Cantigas de amigo

Publicado en 2003, en Cantigas de amigo Manuel Alcántara dedica unas palabras a los amigos que han marcado su vida personal y profesional “Los amigos que se me murieron siguen muriéndose. Por eso nunca digo que los quería, sino que los quiero.”

La selección de textos fue realizada por Juan Gaitán, y las fotografías fueron reproducidas por Pepe Ponce y tomadas del archivo personal de Alcántara.



CÉSAR GONZÁLEZ RUANO



Se sujetaba con la mano izquierda la muñeca de la otra, de la que trazaba letras aisladas y rápidas, la o muy distante, insurgente; la e, como una epsilón; firmes los puntos y generosos los espacios. Era su segundo artículo de la mañana y no había dormido por la noche. Parecía fácil deducir que el sudor que le brillaba en la frente era frío y que tenía fiebre y que el cigarro, emboquillado a mano, de negra picadura infame, no le estaba favoreciendo. Tampoco era difícil suponer, conociéndole, que en su estómago casi dimitido danzaban un ritual alucinógeno tres o cuatro cafés con leche, una pastilla de Ecuanil y dos de Fanodormo.

Estaba peor ese día y por eso le temblaba la mano de escribir. Demacrado, esquelético, con algo de caballero del Greco que fuera discípulo de D’Artagnan. César González Ruano escribía su segundo artículo de la mañana mientras se moría a chorros y los espejos del café copiaban y multiplicaban aquella muerte aplazada siempre, pospuesta una vez más. Lujuriosamente peinado, vestido de cariñosa franela gris, cesarísimo, habría solicitado un par de horas antes “recado de escribir” como todos los días, y allí estaban el tintero y la pluma escolar, una de esas plumas marca “corona” que ya entonces no se veían por el mundo. Cuando tosió, la tos se independizó en el acto y pegó en un espejo como una pedrada, pero extrañamente no lo rompió. La tos venía de lo hondo, de sus lesionados yacimientos de tos, y acabó diluyéndose después de rebotar en el mármol de varias mesas vacías. Me dijo que me sentara. Dejó de escribir y con la mano izquierda, que antes impedía el temblor de la otra, se llevó el pitillo a la boca y dio una chupada larga al cigarro artesano y detestable. Después se llevó la mano al cuello y lo giró a ambos lados, poniendo cara de dolor. Le dije que no se preocupara, que sería una mala postura.

- ¿Cómo tendría que dolerme el alma, entonces?

Me di cuenta, una vez más, que era un grafómano, pero también un héroe y, sobre todo, que era César González Ruano. En el Gijón, en el Teide, en el hotel Fénix, en su casa de Ríos Rosas, en los Colegios Mayores, en las Jornadas Literarias o en aquellas sobremesas para las que haber comido no le era imprescindible, ¿cuántas horas dándome cuenta de César? No me gusta decir de los muertos que los quería. Yo a mis muertos los quiero. Incluso creo que me corresponden.

Era como un amanuense de sí mismo, aunque él dijese que venía a ser como un funcionario de Aduanas, aludiendo a su puntualidad para el trabajo. Tuvo grandeza de manías y no manías de grandeza, como dijeron los observadores más superficiales. Escribía por dinero y también por todo lo demás: por tranquilizar los nervios y por ponerse en limpio. Llevaba muchos años viviendo en las difusas lindes de la muerte, en lo que según rumores no confirmados se llama la otra vida, y llegó a saber mucho de ésta. Era un especialista del más acá, un melancólico perito en cosas en trance de extinción, que alcanza su arte máximo aireando los flecos últimos de una época extinta. Por eso logra en Mi medio siglo se confiesa a medias su cima más alta -desde luego la más alta en libro-, por lo que tiene de balance y de testimonio, de documento de época y de catálogo de fantasmas.

Eso de componer el tipo y de crearse a puro pulso una personalidad paralela que con el tiempo usurpa a la legítima, acaso porque también lo es, ya que se ha elegido libremente, desvirtúa un tanto la figura de González Ruano. El alabeado bigote finísimo, los chalecos de colores impetuosos, el escudo del anillo y todo ese dandysmo, que incluía por supuesto desidias voluntarias y estudiadas -junto a la maciza pitillera de oro las cerillas de cocina-, todo eso, digo, indujeron a pensar en una cierta frivolidad. Nada más lejos de lo verdadero. César era un metafísico, un ser angustiado por el vértigo del tiempo, un hombre que tenía conciencia del tremendo bromazo que supone venir al mundo y, además, tener que irse de él. Casi nadie conoce al César religioso, desasosegado porque “casi nunca estoy a bien con Dios” o al que rezaba en las largas noches de insomnio, “no sé por qué, son los pequeños ruidos de la casa los que me invitan a rezar”. También se ha entendido mal su arrogancia. “¿Qué ha sido mi vida sino el éxito de un fracaso continuo?”, escribe mes y medio antes de morirse. Lo que ocurre es que César González Ruano era, como él decía de otros, “una trucha bastante rara”, una criatura poliédrica y compleja, hecha de materiales distintos, pero ninguno de ellos corriente.

- Yo soy una mezcla del marqués de Sade y de don Esteban Bilbao.

Una vez, a solas en la alta madrugada de su casa, con los leños de la chimenea ya apagados y después de haber discutido gravemente sobre Neruda -”es el Sepu de la poesía, decía él- y de estar de acuerdo en su admiración por Simenon y, menos, en la que sentía por Maughan, le pregunté qué era, en su criterio, lo que más le diferenciaba. “Creo que soy más bueno que casi todo el mundo”, me respondió. Lo digo con toda naturalidad, no como quien presume, sino como quien informa, y a mí no me extrañó nada. Aunque confesase que era un virtuoso de sus vicios y fomentara un dejo baudeleriano y maldito, había en él un abrumador coeficiente de bondad natural que le llevaba a perdonarlo todo, quizá por los factores de comodidad que intervienen en el perdón, y a una radical incapacidad para el odio. Era generoso de tiempo y también de dinero, a pesar de su modesta cleptomanía, y tenía una predisposición, a veces irritante para los demás, a acostumbrarse a la presencia de cualquiera que se empeñara en frecuentarle. Buscaba lo que pudiera ser favorable en los otros como un abogado defensor, y en la última parte de su vida, cuando leía poco porque escribía mucho y porque le gustaba ya más releer, seguía leyendo a los jóvenes con gran atención. “Con muchos deseos de que lo hagan bien y con un honrado temor a que lo hagan mejor”, me dijo una vez. Lo demás, psicopatía sexual -también mi César se confiesa a medias-, es lo de menos y abulta muy poco al lado de lo otro. Era el ser más literario que uno haya conocido jamás, era pura literatura, y por eso tenía una capacidad increíble para literaturizarlo todo, una postal o un recado telefónico, un comentario al paso o el hecho de pedir un café. Lo admirable para los que le conocimos siendo muchachos era eso: otros eran unos grandes literatos, pero César era la literatura.

Le daba tiempo, además de escribir una media de tres artículos diarios, a dedicarse a la narración corta, la novela, la biografía y la poesía -”ya no para publicar, sino para hacer dedos”- y, cuando tenía un rato libre, como un cartero que los domingos diera un largo paseo, escribía a los amigos. Inolvidables cartas. Los dioses volubles me hicieron destinatario de algunas y todavía no puedo releerlas sin emoción. Todo eso al compás de una vida social muy agitada, atosigante para cualquiera, ya que sufría un afán un tanto infantil de presencia y además no le gustaba decir que no. Cócteles, exposiciones, comidas y cenas -a él que no le gustaba, lo que se dice gustar, más que el jamón serrano y las croquetas- conseguían que cada jornada fuera una extenuante prueba atlética. A pesar de su famosa “mala salud de hierro”, a pesar del reencuentro con el alcohol, después de años y años sin beber, a pesar de todos los pesares. Y cuando se acababa el día tremendo de obligaciones y devociones, de agobios imprescindibles y de agobios voluntarios, ya en su casa, en aquella butaca grande -”yo creo que iba para sofá”-, se ponía a hablar. Y a escuchar.

A veces el protagonista era Cocteau, a veces un taxista que le había reconocido. “Cuando yo estaba muy contento, creyendo que era un lector mío, ¿sabes lo que me dijo el muy cabrón? Que me conocía de la tele”. (Por aquel entonces anunció en la televisión unos cigarrillos rubios, de esos que no fumó nunca). Valle Inclán, don Pío, por el que sentía una admiración honda, Pérez de Ayala… Hablaba de lo que había sido para nosotros la mitología de la adolescencia y contaba cosas de primera mano, sin ninguna clase de beatería cultural. Por ejemplo, cuando hablaba de Baroja, al que no sólo admiraba, sino que amaba literalmente, decía: “Estuve ayer en casa de don Pío, me abrió la puerta él mismo. Chico, está hecho un robaperas”. Marañón ejercía sobre él una fascinación al borde de la hechicería. Su sola presencia le confortaba y, en ocasiones, el divino paciente que fue siempre César González Ruano mejoró sólo con la presencia, incluso con la cercanía física de don Gregorio. Era algo talismánico y recuerdo cómo me contaba sus mareos, a la salida del café que era para él ágora y oficina: “Se me pone la Cibeles al revés y me caigo al suelo, pero me acuerdo de don Gregorio diciéndome que no, que me voy a marear pero que nunca me voy a caer, y sigo andando”.

Me gustaba mucho, me gusta mucho, que quizá el tiempo sea plano, ese César sin público y sin máscara. Aunque quizá su máscara, corno en aquel dibujo de Mingote, era idéntica a su rostro. Sin fingimiento, sin presunciones, incluso sin ese zócalo de cursilería que a veces usaba para enmascararse, se tocaba fondo en un ser humano espléndido, raro, sensible y vibrante. Era la hora de la sinceridad absoluta, en el supuesto que exista.

- Dime la verdad, César. ¿Te gustaría ser académico?

- ¡Hombre, Manolo! ¿Cómo no va a gustarme un sillón, habiendo estado tanto tiempo de pie?

En la cripta de Ríos Rosas, llena de retratos de Mery -otra de las cosas extrañas de César es que era absolutamente monógamo-, se hablaba de la vida y de la muerte, de amigos y de menos amigos, de gentes que nos habían ayudado a vivir y de existencias del todo prescindibles. Admitía la suave burla sobre su monarquismo heráldico y pasado de rosca -la corona bordada en la camisa, que luego tapaba el suéter-, y se rió mucho, no sé si dándome la razón, cuando le dije que, a mí, Grande de España, por ejemplo, me parecía Miguel Hernández y no los que oficialmente podían llamárselo. Recuerdo que fue un día glorioso porque pasaron muchas cosas. Se había comprado en el Rastro por la mañana una armadura y un reloj de barco. Las armaduras a mí no me entusiasman, pero él estaba encantado con la esencia esquinera de aquel señor vacío y chapado a la antigua. Alabé el reloj.

Sí es una pieza preciosa. Pero fíjate si seré maniático, que yo veo un reloj como éste en casa de Bonmatí de Codecido y ya deja de gustarme.

Ese día, en el que había hecho gastos importantes en los anticuarios, me contó la insistencia de un cobrador, no sé si del agua o de la luz.

- Es un pelmazo. Ha venido ya cinco veces a cobrar.

Le insinué que si le pagaba quizá no volviera.

- Pues es verdad. No se me había ocurrido.

Era el hombre real que desmentía sus imágenes en los espejos deformados de la leyenda. El de las tantas de la noche y el de las tantas en su corazón. El criado de chaquetilla blanca, no sé si Pedro o Julio, no sé si otro, no me acuerdo, anunciaba cortésmente que ya no estaba dispuesto a aguantar más.

- ¿Qué traje le preparo al señor para mañana?
- El otro.

