ha querido asomarse —porque le gusta, porque lo siente y porque lo entiende— al más popular de nuestros deportes: el fútbol. MARCA se complace en acogerle en sus páginas, ofrecerle el debut y si se tercia, darle la alternativa como comentarista deportivo. Tema, el encuentro Real Madrid-Wiener. Día, ayer. Lugar. Estadio Santiago Bernabéu. Localidad, el foso de los fotógrafos.

He aquí las tres cuartillas del debutante:

Vistas desde abajo, las dobles hileras laterales de luces semejan una constelación disciplinada, ordenada, estática. Verdes, morados y amarillos, los dos escudos del Madrid son astros mayores.

Formo parte de una larga fila de fotógrafos atentos, dispuestos a capturar el segundo fugitivo del gol. Al lado de ellos pienso que no se notará mucho el hecho de no llevar maquina. Veremos.

Junto a la portería, la tierra del Estadio está húmeda, demasiado húmeda. Lo noto en el sitio donde la espalda pierde su honesto nombre. Es una tierra oscura sobre la que crecen diminutas florecillas, tronchadas casi todas, naturalmente; se conoce que estos territorios fronterizos no se cuidan tanto como el césped sobre el cual ha de desarrollarse el juego, y el campo recupera su misión de crecimiento impulsando los tallos breves. Cuando salen los equipos se alborota la clientela y oigo el fenomenal estrépito que forman a mi espalda una serie de gargantas jaleadoras. Es algo horroroso, así de espaldas.

—¿Aquí se puede fumar, pastor?

—Hombre, claro.

El portero de los vieneses —bonito titulo para una ópera deportiva—, que es el protagonista que tengo más cerca, tiene un suéter amarillo con un letrero en el pecho, como esos que llevan los repartidores de Coca-Cola, unos guantes negros y unas medias rojas. Sus diez compañeros visten de rojo, con los calzones blancos.

Al primer avance indígena, la feroz parroquia clama atronadoramente. Todos están de acuerdo, con sorprendente unanimidad: «¡Hala, Madrid»!», «¡Hala, Madrid!», «¡Hala, Madrid!», y venga y dale y más «¡Hala, Madrid!».

Gento, vertiginoso, se acerca al banderín de córner y centra templado y certero. El guardameta vienés despeja la situación con su enguantado puño. La gente chilla más que antes, en admirable superación. De pronto, se movilizan los camilleros, unos soldados con gorros planos donde figura, en papel, el distintivo de la Cruz Roja.

—El muerto de turno —dice alguien a mi lado.

Di Stéfano, que es un sabio, pone un balón en los pies de Gento, y éste, como una bala, se acerca a donde estoy, en unión de veinticuatro fotógrafos, veinticuatro, se dispone a chutar y… me tiro al suelo, protegiéndome en la primera espalda que encuentro. Cuando vuelvo a mi primitiva posición el griterío ha crecido y yo tengo en la boca unas leves briznas de hierba húmeda. La primavera ha venido.
Por lo que veo la jugada se resolvió en un córner, que se dispone a sacar el mismo acelerado jugador.

—Yo me quito, ¡estaría bueno! —dice a mi lado un fotógrafo—. Un tipo de estos te parte la cara y la máquina.

—Te van a pagar igual por una placa más o menos —le contesta otro, con aire comprensivo.

Cuidadosamente, apago el resto de mi cigarro, apretándolo en la hierba. «Un incendio aquí sería un espectáculo», pienso sin querer. El campo, visto a su nivel y bajo los focos tiene algo de caramelo de menta gigantesco, de piscina enorme. Es un verde hermoso, tranquilizador, bucólico y apacible. El campo iluminado estaría bonito también sin fútbol, sin espectadores, sin nadie.