César se pasó la vida escribiendo para los periódicos, haciendo esas crónicas que, como el poeta, “gozan de una muerte diaria”. Sabía, naturalmente, que escribir en la prensa es aproximadamente como escribir en el agua, y que el artículo de hoy ha sido elogiado porque acaso contenía algo de actualidad interpretada y una cierta gracia y un buen idioma alguna oportunidad y hasta un relente de talento mañana está envolviendo unos zapatos viejos camino del zapatero. No invalida una buena página el hecho de que haya sido escrita para un diario, ni un buen consejo “porque judío lo diga”, que decía el muy sobrio y lúcido rabí Sem Tob, Pero a él le preocupó -no sobremanera, porque sobremanera me parece que no le preocupó nada- el destino de lo que sabía que era lo mejor suyo, lo que pudiéramos llamar el futuro previo de lo que se escribe en los diarios. Y puntualizaba que no era un escritor de periódicos, sino un escritor en periódicos. Aunque estaban lejanos los tiempos en que Wilde dijo aquello de que el periodismo se diferenciaba de la literatura en que la literatura no se lee y el periodismo es ilegible, no quería confusiones en su linaje.

- Cuando dicen de mí eso de escritor y periodista, es como si me llamaran médico y practicante.

Hablar de él, intentar el esbozo de su carácter y de su modo de entender la vida y la muerte, me parece lo más esclarecedor, y que César más que escribir se escribía. Quizá por eso, a última hora de la mañana afirmaba que podía establecerse la tertulia: “Ya estoy escrito”. En cierto modo, toda su obra son las memorias, y a este libro lo continúan sus arios. Quiero decir que todo César es la autobiografía y confidencia, memoria de sí mismo. Un género poco abundante entre nosotros, donde las memorias suelen ser coartada o venganza, y donde el pudor o una peculiar manera de entenderlo, impide hablar con libertad del único ser humano al que hemos tratado a todas horas.

Influido por las extremaunciones, por los cafés con leche, por los calmantes, por el color del cristal de los ventanales del Gijón o del Teide, hay que darle a César lo que era de César. Ojalá este libro restablezca algunas cosas y sitúe en su lugar de gran cronista a este triunfador sobre el que cayó el olvido como cae la noche. A este hombre que vivió de escribir y murió escribiendo. “Por favor, que usted está muy malito, no trabaje, descanse”. La monja le quitó la pluma de la mano y le regañó con dulzura, pero César llevó mal las dos cosas, sobre todo la primera, y había una cierta irritación en su voz cuando le dijo:

- Hermana, a ver si se entera usted de que yo soy escritor como usted es monja.

Pertenecía a una generación que había dignificado el artículo periodístico y que acaso se había desangrado en ese ejercicio: Eugenio Montes, Rafael Sánchez Mazas, Víctor de la Serna, Agustín de Foxá José, María Pemán, Giménez Caballero, Luys Santamaría son gentes que, al margen de tesituras y convicciones, pusieron bastante bien una palabra detrás de otra, cosa bastante meritoria habida cuenta de que hay muchas. A César le distingue cierto dejo melancólico, un cinismo que de puro verídico es limítrofe del candor y una suerte o una desdicha de frustración poética. Fue un gran prosista porque había querido ser un gran poeta. También le diferencian una cierta extravagancia natural y lo anómalo de algunos de sus puntos de vista. El lirismo es una palabra que se entiende mal y hay quien lo refiere exclusivamente a lo bonito, desconociendo que se trata de una impregnación. En González Ruano -le voy a llamar César porque lo otro me suena a falso, y es la última vez que lo escribo en estas páginas- se produjo una mezcla especialmente atractiva de señorío y golfancia. Su prosa navega entre dos aguas, el dandysmo un poco trasnochado y el desgarro un poco contenido. Juntaba dos cosas de muy difícil conciliación, el señorío y el señoritismo, y era un aristócrata -de los de verdad, aristócratas de espíritu, que se dice, y no de certificado, como tanto le hubiera gustado ser- con una vertiente chuleta que le salía muy pocas veces, sólo las necesarias. “Date cuenta que yo me he criado en El Heraldo”, El artículo puede que sea algo así como los cien metros, hay plusmarquistas de esa distancia que tienen bastante más interés que muchos maratonianos de esos que siempre llegan en el pelotón de en medio. Debo hacer constar que creo en el libro sobre todas las cosas, aunque no de modo fanático, pero negar todo lo que no esté encuadernado me parece una superchería de la cultura tradicional y una benéfica Ignorancia estadística: la Humanidad edita mil libros diarios, en números redondos y según Toffler, y se sabe que su misma materialidad es perecedera. Vendrán, ya han venido aunque se los maneje mal, otros medios de comunicarse y otros hombres. Quiere decirse que Shakespeare y el padre de Shakespeare verán inexorablemente reducidas sus referencias en los textos y en los mortales corazones. Y la galaxia Gutemberg se desleirá antes y no al misino tiempo que la nuestra, que parece lo lógico. Los que desdeñan los artículos en función de su tamaño tendrían que demostrar que algunos anillos no pueden ser más bellos y más importantes que algunos collares.

El periodismo que hacía César -parece que escribió unos treinta mil artículos- era una forma de humanismo. Afirma Charles Morgan que “registrar hechos es función del periodismo; comentar esos hechos sigue siendo periodismo; adaptarlos a un orden conveniente de una ideología es mentir; penetrar en ellos es ser artista”. Eso era César, un artista que no creía en el artículo como ensayo enano, sino como una idea, a veces una intuición, y varias ideas afluentes. Por eso se le daban tan bien los vuelos sin motor, porque el motor era él. El actual empacho de política, el interesado monotema, donde es tan fácil detectar la fuente de aprovisionamiento y subvención clandestina, se debe a que se ha destapado la olla a presión de la vida española y puede inducir a creer que lo de César era cosa antigua o así. Mi opinión es exactamente la contraria. Dada la celeridad con que da la vuelta al mundo una noticia, menos de treinta segundos, al parecer, y dado el número creciente de repipis divulgadores -”telepollas” les llama Camilo José Cela- que la cuentan inmediatamente en la llamada caja idiota, lo que se buscará, supongo, una vez informados, es el punto de vista peculiar, el “oficio de ver”, que dijo Góngora. O sea: una forma de cesarismo, con el acento de la época y el aire del tiempo. César no sabía mucho del Mercado Común, por ejemplo, pero de esas cosas hay muchos que saben. Lo suyo era ponerse a la cabecera de cada día y tomarle el pulso. Curiosamente, la mejor definición de ese tipo de periodismo, que ya sé que no es todo, ni el primordial, sino el que portentosamente hacía el hombre que recuerdo ahora, la ha dado Gerardo Diego: “El periodista es un salvador de instantes y un cantor de lo cotidiano”. Eso era lo que hacía, de modo incansable César. Eso y un papel de “mecanismo de refrigeración” en medio de las abrumadoras informaciones nos depara la historia de cada veinticuatro horas. Los que le reprochan que no ejerciera un periodismo de acusación o de dicterio están en Babia. César no estaba al pie del cañón porque no había cañón y si sus artículos no tienen garra política es porque el tigre estaba disecado. Por eso hizo costumbrismo. Por eso y porque todo lo es. Lo que no es costumbrismo es ciencia-ficción. Y hay que decir en su honor que jamás se dedicó a la hagiografía de los triunfadores, ni a sainar políticos de tránsito.

Se sabe que a ningún hombre le han tocado buenos tiempos en que vivir y él hizo lo que pudo, que fue mucho, en los suyos. Parece mejor que no hacer nada bajo el pretexto de que nada puede hacerse, como tantos aplazados genios, de esos que ahora, que puede estrenarse todo y largar de política lo que se quiera, no han superado a Buero Vallejo ni a Emilio Romero. César era un liberal y en este libro hay una espléndida página explicando su talante. “MÍ corazón creo que es insobornable e inocentemente liberal”, dice.

Al final de su vida, que estuvo llena de capítulos finales a los que milagrosamente sucedía otro, le entró una cierta preocupación por ordenar unas obras incompletas. Él decía que era un impulso a la vez ingenuo y megalómano. Creo que era más bien porque le rondaba el presentimiento de una muerte repentina, presentimiento que no se cumplió. La muerte se lo había querido llevar tantas veces, para terminar dejándolo para luego, que César no podía fiarse de ella. Fue muy informal la muerte con César y él acabó perdiéndole el respeto y la amenaza de morir no se le volvió una obsesión histérica, sino un pensamiento sereno o, dicho con dos palabras que a él le gustaba juntar, una forma de “desesperación tranquila”. Por aquellas fechas escribió en el diario: “Mi familiaridad con la muerte ya es aburrida, monótona”.

El esquema que trazó para estas obras completas excluía el teatro. “Lo poco que hay de teatro no merece la pena. Es muy flojo y nada representativo”. Encargaba la ordenación de todo, como albaceas literarios, a dos grandes amigos, Rafael de Penagos y Salvador Jiménez, y a su hijo César, bajo la presidencia de Mery de Navascués. Así vio sus posibles obras completas: 1. Poesía.- 2. Novela.- 3. Cuentos.-4. Biografías.- 5. Memorias y Diarios.- 6. Varia (“Libro de los objetos perdidos y encontrados”, “Mis casas”, etc.).- 7 y 8. Antología de artículos.- 9. Epistolario. El volumen décimo agruparía, entre otras cosas, las entrevistas recogidas en “Las palabras quedan” y siluetas de escritores y pintores.

Me he demorado en esta enumeración, en primer lugar, porque es significativo que las obras completas de César González Ruano no se hayan publicado aún ya que el desinterés de los editores no es sino un espejo del desinterés que se sospecha en el público lector, y en segundo lugar, porque nos sirve a los trece años de su muerte, para realizar un mínimo balance, por muy poco que crea uno en los géneros. (En César, como antes y de modo grandioso en Ramón Gómez de la Serna y como ahora en Paco Umbral, el género era él). Pues bien, parece unánime el criterio de que en la lírica no alcanzó cotas muy altas y que como narrador y novelista su significación es escasa. En cuanto al Ruano biógrafo, se le acusa de falta de rigor y de precipitación, ya que esos libros obedecieron más a coyunturas editoriales que a fervores íntimos y carecen de ese rastreo devoto que caracteriza a las buenas biografías, donde el biógrafo debe ser una mezcla de detective y enamorado. Digo todo esto con reservas, que es como yo digo todo. Entre otras cosas porque es pronto todavía, siempre es pronto, para valoraciones definitivas y porque no ignoro que el sitio que ocupa cada cual en el Parnaso o donde sea depende mucho de los acomodadores.

Está claro que el César preferible es el articulista que hizo época además de llenarla y el autor de Mi medio siglo se confiesa a medias. Al periodista no quisieron darle el llamado carnet de Prensa, después de ser Cavia a los veintitantos años y después de todo lo demás. “Ya es cómico que se discuta si uno es o no un profesional -tenía cumplidos los sesenta cuando escribió esto-. Cuarenta años de no vivir más que de escribir y para escribir ¿admiten dudas? Pues parece que sí, cuando nadie le discute su profesionalidad a un desdichado que infla telegramas o a un fotógrafo. Me piden que pruebe no sé qué cosas. No estoy dispuesto a probar nada. Si tienen redaños para negarme la condición de profesional, para ellos la perra gorda. No daré un paso. Les emplazo a todos esos robaperas para dentro de unos años. A ver si se habla de ellos o de mí. Periodistas mediocres, matalones, caciques de vía estrecha, cortan el bacalao. ¡Que lo corten! Uno no come bacalao, sino salmón; esto es lo que, en el fondo, les irrita. Hijos de padres desconocidos, padres de obras desconocidas. ¡Que Dios ampare su miseria irredenta! A otra cosa”.

Decía que el César preferible es el autor de este libro y el articulista pródigo. SÍ tuviera que explicarle a alguien quién era, quién sigue siendo, y nadie menor de treinta años tiene una idea muy clara de él, le diría que leyera este libro y una recopilación de crónicas. Ahí está lo mejor de su desparramada y febril creación de pura raza de las letras, de escritor de cuerpo entero. Su bibliografía tiene más de ochenta títulos, pero sus credenciales de supervivencia literaria están aquí y en sus artículos. Es casi como haberle conocido. Casi como haber sido amigo suyo. Casi.

Manuel Alcántara

César González-Ruano (Madrid, 22 de febrero de 1903 – ibíd., 15 de diciembre de 1965) fue un periodista y escritor español. Empezó a destacar en los años veinte como poeta del Ultraísmo. Aunque fundamentalmente periodista, cultivó todos los géneros y fue poeta lírico, novelista y autor dramático; también escribió biografías, como las de Charles Baudelaire, Enrique Gómez Carrillo, Émile Zola y Óscar Wilde. Pese a tanta actividad, durante toda su larga vida padeció una constante “mala salud de hierro”, de forma que muchas veces se le desahució y dio falsamente por muerto. -vía wikipedia-

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BORGES



Fue una sobremesa larga, que él sobrellevó a base de zumo de naranja y yo, feliz por estar con Borges, festejé con whisky.

- Lindo apellido, Alcántara. Significa el puente… creo.
- Yo también lo creo, maestro -le dije.

Estaba claro que quería saber si su invisible interlocutor era tonto. Ejercía el portentoso escritor una especie de burla que delataba que su familiaridad con el mundo jamás llegó a ser completa. Poco antes me había dicho, como excusándose:

- De todos los colores, el amarillo aún no me ha sido infiel.

Acababa de ganar el premio Cervantes, compartido con Gerardo Diego, al que conoció antes de la guerra y ambos se dieron a aventuras altruistas.

Gerardo fue a esperarle, con otras personas, al aeropuerto.

- Soy Gerardo Diego.
- ¿En qué quedamos, Gerardo o Diego?

A mi Homero de la Pampa le llegó “la vasta y vaga y necesaria muerte”, no sin demorarse bastante. Fue muchos hombres, aunque nunca fuera aquel en cuyo abrazo desfallecía la señora Urbach. A Borges se le notaba que deseaba su aniquilamiento. Terminar del todo y para siempre llegó a constituirse en una sola esperanza, una esperanza que le prestaba un coraje de cuchillero de arrabal para tolerar el agravio de los años y de la ceguera. Sabía que la longevidad es una forma de insomnio y deseaba dormir.

- Si me dijesen que muero esta noche, sería tanta mi alegría que a lo mejor no me muero.

No quería la inmortalidad, sino la mortalidad. Morir en cuerpo y alma. Ser recordado sólo por esas pocas páginas que a su severo juicio no le deshonraban y permanecer en la memoria colectiva gracias a un verso urdido en su tiniebla. Del mismo modo que a la mayoría de las gentes les aterra la idea de su desaparición, a él le daba pánico la idea de ser eterno. Sabía que las pruebas de la muerte son estadísticas y nadie hay que no corra el albur de ser la primera persona inmortal.

Como todo gran creador, Borges demostró que el idioma es algo más que un arbitrario repertorio de símbolos y consideró que la misión de la poesía es devolverle al lenguaje su magia antigua. Para lograrlo se valió con insistencia de laberintos, espadas, tigres de oro y de noche, espejos atareados y otras obsesiones. Así intentó descifrar el universo, al mismo tiempo que establecía sus coartadas. Una vez dijo que había tenido “la precaución de ser ciego” y que, aunque desconocía los designios del mundo, sabía que razonar con lucidez y obrar con justicia es ayudar a esos designios. Cuando le conocí, creo que en el año 80 se dedicaba a recibir esas pequeñas limosnas diarias -el sabor del café, la prosa de Stevenson, el hallazgo de una etimología insospechada- y a dictarle versos a María Kodama. Quería saber en qué consiste eso que llamamos tiempo. Sospechó que el tiempo somos cada uno de nosotros: “El tiempo es un tigre que me devora, pero yo soy ese tigre”.

- Estoy obligado a ser mi propio enfermero -me dijo, al final de aquella sobremesa.- Cuando le vi alejarse, del brazo de María Kodama, a mi admiración de siempre se mezcló algo parecido a la compasión. La deseché pronto. No está bien compadecer al más nítido prosista del siglo en nuestro idioma.

Manuel Alcántara

Jorge Francisco Isidoro Luis Borges (Buenos Aires, 24 de agosto de 1899 – Ginebra, 14 de junio de 1986) fue un escritor argentino, uno de los autores más destacados de la literatura del siglo XX. Publicó ensayos breves, cuentos y poemas. Su obra, fundamental en la literatura y en el pensamiento humano, ha sido objeto de minuciosos análisis y de múltiples interpretaciones, trasciende cualquier clasificación y excluye cualquier tipo de dogmatismo. -vía wikipedia-

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GERARDO DIEGO



Él era aún casi joven y yo todavía era jovencísimo cuando nos conocimos, allá por los años cincuenta. Gerardo había publicado su primer libro diez años antes de que yo naciera y, antes de ser mi amigo, fue una pregunta de bachillerato. Cuando le di la mano por primera vez podía haberle dado también un recital de sus versos. Me sabía de memoria la mitad de sus poemas y si alguien me iniciaba la otra mitad también era capaz de repetirlos. Por eso me parecía asombroso verme emparejado a él en los carteles de “Alforjas para la poesía”, donde tantas veces nos juntó la infatigable generosidad de Conrado Blanco, empresario de sueños.

Convivían en Gerardo Diego varios poetas, todos ciertos. Amaba el clasicismo y la travesura. A veces su musa se llamaba Carmen y a veces se llamaba Lola, pero no quiero hablar del poeta grandioso, ni del profesor, ni del músico, ni del ensayista, ni del crítico certero, ni del antólogo clarividente, sino del amigo al que tanto quise y admiré y respeté, que uno ha sido siempre muy respetuoso con los clásicos. Estaba tan a mano de todos nosotros, lo teníamos tan cerca, escuchábamos con tanta atención sus silencios… “vivo latir de Dios le goteaba”, por eso el parpadeo.

- No, Manolo. Lo del parpadeo viene porque había en Santander un poeta al que yo, de niño, procuraba imitar en todo. Llevaba un sombrero blanco y parpadeaba constantemente. Lo del sombrero he podido corregirlo.

Había en Gerardo un sentido del humor apenas perceptible, oriundo de su alegría interior. Se reía más por dentro que por fuera, aunque quizá todo sucediese por igual.

“Todo lo que llevo dentro está ahí fuera”, dijo. “Podéis tocar con las manos mi conciencia”. Traslúcido Gerardo. Horas y horas hablando con él de Villamediana o de Belmonte, que a él le gustaban tanto los sonetos como las verónicas. (No en vano “La suerte o la muerte” es nuestro libro capital de poesía taurina). Todo lo abarcaba el hombre del que ahora se cumple el centenario de su nacimiento.

Santander fue su cuna, su palabra, y el privilegio fue nuestro. Aprendimos de él dignidad y humildad. Íbamos a esperarle a la salida del instituto Beatriz Galindo y le llevábamos a su casa, en Covarrubias 9. Era como una estatua frágil con bufanda y sombrero, como la insignia del 27, como el tío carnal que nos hubiera gustado tener y que, además, tuvimos.

El exilio se llevó a muchos, pero nos compensó dejándonos a Gerardo. Y allí le tuvimos, con su estupor ante el mundo, su sabiduría inmensa y su timidez patológica.

Un día me confesó que no se atrevía a pedir el periódico en el quiosco si no estaba a la vista.

- ¿Por qué, Gerardo?
- Porque me pueden decir: ¿no ve usted que se ha acabado?

El poeta de mayor osadía que me ha sido dado conocer era también la persona más tímida. Y la más modesta.

- Ha leído usted muy bien, Gerardo -le dije una vez, tras su actuación.
- Es que a veces conecto con la poesía… Incluso con la mía.

Inolvidable Gerardo Diego. Una de esas raras criaturas que nos ayudan a vivir y que nos mejoran con su presencia. Fueron muchos viajes, mucho Café Gijón, muchas conversaciones, muchas alegres sobremesas. Todo lo valoré en su momento y no puedo decir que no tuve conciencia del privilegio, Gerardo era Lope y yo lo sabía.

Manuel Alcántara

Gerardo Diego Cendoya (Santander, Cantabria, 3 de octubre de 1896 – Madrid, 8 de julio de 1987) fue un destacado poeta y escritor español perteneciente a la llamada Generación del 27. Fue uno de los principales seguidores de la vanguardia poética española, y en concreto del ultraísmo y del creacionismo. En 1925 obtuvo el Premio Nacional de Literatura. Desde 1947 fue miembro de la Real Academia Española. En 1979, se le concedió el Premio Cervantes. Murió el 8 de julio de 1987 en Madrid a los 90 años. -vía wikipedia-

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ANTONIO GALA



Todavía no era él, pero ya era una luz. Allá por los sesenta, un jovencísimo Antonio Gala vino a mi casa madrileña del Paseo de la Florida, de la mano de aquel eterno muchacho que fue siempre Fernando Quiñones. Tiempos de pobreza y esperanza. Dos pisos más abajo vivía Ignacio Aldecoa con Josefina y, enfrente, junto al fortín sidrero de “Mingo”, habitaba la memoria de don Francisco de Goya. Buenos vecinos. Venía Antonio Gala con el corazón maltrecho por un episodio amoroso y con un invisible paquetitos de proyectos. Creía en él y nosotros también.

Pronto empezó a tener eso que llaman éxito y que sirve, como todo el mundo sabe, para afrontar todos los compromisos que no se tendrían en caso de no haberlo alcanzado. Poco a poco, con prisa, pero sin pausa, fue llenando la vida española de versos recatados, de artículos valientes, de oportunas obras de teatro y de ardientes y densas novelas. Mucho abarcaba y mucho apretaba Antonio, que disimula en los saraos una portentosa capacidad de soledad y de eso que Juan Ramón llamó “trabajo gustoso”. Pensé, ya por aquel entonces, que no podía perderse tanto ruido tanto amor, tanto encanto, tanta campana.

- A ti lo que más te gusta es pasar advertido Antonio y a mí -le dije- me gustan por igual dos, cosas…

- La ginebra y el whisky, ya lo sé -me respondió antes de que hubiera terminado de decirle las dos cosas que más me gustaban.

Ese ingenio colérico, a bote pronto, ha hecho que algunos contemporáneos, antípodas de la perspicacia, no hayan vislumbrado el genio. O no hayan querido admitirlo. Que Antonio Gala no se siente algún jueves que otro en un sillón de la Real Academia es al menos tan extraño como que algunos planten allí sus posaderas. Naturalmente, nadie sabe de últimas valoraciones, pero sí sabemos de envidias actuales. Quizá nadie las sufra más que este hombre, lealísimo amigo de sus amigos, que no tiene la culpa de ser un escritor popular, además de ser un escritor. La envidia nacional, tan acreditada, está flaca según Quevedo porque muerde y no come. He podido observar que es el contemporáneo menos citado por escrito, mientras que es el que más comparece en conversaciones. No hay tertulia literaria en la que no se haga referencia alguna anécdota, verdadera o apócrifa, de Antonio Gala. Se le adjudican malevolencias dignas de ser suyas, que jamás han salido de sus labios, que su tío Óscar Wilde que la gente tiene la horrible costumbre de decir a espaldas nuestras cosas que son completamente ciertas.

- Fíjate, Manolo, ¡un pecado nuevo!

Se refería al título que había anunciado un poeta su próximo libro: “El polvo de los pies”.

La ironía, que según Amiel sirve para todo y no basta para nada, no debería enmascarar otras cosas. Antonio Gala está más cerca de un místico sufí, que de un animador de cenas donde los anfitriones consideran imprescindible la asistencia de un escritor y de psiquiatra. Como casi todo el mundo, yo creo que lo que él quiere es que le quieran. Tiene tiempo para conseguirlo porque más que muy joven es muy intemporal. No le pasan los quinquenios.