Cuando marca Mateos, mis pobres oídos atraviesan un mal trance. En cambio, cuando empatan los forasteros, se establece un grato silencio. Cosas. Hay una zancadilla a Kopa. Y otro gol aborigen.
En el descanso hay música y eclipse. Hay también traslado de portería. Suena un altavoz: «Los niños del Colegio de Montserrat, de Lérida, cuando acabe el partido, que pasen por los vestuarios de jugadores.» Observo que cuando los micrófonos reclaman atención la gente obedece y se hace un súbito silencio. Me informo y me entero que desean conocer el resultado del partido que juega el Atlético.

De nuevo el ballet del balón. Ha empezado el segundo tiempo y el Madrid se impone. Vienen los goles —la tira—, los abrazos, los gritos entre los jugadores. Dicen: «¡tuya!», «¡venga!», «¡ánimo!» y otras palabras de castellanísima estirpe que no es correcto, hoy día, escribir. Los vieneses, por su parte, gritan lo suyo, dándose ineficaces consignas de contención. Sobre todo, el tan vulnerado portero. Hay un momento en que el número dos se disgusta con él por un malentendido que les cuesta un tanto y ambos se llaman cosas en su idioma.

—¡Baile, baile, queremos baile! —dice la multitud.

Un sargento de la Policía Armada para con enorme habilidad poniendo la suela de la bota, un balón que sale rozando el poste, y se gana una ovación. La ovación se repite cuando los altavoces dan o conocer el lejano empate del Atlético. Se conoce que en esto del fútbol funcionamos bien.

—¡Grande, que eres grande! —le dice Mateos a Di Stéfano cuando el delantero centro hace una delineada entrega a Kopa. Caen más goles. El último, en el minuto postrero, cuando se iniciaba el desfile de los espectadores menos amantes del codazo y la manada.

A la salida, entre la baraúnda fenomenal, un hombre al que le faltan las dos piernas, manipulando su carrito de inválido, comenta:

—Ha habido ratos de fuego muy juego muy lento; parecía como si estuvieran dormidos.

Manuel Alcántara
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Esplendor sobre la hierba

Publicado el 20 de Julio de 1973 en ARRIBA

Más difícil todavía. Mucho más que cuando estaba en activo y le saludaba el viento que agita los banderines del córner. Mucho más que cuando hacía florecer en las solapas de los ‘hinchas’ las insignias de su club. Más difícil, pero todavía posible…

Tiene sesenta y cuatro años. Esa es la gracia. Y no se ha caído desde sus tiempos, ni le ha puesto una artera zancadilla el fantasma de algún viejo defensa central. Simplemente ha querido demostrarle a los hijos de los padres que le aplaudieron tanto, que quien tuvo y retuvo sigue teniendo, y ha realizado una exhibición durante quince minutos justos, en el intermedio de un partido, para comprobar que el balón le sigue obedeciendo y que es capaz de poner los calendarios patas arriba y moverse así, con él entre los pies, camino de la desguarnecida portería contraria.

El viejo verde del fútbol es coreano, cosa que acaso explique su terca buena forma física, ya que el tiempo tiene en Oriente otra manera de transcurrir y de demorarse. Se llama Kim Yong-Sik y fue, al parecer, un ‘ídolo de la afición’. La edad no hace al tiempo, pero lo deshace. Aunque se diga eso tan confortador de que quien es joven lo es para toda la vida y los poetas aseguren que existe una íntima correspondencia entre la juventud de dentro y la de fuera. La verdad es que a los sesenta y cuatro años no es habitual que un ex jugador tenga ganas de andar jugando y se dedique a demostrar que los años pasan en balde, con los pies para arriba —y el balón adicto entre ellos— y la cabeza abajo, como si buscara por el césped el divino tesoro que no acabó de perder.

Los deportistas tienen un calendario muy restringido y pasan en muy poco tiempo de ser unas glorias a ser unas viejas glorias. A la edad en que alguien puede ser un prometedor novelista, por ejemplo, se es un deportista veteranísimo, y es ésta una de las escasas superioridades que ostenta el primer oficio sobre el segundo. Ocurre que las cosas que los años van otorgando, como la reflexión, el equilibrio y la prudencia, no hacen ninguna falta para penetrar en el área enemiga o para batir un record de motorismo. La brevedad del plazo es especialmente cruel para ellos y por eso los deportistas llevan tan mal el prefijo ‘ex’ como los políticos que dimiten de modo involuntario y adquieren la melancólica calificación de ‘salientes’. Sin embargo, los deportistas suelen moverse menos para reincidir y, salvo raros casos, no vuelven a las andadas.