Manuel Alcántara

Antonio Gala Velasco (Brazatortas, Ciudad Real, 2 de octubre de 1930)1 es un escritor español, autor de gran éxito entre los lectores en cualquiera de los géneros que cultiva: teatro, columnismo, novela o lírica. Actualmente, su colaboración en prensa se reduce a artículos de opinión breves, publicados con el nombre de troneras, en el periódico El Mundo. -vía wikipedia-

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DI STÉFANO



Sigue hablando como si acabase de llegar del barrio de Barracas, al lado de la Boca, a pesar de llevar cuarenta y muchos años en España. Oye tangos todos los días, al levantarse, y yo creo que también al acostarse. “¿Dónde estaba Dios cuando te fuiste?”. Para él -también para mí- Discépolo fue un Quevedo de los arrabales, entre un olor de yuyos y de alfalfa. Siempre que se habla de las cuatro coronas -él, Pelé, Cruyff y Maradona- dice que no se puede afirmar de un futbolista que haya sido el mejor, que eso puede decirse de un boxeador o un tensita, pero el fútbol es un deporte colectivo. Tenemos que ser otros los que clisamos que ha sido no sólo el mejor, sino el más. Quien acertó con la definición fue don Pedro Escartín, al que le dio tiempo a verlos a todos: “Otros han sido grandes directores de orquesta, pero Di Stéfano era el director y la orquesta entera”.

Cuando hicimos aquel programa de goles en la tele, con mi hermano electo José Luis Garci, hablamos horas y horas. Incluso nos íbamos luego a algún “boliche” para seguir comentando la jornada. “¿Has visto qué marcaje? Como abrazado a un rencor”. La verdad es que si veinte años no es nada, cuarenta son muchísimo. ¿Qué valdría ahora Di Stéfano? Quizá no tuviera precio, como Las Meninas.

Frente al televisor, cuando escogíamos las jugadas que íbamos a proyectar, no reprimía sus críticas. Luego, ya en directo, era muy comedido, por eso lo mejor era lo de antes.

- Fíjate dónde ha echado la bola, con toda la portería para él, el muy burro.
- Es que le ha pillado con su pierna mala -le decía yo.
- ¿Cómo un futbolista puede tener una pierna mala, si no hay más que dos?

Era muy parco en el elogio Alfredo Di Stéfano, quizá porque no comprendía que alguien hiciera mal lo que él había hecho prodigiosamente. Hablaba bien de Puskas, de Gento, de Kubala, que es su gran amigo, y de tres o cuatro más. Yo le hacía sondeos de opinión.

- Y Butragueño, ¿qué te parece Butragueño?
- Hombre, al Buitre lo saqué yo… Tiene un toque de distinción, qué duda cabe, pero el fútbol es una cosa que se hace corriendo. Todo lo que hagas tienes que hacerlo corriendo. Yo perdía cinco kilos por partido…

Di Stéfano sigue diciendo “cho” en vez de “yo”.

- “Cho”, de joven volaba. Coincidí en una concentración con los velocistas colombianos y, para entretenerme, corría con ellos. Llegaba antes.

- Entonces, lo de “saeta rubia” no era por gusto.
- Me lo puso un cronista de allá y la cosa hizo fortuna.

Me atreví a preguntarle por su compatriota Viberti, que fue un ídolo para la afición cuando jugó en el Málaga.

- Sí era bueno, pero remataba de cabeza con los ojos cerrados y no tenía tiro a puerta.

A Di Stéfano van a hacerle un homenaje a nivel mundial, quizá para reconocer que ha sido cosa del otro mundo.

Una vez, pasando por el Estadio Bernabéu, le dije:
- Sí estos pastos conversaran, Alfredo…

Desarrugó el ceño y sonrió. No con cierta melancolía, sino con una melancolía cierta.

Manuel Alcántara

Alfredo Stéfano Di Stéfano Laulhé (Barracas, Buenos Aires, 4 de julio de 1926) es un ex futbolista y ex entrenador de fútbol argentino, actual presidente de honor del Real Madrid Club de Fútbol. Es considerado por la FIFA uno de los cinco mejores jugadores de fútbol del siglo XX. -vía wikipedia-

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LUIS ROSALES



Vivimos muchas cosas juntos y bebimos juntos muchas botellas. Esta fotografía ilustra uno de esos momentos. El era aún joven cuando le conocí y yo lo estaba siendo plenamente. Tenía Luis una densidad de ser humano, una calma comunicable y un equilibrio lento como quizá no me haya sido dado encontrar en ninguna otra persona. Era un conversador de fondo, además de ser, a mi juicio, uno de los grandes poetas españoles del siglo. En la alta madrugada de “Mayte” me decía de memoria sonetos de Villamediana, arrugando los ojillos azules detrás de los gruesos cristales de sus gafas y haciendo un gesto muy peculiar, entre serio y aquiescente. Bebía su moroso coñac con plena convicción y si se acercaba algún pelmazo inevitable, cosa frecuente a esas horas de la noche, conseguía que mi admiración por él creciera. Luis Rosales tenía paciencia para todo, incluso para la estulticia. Algo muy difícil.

Claro que más difícil era haber escrito “Rimas” y, sobre todo, ser capaz de resucitar su corazón, y de viejo, escribiendo libros de amor y viendo un rostro en cada ola. Cuando entró en la Real Academia, publiqué, sobre la marcha, un artículo: “La docta casa encendida”. Me lo agradeció siempre, lo que tampoco es fácil. Era todo sosiego el hombre que había visto el paso sosegado del Duero por Tordesillas, y la conducta del viento de marzo en un espejo. Se le notaba en todo que había vivido y que estaba ileso, como la nieve aquella de su Granada. Se advertía que había presenciado cómo su hermana, en aquella butaca de la casa familiar, se fue quedando monja y cómo, para ser feliz le bastaba el puro acierto de recordar.

No siempre, claro. Cuando hablábamos de Lorca, volaban por sus sienes pájaros oscuros.

- Esa ha sido la pesadumbre mayor de mi vida.

El poeta Félix Grande, que es el amigo que todos quisiéramos merecer y que algunos hemos merecido, escribió “La Calumnia” para defender a Luis, siempre acechado inicuamente por ella. Nunca sacábamos la conversación del asesinato de García Lorca, porque sabíamos que para él era un vivo presente, pero a veces surgía, ya que es muy difícil hablar de poetas y que no salga a relucir el nombre del más fúlgido.

Un día, en mi casa, después de haber dejado temblando él solo una botella de coñac -yo bebía ginebra-, me desafió:

- A ver si te acuerdas de un solo verso de Vicente Aleixandre.

Yo, que tengo muy buena memoria para los versos y sólo para los versos, le dije uno que me ha venido siempre a la cabeza en los viajes, cuando visitaba sitios por los que sabía que el regreso era improbable: “Paisajes que nunca volveréis por mis ojos…”.

Luis le dio un lento sorbo a su copa, arrugó aún más sus ojos azules y me dijo:

- Hay que reconocer que no es uno de los mejores versos que hemos oído en nuestra vida.

No me di por vencido, a pesar de ser menos vehemente admirador de Aleixandre que él, y le dije otro verso del por entonces flamante Nobel: Yo sin amor no te he visto, ¿cómo serás tú sin amor?

- Eso es mejor -reconoció.

Todo cambió con la trombosis. Quedaron sólo los restos de lo que había sido, cuando estaba en plena fama. Una décima parte de Luis Rosales, poeta y hombre.

- He tenido que aprender otra vez a hablar, Manolo.

Ya no me decía, en la alta madrugada, de memoria, sonetos de Villamediana. Ni bebía coñac.

Manuel Alcántara

Luis Rosales Camacho (Granada, 31 de mayo de 1910 – Madrid, 24 de octubre de 1992) fue un gran poeta y ensayista español de la generación de 1936. Miembro de la Real Academia Española y de la Hispanic Society of America desde 1962. Obtuvo el Premio Cervantes en 1982 por el conjunto de su obra literaria. -vía wikipedia-

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TONO



Escribí un artículo cuando murió. En caliente y en mojado, porque las lágrimas me hacían ver los renglones como a través de un cristal esmerilado. Ahora, pasados los años, compruebo que los amigos que se me murieron siguen muriéndose. Por eso nunca digo que los quería, sino que los quiero.

Tono era el gran tío Antonio de toda una generación. Una criatura apacible, serena, que contagiaba serenidad y propagaba deseos de vivir. Jamás le vimos irritado, ni disgustado, ni siquiera desasosegado. Era un humorista y, por lo tanto, un metafísico. La leyenda cuenta que una mujer, quizás la suya (no la inolvidable Cloti, su segunda mujer, que era todo dulzura) le iba haciendo una escena, calle Alcalá abajo. Tono, que era incapaz de discutir, ni de levantar la voz, aguantaba como podía el chaparrón. Al llegar a la Puerta del Sol, aquella señora le conminó:

- Nos separamos, pero tú me señalas una pensión.

- Mira: “La Alicantina” -dijo Tono, apuntando con su dedo índice al letrero de un balcón.

Ramón Gómez de la Serna, “padre y liróforo celeste” de todos, le hizo justicia en un memorable texto donde se le reconocía como precursor y pionero de una forma de humorismo exenta de crueldad, alejada del sarcasmo, capaz de descolocar la realidad atentando inocentemente contra la lógica. Una manera de sonreírle a la vida delatando la aceptación de los tópicos, la rutina de los lugares comunes, la vaciedad de tantas actitudes consuetudinarias…

Tono era todo lo contrario de un sarcástico, de un moralista o de un predicador. Sabía que el humor es un ácido que se vierte en gotitas sobre las conductas humanas y sociales para revelar su verdadera esencia, pero él no tenía acidez. Ni siquiera se creía escritor:

- Escritores sois vosotros. A mí es que de pronto se me ocurren cosas, pero yo no sé lo que es un participio.

Se le ocurrían muchas cosas a Tono, pero lo que más le gustaba era inventar. Tenía la casa llena de curiosos artilugios que eran, generalmente, derivaciones complicadas y generalmente inútiles de otros artilugios no menos curiosos. Una vez me regaló una máquina de afeitar eléctrica. “Llévatela antes de que la convierta en ventilador”, me dijo. Con Tono se pasaba muy bien siempre y parecía que la vida pesaba menos. Se reía muchas veces por fuera y siempre por dentro. Algunas anécdotas suyas corrían que se las pelaban, de boca en boca, y le llegaban a él, de regreso, deformadas. Entonces se reía aún más. Hay veces que las transmisiones orales mejoran los sucedidos. En otras ocasiones es mejor dejar las cosas como fueron. Recuerdo una vez que estábamos comiendo -a Tono le gustaba mucho comer y si era con los amigos todavía más- con Mariano Tudela y con las mujeres, en un bar de Madrid que tenía una especie de entresuelo, divisable desde la barra. Observé que un grupo de señores que hablaban muy alto, observaban nuestra mesa. Eran los tiempos de la transición y aquellos caballeros subieron la pequeña escalera y se dirigieron a él, no sin antes dar unos sonoros taconazos.

- Ya está bien lo que está ocurriendo en España. Estamos a tus órdenes y además estamos armados. Una palabra tuya y allí nos tienes.

Lo habían confundido con José Antonio Girón, con el que tenía cierto parecido facial, y Tono, en vez de deshacer el equívoco, se incorporó y le puso una mano en el hombro al que parecía comandar el grupo de aguerridos cafres y le dijo:

- Ya os avisaré. Vosotros tranquilos.

Cuando se fueron, algo más calmados, nos explicó que estas cosas le pasaban a veces y que nunca decepcionaba a quienes le confundían.

A Tono le quisimos mucho los que éramos jóvenes cuando él transitaba ya los áridos territorios de la vejez. Representaba para nosotros una manera de ver la vida desprovista de rencor y procurando sacarle todo el partido posible. Tenía algo de benévolo comisario Maigret del humor, corpulento y macizo, calmo y seguro.

Cuando esa vida se le escapaba, le dijo a un amigo que había ido a verle:

- Perdona que no te acompañe hasta la puerta, pero estoy agonizando.