El llamado Kim Yong-Sik es un fenómeno de vigencia física y un extremado ejemplo de orgullo. No conforme con estar en plena forma, lo demuestra ante miles de espectadores, no tanto para humillar a los de su generación como para solicitar admiraciones. Creo que era Sthendal el que decía que no se puede envejecer sin un poco de gloria o un poco de dinero. Ninguna de las dos cosas le viene mal a nadie, pero lo que necesita quien ha sido un joven triunfador es admiración. Y no aprende a vivir sin ella, sea torero o futbolista, y por eso insisten muchos en darnos la tabarra hablando de sus tiempos.

Para este coreano intemporal, sus tiempos son también éstos. Hay gente que está muy bien para su edad y otra que está bien, simplemente, que es lo bueno. A él los años no le han dejado en orsay.

Manuel Alcántara
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Una vuelta por Italia

Publicado el 20 de Febrero de 1967 en ARRIBA

Con un pie en el estribo y con las ansias de la muerte debo ser yo el que justifique el cambio de aire en la vela de papel. La fragata tipográfica se tornará velocípedo, pero en Italia, cosa que siempre consuela. Le nacerán ruedas, quiera Dios que de la fortuna, bajo los escálamos de las radas. Veintitantos días viendo de cerca embrocadas, afeitadas, terribles piernas de los ciclistas y, de lejos, el cielo y alguna que otra habitación de hotel de la «divina península». Procuraré compensarlo, a la vuelta de la Vuelta, asistiendo a espectáculos de revista y leyendo la «Guía de Italia», Masoliver, y la «Melodía italiana», de Eugenio Montes, entre otras cosas.

Para mí más fácil, mucho más fácil, esto de ser marinero en tierra que surcar día a día, sin más asunto que el «contenido del corazón», el recorrido de una crónica. (Creo que puedo hacer tantas entrevistas como horas del día esté despierto y creo que estoy dotado para fabricar tantos reportajes como me encarguen. Eso representa un trabajo, pero no un consumo interior, a poco engranaje expresivo que la experiencia nos haya ido otorgando. Lo que no puedo hacer es escribir dos folios sobre abstracciones diariamente: la amistad, el amor, la duda, la nostalgia… Todo lo que he observado y meditado en mi vida sobre cada una de esas cosas cabe en un folio.).

Voy a Italia para hablar de «ambiente», Doctores tiene el ciclismo que informarán con toda cronometría del esfuerzo de los atletas y su repercusión en la tabla de clasificaciones. Yo a lo mío: a mirar lo buenamente visible y curar mi añoranza italiana, de paso que les intento contar a ustedes las peripecias de los «seguidores», el comportamiento de los muchachos del Kas y la conducta del campo italiano en primavera.

Los viajes, en principio, no me producen alegría. No considero los sitios «lindos para marcharse» y estoy más cerca de aquel otro verso, dedicado a una mujer: «Entristeces de pronto, lo mismo que un viaje.» A mí me gusta quedarme, pero como también me gusta volver, no tengo más remedio que irme primero. Es el único procedimiento que conozco para conseguir un gozoso regreso. Por otra parte, hoy he visto una noticia de agencia que disipa mis residuales recelos: un anciano de ochenta años, en La Solana, por tierras de Ciudad Real, ha subido en bicicleta la calle del Asilo. Se trata de la mayor cuesta de la población y constituye una proeza coronaría a cualquier edad. El anciano no estaba movido por intereses deportivos: simplemente se terció una apuesta y dijo allá voy. Yo no he hecho apuestas, pero lo mismo digo. De la ermita de San Antonio al «duomo» de Milán. Allí empieza el Giro y el de los acontecimientos relatables.

—Es un palizón de muerte—me dicen los que siempre animan al prójimo como a sí mismos.