Manuel Alcántara

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CAMILO



Un clásico vivo y coleando. Eso ha sido Camilo José Cela para muchas generaciones. Un clásico con un apetito enorme -ahora vigiladísimo- y con una disciplina que no se la salta un galgo. Un clásico que gusta decir barbaridades y hablar por ejemplo de aquel paisano suyo que, según dicen en el pueblo, se quedó ciego por peerse mientras rezaba el padrenuestro. Le gusta a Camilo ahuyentar bobos y echar las alas por alto.

- Yo escribo todos los días durante muchas horas, Manolo. Algunas veces salvo un folio. Otras no.

Si bien se mira, eso de poner una palabra detrás de otra no es fácil, ya que hay muchas y es preciso elegir constantemente y tomar decisiones. También hay que tomar precisiones y emociones, no sea que se disuelvan. Por eso, desde que leí “La familia de Pascual Duarte”, haciendo la mili, a la sombra presuntamente bizarra de un árbol del campamento de Robledo, le di a Cela el Nobel y todo lo que había que darle.
Recuerdo cuando se lo dieron de verdad y lo festejamos con un grupo de amigos. Por aquel entonces, sus compatriotas habían sido más remisos. Como él dice, el Nacional de Literatura le llegó con cuarenta años de retraso y el Cervantes con unos cuantos también. ¿Qué más le daba? Después de lo de Suecia no podían aquí seguir haciéndose los suecos.

- El que resiste gana, Manolo.

Yo creo que cuando le dieron el Nobel dio saltos de alegría, a pie cojeta, don Francisco de Quevedo, clavándole al aire del Parnaso las espuelas de oro. Y don Ramón María del Valle Inclán alzó su brazo impar en señal de júbilo y todos los escritores españoles -bueno, ya sé que no todos- nos sentimos premiados. Camilo ya era un clásico. Un clásico con el que se puede ir a los toros, hablar de Ignacio Aldecoa y de Manolo “el Pollero” y comer percebes. Recuerdo los tiempos en los que él y César González Ruano eran vecinos, en Ríos Rosas, 54. De cisne en cisne y tiro porque me toca escuchar. Largas veladas. Largas y anchas.

Ahora Camilo es como un Buda bien vestido. Se calla más que antes y bebe menos y come menos, pero sigue trabajando igual y soportando envidias con la misma impavidez. La verdad es que siempre ha tenido “cristalitos”, que dicen los taurinos, pero no es menos cierto que siempre ha sido Camilo. Llegó a ser, desde muy joven, el que era. Ahora, enamorado y galardonado, es como un cardenal del Renacimiento, con su daga recta y su sonrisa lateral. Y con algún libro dentro todavía, después de “Madera de boj”, pero del mismo bosque.

- Aquí el que resiste gana, no se te olvide, Manolo.

Manuel Alcántara

Camilo José Cela Trulock (Padrón, 11 de mayo de 1916 – Madrid, 17 de enero de 2002) fue un escritor español. Autor prolífico (como novelista, periodista, ensayista, editor de revistas literarias, conferenciante…), fue académico de la Real Academia Española y galardonado, entre otros, con el Premio Nobel de Literatura en 1989; el Premio Cervantes en 1995 y el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1987. Por sus méritos literarios, en 1996 se le otorgó el Marquesado de Iria Flavia. -vía wikipedia-

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JUAN PÉREZ CREUS



No sé qué habrá sido del caballo de verbena, pero quizá viva todavía. El cartón, si no se moja, es un material bastante duradero. Más que la carne humana. Si el tordo sigue yendo de feria en feria, seríamos dos los supervivientes, ya que tanto José Antonio Medrano como Mariano Povedano y Juan Pérez Creus “se han ido con la mayoría”, expresión que usaban los patricios en Roma para eludir la palabra muerte.

A Juan Pérez Creus le llamábamos siempre Juanito y se lo seguíamos llamando cuando había sobrepasado los ochenta años. Le conocí en el viejo Café Varela de Madrid, entre divanes de peluche rojo, espejos desmemoriados y techos de chantillí. Estábamos en 1950 y coleaba la guerra más incestuosa de nuestra historia. Juanito la había perdido. Sabíamos de él que daba clases, había estado en la cárcel, fumaba en pipa, coleccionaba sellos y hacía versos, pero ignorábamos aún que era el mejor epigramista español desde Villamediana para acá. Un satírico despiadado, de linaje quevedesco, con unas portentosas dotes de improvisador. Sus poemas, como es natural, no eran los más adecuados para aquellos recitales, entre el ruido de las cucharillas de café y algún policía que otro camuflado de cliente. También hacía poemas en serio, digamos, pero eran de una vulgaridad completísima. Lo suyo era la sátira, estaba claro. Allí, en aquella tarima del café decimonónico, junto a un piano que otros días de la semana ultrajaban pecadores de la música, decíamos nuestros versos, bajo un cartel que dibujó Antonio Mingote, que era un desconocido por aquel remoto entonces. “Versos a Medianoche” era el título, cuya paternidad se debe a José Antonio Medrano. Todos los viernes, a la hora bruja de las doce, una banda de poetas le asestábamos al público nuestras líricas creaciones. Era como un cafetín del Oeste y no faltaba más que un letrero que dijera “Prohibido disparar contra los poetas. Los pobres hacen lo que pueden”. La verdad es que nunca hubo tiros, pero los abucheos y los pateos se alternaban con las ovaciones. Recuerdo que Rafael Azcona, el que sería luego gran guionista de cine, y yo, debutamos el mismo día. Los dos gustamos.

Juanito y yo fuimos muy amigos. Recorrimos media España en los tiempos de “Alforjas para la poesía”, de la mano generosísima de Conrado Blanco.

Últimamente nos vimos muy poco. Apenas salía él de su casa y yo apenas entraba en la mía. Me mandó todos su versos, los publicados y los impublicables, creo que con un propósito testamentario. Ya sufría la injuria de los años, pero seguía colaborando en “Época” para comer. No era el que había sido, pero Jaime Campmany no le desamparó nunca.

Un mal día, Juanito Pérez Creus, el mejor epigramista español desde el conde de Villamediana, se suicidó. Estaba ciego y muy solo por dentro cuando decidió saltar al vacío desde el piso más alto de la modesta casa en la que vivía. Cuando nos hicieron esta foto estábamos de muy buen humor. Fue en la feria de La Carolina, que era su pueblo natal, y el único que no se había tomado una copa de más era el caballo.

Manuel Alcántara

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MANOLO “EL POLLERO”



De tanto vivir a su aire se le acabó la respiración a los cincuenta y siete años. No sé por qué -ellos tampoco- muchos amigos míos, quiero decir hermanos electos, han muerto con esa edad. Manuel Fernández Sanz debía su alias a una tienda de “Aves y Huevos” heredada de sus mayores, quizás la más antigua de Madrid. Sólo trabajó en ella durante tres días, en un apretón de Navidad. Manolo no trabajaba: vivía. Un poco a tumba abierta y sin cuidarse de nada, pero con mucho cuidado. Era un tipo popular, lleno de gracia y de melancolía, orondo, irónico y tierno. Se dio a conocer en una tertulia literaria de aquella época, en el histórico “Café Pombo”, donde se reunían muchos escritores. Estaba él en una mesa contigua, quizá con una copa de más o acaso con las copas suficientes, cuando intervino en la conversación:

- De todos los que estamos aquí, el único que vive de la pluma soy yo, que tengo una pollería.

Jamás publicó sus taraceados poemas, a pesar de las innumerables ofertas. Circulaban en copias, ya que Manolo se hizo famoso en las sesiones matutinas de “Alforjas para la Poesía”, de la mano generosa de Conrado Blanco, en el teatro Lara.

Un barquito de museo
quiso una vez navegar
por el mar de la vitrina
que era todo de cristal;
el barquito no tenía
piloto ni capitán,
sus jarcias eran de seda,
sus velas de tafetán,
y timón y gobernalle
estaban locos de atar…

También él estaba loco de atar, pero no había forma de atarle en las madrugadas. Su familia había conseguido, no sin algunas razones, que le declararan pródigo, pero sus amigos, a treinta y ocho años de su muerte, declaramos que era un ser prodigioso. Manolo no era François Villon, sino Baltasar de Alcázar, mezclado con Rabelais y Anacreonte. Tenía un impune gozo fisiológico y lo que más le gustaba del mundo era reírse. De algo o de alguien, incluido él mismo. A veces, me llamaba por teléfono, a media mañana, y me preguntaba, completamente en serio: ¿dónde podríamos ir hoy a meter la pata?

Sus amigos -Mingote, José Antonio Medrano, García Nieto, Federico Muelas, Joaquín Calvo Sotelo, tantos y tantos- le adorábamos literalmente. Yo le debo los ratos más alegres y descuidados de mi vida. Tenía un sentido festival de la existencia, un apetito enorme y una sed mayor todavía, pero la gente sólo le conoció por fuera. ¿Quién sabe del Manolo tímido, del que se recluía en su cuarto, tomaba té y leía el Kempis, del que buscaba libros de viejo, del que le dolían las cosas que hizo y que no hizo?

- La gente cree que yo hago gárgaras con tachuelas todas las mañanas.

Ya había muerto cuando Camilo José Cela, que era amigo de sus amigos, pero sólo de sus amigos, publicó generosamente su único libro en las Ediciones de los Papeles de Son Armadans. El libro, que lleva un prólogo de Camilo, se llama “Silva, grillera y cigarral de Manolito el Pollero” y es hoy una joya bibliográfica. Ahí está el célebre poema a la Semana Santa malagueña que termina con eso de “muchos, muchos, muchos, muchos ¡cucuruchos!” y ahí está también la copla octosílaba, digna del mejor Lope de Vega:

Cuando con los otros niños,
de niño, jugabas tú,
¿sabías o no sabías
que eras el Niño Jesús?

Fuimos a enterrarlo a San Justo, cerca de Cornellana, en tierras de Oviedo. José Antonio Medrano, Mariano Povedano, Dionisio Gamallo Fernando Nuño, su hijo y yo, cargamos con el ataúd. La última comida seria, antes de ingresar en el hospital, fue un pote y seis chuletas de cerdo. Demasiado, quizá, cuando se tienen treinta de tensión. Pero no murió de eso, sino de haber vivido. A su aire.

Manuel Alcántara

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MANOLO BLASCO



Vivió y se dio cuenta de la vida. Fue de lo vivo a lo pintado y construyó una pinacoteca poblada de paisanos. Miraba hacia atrás y en vez de convertirse en estatua de sal se convertía en su propia estatua de carne, hueso -más hueso que carne- y pulso. Yo creía que era intemporal, como el dios Cronos, pero murió, unos meses antes de cumplir los noventa y tres. ¿Por qué no le recuerda nadie? El hombre que derrotó a los almanaques ha sido derrotado por el olvido. Nadie habla de él, nadie sabe que haya por ahí cuadros suyos, nadie reconoce que fue el padre del naif malagueño…

Fue Manolo Blasco memoria viva, vivísima, de su desmemoriada ciudad y de su gente, de su paisaje y de su paisanaje. Por eso, alguien dijo de su pintura que era “memoria pintada”. No quería que se perdiera ni una plaza, ni una bocacalle, ni una esquina. Miraba para que nosotros pudiésemos ver en sus lienzos tumultuosos las fuentes que ya no están, las torre que orgullo al aire fueron, la Málaga de entonces. Manuel era un periodista de colores, un historiador al óleo, un notario que daba fe de la primera parte de siglo, un registrador de la propiedad comunitaria. Milagrosamente, le sobrevivía por dentro el niño que fue cuando empezó a vivir y a darse cuenta de la vida. Era un hombre del Renacimiento, un Oliveretto de Fermo y de Torremolinos, con un pincel y un soneto, pero sin puñal. Un hombre que pintaba, que escribía, que hacía versos y que hacía amigos. ¿Dónde están ahora sus amigos?

- Ten en cuenta que yo soy un hombre del siglo diecinueve.