—Me lo figuro.

¿Cómo decirles que sí, que es una paliza, pero en Italia? Y yo amo a Italia, aunque deteste las palizas. Vaya lo uno por lo otro y vayan los puertos de mar por los puertos de montaña. Los árabes deseaban a los viajeros que sus pies pisaran «caminos derechos» y yo, que debo tener algún moro remoto en la sangre, me doy unas palmadas en el hombro y también me lo deseo.

Manuel Alcántara
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Niki Lauda en la segunda vuelta

Publicado el 26 de Octubre de 1976 en ARRIBA

Niki Lauda tiene una mujer muy guapa, un «Rolls», unos cuantos millones y una cita con su propio destino, aún no precisada, en cualquier curva de cualquier circuito internacional. El austríaco creyó que acudía a ella hace unos meses, pero no. Se trataba de una falsa alarma o de una alarma verdadera, o de un último aviso, cualquiera sabe. Lo que sí supo Niki Lauda es que aquello fue un ensayo general con casi todo. Algunos dijeron que no se salvaría y otros, los más optimistas, que no volvería a correr.

Un día infernal en el circuito de Mont Fuji. Lluvia y viento. Niki Lauda en su bólido, en su ataúd vertiginoso (Piensa que el volante es una ruleta donde puede pararse la bolita negra de la muerte. Piensa que si al volante le pusieran flores muy bien podría ser la corona de los corredores difuntos.). Dicen las crónicas japonesas que la pista brillaba como un río en la madrugada, y que su «Ferrari», que llegó a estar el primero durante la vuelta inicial, parecía una canoa. De pronto, Niki Lauda, el resurrecto, el héroe, el hombre que oficialmente está más cerca de la muerte de entre todos los eventuales vivos que poblamos la tierra, se orilló y dijo que no seguía. Los titulares de las secciones deportivas de todos los diarios del mundo han dicho: «Lauda abandonó en la segunda vuelta». Él, al bajarse de su féretro «312 7-2», dijo algo que le honra:

—Tengo miedo.

De repente se ha humanizado el robot. Hemos comprendido que los pilotos de carreras no son unos locos capaces de elegir una profesión que es incluso más peligrosa que la de periodista, sino unos seres humanos en los que todavía funciona el instinto de conservación. Unos seres humanos en los que aún no mandan de modo incuestionables los instintos de destrucción, cuya existencia explica cosas tan irracionales como el alcoholismo, la velocidad y el uso de las drogas. Niki Lauda ha tenido miedo, por una vez en su vida, y además ha sido capaz de confesarlo. No es sólo una pieza imprescindible para que su marca obtenga premios, sino una persona capaz de desfallecimientos.

Los expertos han dicho que Lauda no estaba ‘psíquicamente preparado para el Gran Premio de Japón. El italo-americano Andretti ganó la prueba, y el británico James Hunt se ha proclamado, de rebote, campeón mundial, aunque llegó el tercero (Niki Lauda pensó, durante un instante, cuando iba el primero, que correr así en busca de la muerte era una impaciencia. Que la muerte vendrá, está viniendo, «sin parar un punto». Fue sólo cosa de un segundo, pero eso bastó para que se orillara. «Lauda abandonó», han dicho todos los periódicos. «Tengo miedo».)

Dijo un torero de los de época que el valor consiste en aguantarse el miedo, y todos sabemos que hay muchos héroes que en realidad sólo hacen una cosa: huir hacia adelante, ¿Se habrá perdido para siempre un gran corredor?, ¿qué puesta a punto psicológica ensayarán con él sus entrenadores para que esto no ocurra?

Niki Lauda, el hombre que abandonó en la segunda vuelta en el circuito de Mont Fuji, sabe que tiene una cita con el destino. Como Gagarin, que después de rondar todas las constelaciones murió durante una exhibición. Como Antonio Bienvenida, que después de matar muchos toros fue a morir a traición, corneado por una vaquilla. Niki Lauda volverá a las pistas. Tiene una cita.

Manuel Alcántara
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