Al final, junto a su sobrino Luis, que le cuidó siempre, le atendía una enfermera inglesa muy guapa muy joven y muy corpulenta. “Tiene un culo más duro…” me decía Manolo, que había sido muchas cosas en la vida, desde joven disoluto a autor de novelas policíacas, pero de lo que ejerció durante más tiempo fue de viejo verde. Cuando murió escribí acerca de su increíble memoria. Lo mismo me contaba la quema de la Iglesia de la Merced que la construcción del pantano del Chorro. Se acordaba de todo: de su primo Picasso y de Mercedes “La Gamberra”. Le habían gustado siempre por igual dos cosas: la buena vida y la mala vida. Durante algunos años lo afeitaron mientras dormía.

- Yo me tocaba la cara, entre sueños, y decía para mí: ya debe ser tarde porque estoy afeitado.

Tenía algunas fobias inmotivadas, antipatías extrañas y desinteresadísimas. Camilo José Cela era una de ellas y a veces discutíamos. Tampoco le caían bien, así en bloque, los catalanes.

- ¿Tú crees que es una casualidad que Dalí, Miró y Tàpies sean catalanes? Esa gente sabe montárselo mejor que nadie.

Lo habitual es que estuviera alegre y que agradeciera mucho que fueran a verle los amigos a los que él enriquecía con su conversación. Se retrepaba en una mecedora que fue de su madre y allí se acentuaba su aire de pájaro de buen agüero, de pájaro que estuviese siempre de perfil. Cuando estaba a gusto, contaba historias familiares, de su madre y de su hermana monja, de su hermano Salvador y de aquel otro que tenía mucho éxito con las mujeres y “estuvo un año acostado con una señora, sin salir para nada de la cama”. También inventaba lemas y divisas. Yo quiero que cuando me muera pongan en mi tumba eso de “Sigue descansando”. Quizás le hubiera cuadrado mejor el epitafio que se invento su amigo Edgar Neville:

Vivió, gozó y amó.
No hubo calvario.
Trabajó sólo en lo que le gustaba.
Y jamás hizo un esfuerzo extraordinario.

Con el tiempo, que tiene más edad de la que representa, el gran Manolo Blasco, tan pronto olvidado, llegará a ser no sólo un personaje de la vida malagueña, que eso a él le traía sin cuidado, sino un personaje de uno de los cuadros de Manolo Blasco.

Manuel Alcántara

Manuel Blasco (Málaga 1899-1992) pintor y escritor, primo de Pablo Ruiz Picasso, pintó su primer cuadro a los 62 años, y posteriormente, animado por su primo Picasso, siguió pintando, al principio con un estilo surrealista y cubista, que cambió por el naïf en los últimos años de su vida. Blasco también se dedicó a la escritura, con obras que alcanzaron notable éxito, como La Málaga de comienzos de siglo, Don Diego Altamirano, escrita en 1979, y las novelas policíacas La araña de bronce y El cristal de Venecia, ambas de 1980. -vía wikipedia-

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JOSÉ MARÍA PEMÁN



Le conocí en su plenitud, o sea, cuando la gente más se metía con él y cuando a él menos le importaba. Coincidimos en aquellas itinerantes “Alforjas para la poesía” ideadas y alentadas por Conrado Blanco. Era un orador espectacular, un poeta y un gran señor. Lejos quedaban los tiempos del uniforme, de los discursos en los atrios de las iglesias y de los versos claudelianos del “Poema del ángel y de la bestia”. Tenía un aire patricio y una afabilidad natural. Había demostrado muchas veces su generosidad con los jóvenes y algo más difícil: su incapacidad para el rencor ante tanto y tanto zarpazo gratuito. No entendíamos bien su monarquismo, pero sabíamos que era auténtico. Siempre que hablaba del rey decía que “el duro monosílabo de oro volvería a sonar como en el Romancero”. Era un gran retórico, con la ventaja de que estaba convencido de que postulaba lo mejor para España. Además, tenía un insobornable fondo liberal y un gran sentido del honor y del humor.

- “El divino impaciente” ha sido el Tenorio de las beatas.

Me contó cómo había intercedido por Miguel Hernández, en plena guerra, ante el hombre que todo lo podía. “Es un gran poeta, mi general. Ciertamente, ha estado complicado… pero es muy joven y ahora está muy enfermo, en Ocaña…”. Ante el mutismo de su interlocutor insistía que Miguel Hernández era un poeta muy importante y un chico muy joven y un preso muy enfermo. El general llamó a un ayudante: “Atienda al señor Pemán, no vayamos a tener como con el Federico García ese”. (Transcribo literalmente sus palabras. Me las dijo en su preciosa casa gaditana, llena de libros, de recuerdos y de diplomas y medallas. Quizá demasiados diplomas y demasiadas medallas. “Yo creo que mis hijas, cuando yo me muera, van a cobrar la entrada”).
Ya era mayor. Incluso muy mayor. Nos hicimos unas fotos junto a su monumento, así que estoy con dos Pemanes. Luego visitamos una bodega, junto a Conrado Blanco. Se bebía el Jerez con muy buen son. Estaba convencido de que eso no le podía hacer daño a nadie. Por la tarde, junto a otros poetas, le hicimos un homenaje.

A Cádiz le llaman Cádiz
y a la bahía, bahía.
A Cádiz le llaman Cádiz,
y, a veces, José María.

Le gustó la variante que yo hice de la copla popular y me lo agradeció vivamente. El viejo caballero no estaba acostumbrado a ciertas muestras de afecto, aunque estuviese habituado a la adoración. Por la noche, nos invitó a cenar a su casa. Nos comimos un pez que yo no conocía, hasta el punto que no sé si se escribe con hache o sin hache: hurta o urta. Sé que estiba guisado a la roteña. Buenísimo.

Nos pareció que se fatigaba un poco, en la sobremesa. No era el mismo que yo había conocido, cuando estaba en su plenitud y era zaherido por la misma gente a que la había ayudado. Se cogía de mi brazo para subir un escalón y, sobre todo, para bajarlo. Nadie es el mismo al final. Le había afectado mucho la muerte de Carmen, su mujer, pero recuerdo la admirable solicitud de una hija suya, absolutamente pendiente de él.

Conservaba en buen uso la cabeza. Por eso me impresionó lo que me dijo al despedirnos después de hablar de algunas agrias actitudes políticas de algunos comunes amigos:

- Los españoles no se entenderán nunca.

Manuel Alcántara

José María Pemán (Cádiz, 8 de mayo de 1897 – ídem, 19 de julio de 1981) fue un activista monárquico, poeta, dramaturgo, escritor, articulista y orador español que se significó por su su conservadurismo católico y por su apoyo político a la dictadura de Miguel Primo de Rivera, al pronunciamiento militar (1936) contra la II República, al régimen dictatorial subsiguiente (Movimiento Nacional) y finalmente a la opción monárquica de Juan de Borbón, padre del actual rey de España. -vía wikipedia-

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RAFAEL DE PENAGOS



Rafael se conoce a sus clásicos. Con todos se ha fumado un cigarro -entonces fumaba-, con todos se ha tomado una copa -entonces bebía- y a todos los ha tratado de tú a tú, aunque a algunos les hablara de usted. Rafael ha tenido entrada libre en el Olimpo y abono de barrera en el Parnaso. ¡Qué suerte la suya! Ha conocido en persona a los que algunos sólo pudimos conocer en obra y le ha dado la mano a quienes nos la siguen tendiendo en los libros. ¡Qué suerte la suya y qué suerte la nuestra! Ha conocido a todos los grandes y nosotros le hemos conocido a él.

Lo dijo muy bien un amigo común, Pablo Neruda: “De tanto amar y andar salen los libros”. El último libro de Rafael de Penagos es oriundo de estos dobles recorridos, coronarios y terrestres. Y habla de los otros, o sea, de los nuestros. Parece ser que la mayor parte de los contemporáneos prefiere demostrar sus buenos sentimientos mediante la compasión y no a través de la admiración. Eso explica que se den más pésames que enhorabuenas. Admirar es en Penagos una actitud del corazón, exenta de comparaciones y emulaciones. Él, como yo, siente gratitud por las personas vivas o muertas que nos han ayudado a vivir, que es cosa que siempre se las trae. ¿Cómo seríamos de no haber leído algunos libros? Al último suyo ayudé a sacarlo de pila. Es hermoso por fuera y por dentro y está escrito con fervor y con transparencia, con limpidez, que es una palabra muy suya. Cuenta cómo eran doce personas que ya no están, pero que siguen siendo. Y lo cuenta en una prosa exacta y caliente, que bien vale su verso. Porque Rafael de Penagos es un poeta, “un gran poeta”, en palabras escritas de Juan Ramón Jiménez. Lo que ocurre es que nunca ha estado en la puja, ni tiene el infantil deseo de sumar bibliografía, ni sabe bien si pertenece a los que ahora llaman “poetas de la experiencia” o bien es del grupo de los que se dicen “poetas de la diferencia”. El es poeta de la decencia, o sea, de los que escriben cuando rememoran emociones en la calma y creen que las cuestiones personales pueden ser transferibles. A él sólo le interesan las cosas interesantes. Ahí sí pone mucha pasión.

- Mira, Manolo, cuando yo me vaya del planeta azul no me gustaría que mis libros estuvieran en la Cuesta de Moyano.

Me llama por teléfono a Málaga y, naturalmente, conozco su pródiga voz múltiple nada más descolgar y a veces antes.

- ¿Has visto el dibujo de hoy de Mingote? ¿Cuándo vienes? Te he comprado unos libros que seguro que te van a gustar…

Nuestra amistad no sólo es larga, sino ancha. Recuerdo a doña María y a Chelo, viva en un libro de amor intenso y verídico, y recuerdo a Chelín niña y a su buen hermano y a la taberna aquella que ya no está, y la madrugada metida en copas de “Mayte Comodore”, donde ya no está Mayte. Lentas conversaciones etílicas sobre su padre, sobre César González Ruano, sobre Azorín. Ya no filma ni bebe, -¿qué le vamos a hacer?, nadie es perfecto-, pero ¿qué dinero daríamos ahora porque volvieran aquellos tiempos de pobreza y esperanza?

Rafael de Penagos y de los versos y de las amistades. Caballero de fina estampa, armado siempre con una sonrisa. Jardinero de su jardín y bibliotecario de su biblioteca.

Manuel Alcántara

Rafael de Penagos (Madrid, 1924 – Madrid, 25 de febrero de 20101 ), fue un actor y poeta español. Debutó como actor cinematográfico y de doblaje en Barcelona a principios de la década de los 40. En 1964 fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura por su obra Como pasa el viento. Entre sus obras destacan: Carta a León Felipe (1967), Poemas a Consuelo (1992), Orilla del recuerdo (1996), Memoria de doce escritores (1999), Nueve siluetas (2005) y Retratos Testimoniales (2006). -vía wikipedia-

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FERNANDO NUÑO



Era casi un niño y yo era aún muy joven cuando llegó a aquel periódico con aquellas fotografías. Espléndidas fotos del que fue, y pudo seguir siendo, gran reportero gráfico, esto es, un cazador de instantes. Lo tenía todo -afición, audacia, oportunidad, buen gusto-, pero poco a poco fue dejando de tenerse así mismo.

- Me faltan ochocientos treinta y cuatro días.
- ¿Para qué, Fernando?
- Para retirarme.

Se le había metido en la cabeza que tenía que dejarlo todo cuando cumpliera cuarenta años. Se propuso algo dificilísimo: saltarse su propia sombra. La verdad es que a esa edad ya había vivido varias vidas, muy colmadas todas, con éxitos profesionales, fracasos sentimentales y alternativas épocas de penurias y esplendores económicos. Gravitaba sobre él una infancia desdichada y la infancia, si creemos a Rilke, es la verdadera patria del hombre. Quizá por eso, se convirtió en un apátrida, pero era asombroso que conservara intactas la alegría y la generosidad. Una alegría vivida y fulgurante. Una generosidad inextinguible. A Fernando Nuño le gustaba reírse y le gustaba dar.

- Tienes que escribirme el catálogo. He retratado el fuego y voy a hacer una exposición.

Antes le había hecho el carné de identidad al sol se había introducido, de su propia mano, en el arte abstracto, cuando muchos grandes pintores de esa tendencia eran aún considerados como metecos y les negaba no sólo el pan, cosa corriente en España para cualquier artista, sino la sal. Muchas horas de su azarosa vida le dedicó Fernando Nuño a la pintura y a los pintores y llegó a poseer una importante colección de arte abstracto. (Los avatares de esa pinacoteca precisarían varios folios). Fue un tiempo de intensísima amistad. Nos veíamos en mi casa del Paseo de la Florida, en su casa de Cea Bermúdez, en los viajes de las Jornadas Literarias por España o en aquella excursión inolvidable a la India. Nos veíamos a todas horas y en todos los bares. Mi mujer y mi hija habían sido madrinas de sus dos primeros hijos…

- Ya sólo me quedan ciento veinte días.

Seguía contándolos, sin equivocarse en uno sólo. Deseaba retirarse, aunque no supiera a dónde. También quería hibernarse y volver a la vida un siglo después. Debió de llegar el día tan largamente esperado porque Fernando desapareció de la circulación, él que había circulado tanto. Mucho tiempo después me llamó. “Soy el ventero de Alfarnate”, me dijo. Nuevos amores, nuevos hijos, nuevo oficio. Había hecho añicos su pasado, pero el pasado es indestructible. Emprendió en la venta reformas ilusorias y se dedicó a ella en cuerpo y alma. Le distraía deslumbrar catetos y contar, junto a la chimenea, antiguas peripecias. Ver la cara que ponía algún interlocutor montaraz cuando iniciaba una conversación “una noche, con Pemán y Gerardo Diego…”.

La última vez que hablamos me dijo que todo iba muy mal. Me di cuenta de que sospechaba su fin y no lo temía demasiado. “Lleva quien deja y vive el que ha vivido”, dice Antonio Machado. Quizá sea cierto. Con una imbatible presencia de ánimo me contó sus dos ruinas, la física y la otra. Aún tenía empuñado el hilo de ese globo celeste que llamamos esperanza. La última vez no pude verle, ni hablar con él. Fernando Nuño -al que llamábamos Fernandito cuando apareció en aquel periódico con aquellas fotos- estaba en un recipiente metálico. Un grupo de amigos emocionantes había querido cumplir su deseo. Se esparcieron sus cenizas y ahora son tierras de Alfarnate, junto a su bien amada venta. Uno de los amigos que más he querido en mi vida es ahora tierra de Alfarnate. Junto a la venta.

Manuel Alcántara

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GLORIA FUERTES



Ya por aquel entonces se le notaba que quería ser Gloria Fuertes y estudiaba su propia asignatura con gran aprovechamiento. Corría que se las pelaba el año 52 ya que todos los años corren, a ver cuál llega primero a la eternidad. Eran unos tiempos difíciles, pero en España nunca ha habido tiempos fáciles. La conocí en el Café Varela, una isla lírica y bohemia en mitad de la calle Preciados de Madrid. Allí, entre meritorios del Parnaso, poetas con los hombros gastados por la luna y resacas de la posguerra, estaba Gloria. Éramos muy jóvenes. La verdad es que ella consiguió serlo hasta su muerte, a los ochenta años.

Decíamos versos a la hora bruja de la medianoche, entre divanes de terciopelo rojo y espejos amnésicos. ¿Qué sería de los espejos si no padecieran Alzheimer? Menuda aglomeración de rostros y menudo cónclave de fantasmas. Gloria ya era ella y su voz poética le pertenecía por completo, esa voz que luego fue creciendo hasta hacerse inconfundible en la poesía española y que cualquiera puede reconocer entre muchas. Entre todas. Sus versos son identificables y lo suyo le pertenece. ¿No es eso suficiente para un poeta? Ella, que detestaba la palabra poetisa, es reconocible con los ojos cerrados y el corazón abierto.

Hay en Gloria Fuertes un pudor que le impide enseñar las lágrimas hasta que no estén engarzadas en una sonrisa y por eso muestra en sus poemas una tragedia envuelta -mejor sería decir disuelta- en una burla. Lo suyo es una cosa rara, la verdad, con los últimos flecos del dadaísmo, algo de Prevest y bastante de Gila.

- ¿Sabes que es al revés? Es Gila quien tiene influencia mía. Fuimos novios antes de la guerra, en Chamberí.

Lo cierto es que la poesía de Gloria va del drama a la guasa. Como si a Shakespeare le hubieran hecho una transfusión de sangre de Arniches. A veces, muchas veces, juega con las palabras, pero ¿quién tiene más derecho a jugar con ellas que alguien que las ha acunado y enseñado a andar? A Gloria le divierte decir eso de qué asco de casco, que dijo el soldado, o qué facha de fecha, o eso de nunca vi claro lo del clero. Cosas así son una especie de cortesía hacia los lectores, un alivio para resarcirles de la desolación última que late en sus versos. Gloria disfraza la ternura con el humor y, ahora que lo pienso, ¿no sería Gloria un ángel disfrazado de Gloria Fuertes? Sabemos, por Amiel, que la ironía sirve para todo y no basta para nada, pero lo suyo no es casi nunca irónico y jamás es sarcástico. Sucede con ella, como con todo poeta verdadero, que no es nunca un ser ingenuo, aunque pueda ser candoroso, que es distinto.

Tenía un reino minúsculo y riquísimo, como el de un jeque. Se dijo de ella, quizá para negarle otras cosas, que tenía “ocurrencias”. Y sabemos lo que pasa con las “ocurrencias”: no se le ocurren a todo el mundo. También se dijo en vida -ahora, en muerte, se dirán cosas más hondas y certeras- que le perjudicó como poeta el colosal éxito de su literatura infantil. Lo que pasa es que ese perjuicio fue también una proyección. En cualquier caso, hay que dejar que los mayores nos acerquemos a Gloria. Bendita Gloria Fuertes. Gloria bendita. Al final, venía mucho por Rincón de la Victoria, los veranos. Y se atrevía a usar unos trajes de baño que hubieran entusiasmado a Popeye. Tenía algo de Juana de Arco de los Madriles y de niña eterna que se quedó esperando a que se le apareciera la Virgen en un claro del bosque. A veces, mientras bebía un whisky de marca abominable, me hacía confidencias. Días difíciles, amores difíciles.

- Yo soy una poeta de guardia, Manolo. Una mujer de verso en pecho.

Manuel Alcántara

Gloria Fuertes (Madrid, 28 de julio de 1917 – ibídem, 27 de noviembre de 1998) fue una poeta (no le gustaba que la llamaran poetisa) española. Aunque ella siempre se definió como «autodidacta y poéticamente desescolarizada», su nombre ha quedado ligado a dos movimientos literarios: la generación del 50 y el postismo, grupo literario de posguerra al que se unió a finales de los 40. -vía wikipedia-

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MANUEL ALVAR



Hay personas que nos mejoran sólo con su existencia. Si además tenemos la suerte de ser amigos de esas personas y de haber tenido pruebas de su generosidad, hay motivos para darle las gracias a los enigmáticos dioses, que siempre nos están quitando algo, pero a cambio, de vez en cuando, nos dan también algo que quizá no nos merecemos. Manuel Alvar es un sabio benigno y un hombre humilde, a pesar de estar lleno de premios y de condecoraciones. No es la menos importante para él una insignia invisible: la de hijo adoptivo de Málaga. Al cabo de los años, ha llegado a tener la misma patria chica de dos de sus nietos, después de habérsela ganado a puro pulso, bajo “las estudiosas lámparas”, pastoreando hatos de palabras, llevándolas de la mano, echándoles de comer aparte en los predios etimológicos, silbándoles para que acudan a su lado.

El profesor Alvar es hombre de palabras: él las quiere y ellas le corresponden y le revelan sus secretos, mucho más allá del símbolo y del sonido. Por eso, el paciente explorador de vocablos ha podido trazar mapas pequeños y grandes atlas donde figuran muchas islas del tesoro lingüístico y se detallan arrecifes sonoros. Un afortunado día, vino Manuel Alvar a Málaga y desde entonces vuelve siempre. Viene a dirigir cursos, pero también a dirigirnos a sus amigos y a mirar el mar y a pisar la tierra que ya es tan suya como nuestra. El doctor amoris causa por la universalidad malagueña. Ya digo que el paisano de adopción es de ese raro linaje de criaturas que nos mejoran sólo con existir.

Se ha pasado la vida aprendiendo y enseñando porque tiene dos pasiones: la pasión del saber y la pasión de que los demás sepan. Es como un paciente comisario Maigret de las palabras y les sigue el rastro de manera incansable. Manuel Alvar es un lingüista empeñado en descifrar lo que anda en lenguas de la gente, un minero de las calladas bibliotecas que ha trabajado mucho. Sólo una cosa no le supone ningún esfuerzo: La sonrisa. El profesor tiene el don de la sonrisa y siempre le viene a los labios con facilidad, en el aula o en el tendido, explicando a los clásico o viendo a Finito de Córdoba, que él está en todo y demuestra que los sabios no son nunca distraídos, sino seres atentos, en estado de perpetua alerta. Es de muchos sitios: de Benidorm y de Chinchón y de Granada y de Las Palmas de Gran Canaria y de Málaga, pero, sobre todo, es de sus amigos. Ahora llevo algún tiempo sin verle, pero quizá sea verdad eso que dijo un poeta que él ama de “tengo a mis amigos en mi soledad”. Sufro una pereza invencible para escribir cartas, pero a veces, por la noche, en la cama, dirijo misivas mentales a las personas que me han ayudado a vivir.

Manuel Alcántara

Manuel Alvar López (Benicarló, Castellón, 8 de julio de 1923 – Madrid, 13 de agosto de 2001) fue un filólogo, dialectólogo y catedrático español. Su Manual de dialectología hispánica y sus estudios de campo, plasmados en sus atlas lingüísticos y etnográficos, son referencias ineludibles de la Filología hispánica, en cuyo ámbito Alvar es considerado una institución. Miembro de la Real Academia Española desde 1974 (ocupó el sillón T y la dirigió entre 1988 y 1991), y de la Real Academia de la Historia desde 1999. -vía wikipedia-

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MARI PEPA ESTRADA



Fue la última foto que le hicieron a Mari Pepa, que era tan fotogénica por fuera como por dentro. Fue en la boda del poeta Álvaro García y estaba tan contenta como siempre, imponiéndonos a todos una sonrisa, como quien imparte una bendición. Sus hijos y sus amigos más cercanos nos acabábamos de enterar, no sin asombro, de que no era inmortal. Le daban diariamente tres o cuatro amagos de angina de pecho, pero todos le pillaban pintando o guisando o hablando por teléfono. La llamé y hablamos largamente. Proyectaba una reunión en su casa para el miércoles siguiente. (“Vamos a procurar que no venga ningún pelmazo”, me decía. A ella le gustaba invitar a todo el mundo, incluidos los pelmas irreparables, pero prefería a quienes no ejercían esa condición). Morirse teniendo proyectos es un privilegio, sobre todo a su edad, cuando el único proyecto que suele tener la gente es el de morirse. No sabíamos ni ella ni yo que sería la última vez que hablábamos. Mari Pepa, que era muy charlatana, dejó de hablar dos horas después de nuestra conversación.

- Qué disgusto te vas a llevar cuando nos vayamos muriendo tus amigos.

- No digas eso, Manolo. Quien mucho vive mucho pena.

Vivió mucho y penó y se alegró y tuvo conciencia de estar aquí, que son cuatro días aunque sean noventa y dos años, esta criatura afortunada, esta mujer irrepetible que nunca decía eso de “en mis tiempos” porque sabía que todos los tiempos eran suyos.

Vuelvo a verla pintando salones recamados, familias asomadas a los balcones, árboles del paraíso, bodas campesinas y esos reyes magos que según ella deparan buena estrella, sobre todo si el cuadro se coloca frente a la puerta de la casa. Unos reyes magos pie a tierra santa, que sin duda acaban de aparcar sus camellos orográficos para ir andando hacia el portal.

- Tú ten siempre en tu casa unos reyes magos.

Algo supersticiosa sí que era Mari Pepa y creía en muchas cosas, pero sus amigos sólo creíamos en ella. Era nuestra superstición exclusiva. Un excepcional ser humano, siempre alerta, viéndolo todo por primera vez y capaz de hacer, como las abejas de oro del poeta, con las amarguras viejas, blanco lino y dulce miel. Lo suyo fue coser y pintar, comer y hablar, vivir y vivir. No cambió cuando le llegaron los grandes éxitos y el Parlamento de Estrasburgo se condecoró dándole su medalla, ni cuando Málaga le concedió la de la ciudad a la que ella le había concedido tantas cosas. Fue siempre la misma, cosa muy difícil, sobre todo teniendo en cuenta que ella era Mari Pepa.

Manuel Alcántara

Mari Pepa Estrada (Málaga, 29 agosto de 1905 -2 agosto de 1997) pintora naif.

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JOSÉ ANTONIO MEDRANO



No quería ser más: Se conformaba con ser. Nadie menos competitivo, menos egoísta, menos trepador que José Antonio Medrano. Pudo tenerlo todo en la vida, pero a él le bastaba con vivir. Nos conocimos hace más o menos cincuenta años, en aquel “Café Varela” de divanes de peluche rojo, espejos amnésicos y techos merengados. En la tarima por donde habían pasado honestas cupletistas y virtuosos, o pecadores, de la música, todos los viernes, a las doce en punto, se daban recitales de poesía. No eran buenos tiempos para la lírica, entre otras razones porque nunca los ha habido. Lo que sí había era hambre y ganas de olvidar la guerra que la trajo. Ideó él el nombre de aquellas sesiones, “Versos a Medianoche”. Los comandaba Eduardo Alonso, una especie de don Quijote de paisano, y allí estaban Manolo “El Pollero”, Meliano Peraile, Asenjo, Juan Pérez Creus, Evaristo Acevedo, Remis… Antonio Mingote, que nació siendo un dibujante prodigioso, había pintado el cartel, y allí estaba yo. Tenía veinte años y una estrella en la mano.

Desde entonces fuimos amigos. Coincidíamos en muchas cosas. Los dos éramos trabajadores fatigables y a ambos nos gustaba la poesía y nos gustaba el vino y nos gustaba que se nos hiciera tarde. Por aquel remoto entonces, ya José Antonio Medrano había hecho guiones de cine y adaptaciones teatrales de Lope de Vega. Quiero decir que había despegado, cuando los demás estábamos tomando tierra. Ya escribía de toros, en el semanario “Juventud”, bajo el pseudónimo de “Don Tancredo”. Luego fue cronista taurino en “Pyresa”. Un caso raro en la crónica de aquel tiempo. Tan raro, que después de veinte años de crítico no tenía un duro y era época de “sobrecogedores”, también llamados “sobreros” en el argot. Gentes que tenían una tarifa para los elogios y otra, algo más alta, para encubrir los fracasos. Ya era secretario de aquellas inolvidables “Alforjas para la poesía” de Conrado Blanco. Recorrimos media España diciendo versos, en buena compañía: Gerardo Diego, Federico Muelas, Pepe García Nieto… Éramos una banda de juglares desinteresados que sólo aspirábamos a la suficiente recompensa de que nuestros versos valieran, como los del buen Gonzalo de Berceo, “un vaso de buen vino”. Así hicimos la ruta de San Juan de la Cruz y otras rutas menos santas.

José Antonio, que era de Santo Domingo de la Calzada y siempre había vivido en Madrid, cayó por Rincón de la Victoria cuando rotularon una calle con el nombre de un amigo suyo.

- Yo me quedo aquí, Manolo.

Su padre había sido marino y él tenía la sugestión de la mar. Del mar. “Niño o niña”, que dijo Alberti. Vendió la casa de Madrid y aquí se vino con Mery, a pasear por La Cala y a mirar el mar. “El mar es una lágrima tan grande como el mar”, había escrito, años antes, en uno de sus admirables y escasos poemas. Todos inéditos, ya que José Antonio estaba decidido a no dar un paso por él. Era, en su propia definición, “católico, apostólico, riojano”, pero también acabó siendo malagueño. Aquí se trajo su innato señorío, su desusada caballerosidad ceremoniosa y su bonhomía. Y aquí ha muerto, ligero de equipaje, frente a un mar que ya no podía ver.

Entré, un momento, en la capilla. No cree uno en honras fúnebres. Sí en honras, a secas. Vi, de refilón, el ataúd. Medio siglo de amistad en una caja.

Manuel Alcántara

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ELIODORO, SIN HACHE



Era yo muy joven y él bastante viejo -ambas cosas pueden comprobarse en la fotografía- cuando le conocí, en su Lorca natal. Sus libros de poemas los había firmado siempre Eliodoro Puche, sin la hache de su nombre de pila, como homenaje a su madre, que era una campesina semianalfabeta, que lo escribía de ese modo en las cartas que le enviaba a Madrid. Supe de él por César González Ruano, que lo incluyó en su libro de memorias, en el catálogo de bohemios. Una bohemia atroz, al parecer, de esas que ya no se llevan. Eliodoro pasó hambre, no apetito, y vivió a salto de mata, escondiéndose a veces en los más altos matorrales de un malditismo literario que aún coleaba cuando él era un muchacho. Cuenta César que había un mecenas de café que invitaba a la famélica trupe del Parnaso practicando lo que Ortega hubiera llamado “el instante volitivo”. Echaba una ojeada a la reunión y le decía al camarero, señalando con el índice a cada uno de ellos: coñac, café con leche, vermut, anís, vino blanco… Si alguien le llevaba la contraria nunca más volvía a invitarle. Una vez a Eliodoro, que llevaba una buena temporada sin probar bocado, le tocó vermut. Como sabía que si rectificaba el pedido se jugaba futuros convites, le dijo al camarero:

- Sí, vermut, pero con un suizo.

Por aquellas fechas Eliodoro frecuentaba tabernas canallas, ínfimas casas de prostitución y cafés románticos. Llevaba un monóculo que no le hacía ninguna falta y estaba siempre muy sucio y muy borracho. Cuando yo le conocí había dejado de estar sucio. Fue en su Lorca. Me invitaron a dar una lectura de versos en el “Círculo Narciso Yepes” y lo primero que hice fue preguntar por el viejo poeta modernista. Yo sabía, también por César, que había heredado una gran fortuna de un pariente, que había dejado de escribir versos y que vivía en una casa magnífica. Me dijeron que podía encontrarle en su tertulia de todos los días, en una taberna frente al mercado. Allí estaba Eliodoro, sin hache, con su aire de Unamuno temulento, rodeado de sus amigos.

Uno de ellos era el enterrador del pueblo, que tenía un raro sentido del humor:

- Cuando usted se muera, don Eliodoro, y yo me lo eche al hombro…

Al viejo poeta parecía hacerle mucha gracia el prometido transporte y lanzaba grandes risotadas.
Fue a mi lectura de versos y me alabó algunos sonetos, “aunque a mí no me gustan las cárceles”. Había estado en dos. Una vez en Madrid, antes de la guerra, por pegarle un tiro a un sereno, y otra después de la guerra, en Murcia, sólo porque los republicanos le hicieron alcalde de Yecla. Me contó que el juez del tribunal que le condenó le había preguntado si era cierto que se emborrachaba siendo alcalde y él le contestó que se había emborrachado siempre, en Yecla y en todas partes. Después de mi lectura, me llevó a su casa. Habíamos hecho grandes migas etílicas. Entramos a oscuras, me cogió de la mano y me llevó hasta una butaca. Cuando dio la luz me llevé un susto gordo. Sobre mi cabeza había un águila disecada de enorme tamaño, con las alas extendidas. Creo que debió ser una broma.

Estuvimos juntos todo el tiempo que duró mi estancia en Lorca y volví a la tertulia del enterrador. Eliodoro era un millonario que no daba golpe, exactamente igual que cuando no tenía un duro. Lo respetaba todo el mundo por su buen carácter y por su generosidad. Era el tipo más popular del pueblo y quizá también el más querido. Se contaban muchas cosas de él, por ejemplo, que la víspera de una Nochebuena fue a sacar dinero al banco y en el cheque puso la fecha de 23 de agosto.

- Pero, hombre, don Eliodoro, ha puesto usted agosto y mañana es Nochebuena.
- Yo qué cono sé. He visto que hace un día espléndido…

Manuel Alcántara

Eliodoro Puche Felices (Lorca, provincia de Murcia, 5 de abril de 1885 – íd., 13 de junio de 1964), poeta y bohemio español. -vía wikipedia-

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EUSEBIO GARCÍA LUENGO



Si con Eduardo Alonso conocí personalmente a don Quijote y con Manolo “el Pollero” a Sancho, con Eusebio García Luengo fui amigo de Diógenes. Como al griego, más que las doctrinas le interesaban las relaciones personales, las biografías, las anécdotas y las leyendas. Ahora que lo pienso, más que a Diógenes, se parecía Eusebio a Sócrates, ya que fue nuestro maestro oral. Un Sócrates de la Puebla de Alcocer trasplantado a los madriles varios. Nunca se molestó en buscar nada y mucho menos en sostener un candil. Cortés hasta la exageración -una exageración que lindaba con la burla-, elegantísimo dentro de sus trajes raídos, esbelto por dentro y por fuera, García Luengo ha sido una de las personas más queridas por mi generación, que es la de “los niños de la guerra”, una guerra en la que él había participado. Una guerra de la que no le gustaba hablar, a pesar de ser uno de los mejores habladores de la época.

Entre las cosas que admiraba en él figuraba su paciencia. Un día se lo dije:

- Te equivocas. Yo soy un colérico -me respondió.

No publicó, que yo sepa, más que una novela corta titulada “Primera actriz”, quizá también algún otro relato, y artículos. Bastantes artículos, pero no demasiados. Más que un articulista, era un ensayista, ya que para él la actualidad coincidía con lo intemporal. Admirábamos su dignidad, en medio de una pobreza que no parecía abrumarle en absoluto, y no confesábamos que cualquier retazo de su conversación podía servirnos luego para nuestros artículos, mucho más actuales. (Ahora que caigo, no sé por qué estoy hablando de él en pasado. Eusebio García Luengo se esfumó hace mucho tiempo. Desapareció de la circulación literaria, en la que no había estado jamás, y desapareció de las tertulias, en las que había estado siempre. Quiero creer que vive y que sus noventa y muchos años toman el sol en cualquier banco de cualquier parque).

El enigmático escritor al que alguien llamó, malévolamente, “el malogrado escritor”, cuando tenía cuarenta años y escribía poquísimo, no era eso que suele conocerse como un bohemio. Más bien era -o es- un personaje surrealista diseñado para enriquecer por dentro a sus amigos. Un desperdicio de inteligencia y un derroche de originalidad.

- A mí me gustan las guerras porque en las guerras la gente se ve más.

Le traté mucho en una época que tiene de común con cualquier otra en que no está dispuesta a volver. Recorrimos España en aquellas Jornadas Literarias de Gaspar Gómez de la Serna. Íbamos en autocar y Eusebio se nos perdió una vez en Minglanilla y tuvimos que volver a rescatarlo. Se le iba el santo al cielo con frecuencia y era normal verle parado en la acera, con los ojos perdidos, absorto. Se cortaba la barba prolija con tijeras, de tal modo que nadie pudo verle nunca rasurado, pero tampoco barbado. En los hoteles rogaba con toda delicadeza que le cambiaran la orientación de la cama y un día me confesó que la gente, en general, era medio tonta porque se ponía los calzoncillos con las costuras para adentro y la parte más suave para afuera. Le pregunté que cómo se los ponía él y me dijo que al revés que todo el mundo, o sea, al derecho.

- Para mí todos los coches son descapotables.

Había que entenderlo. Lo que quería decir es que todo lo relacionado con los automóviles le era ajeno. Un día le pregunté qué era lo que más le gustaba, a ver si por fin obtenía alguna clave. No me habló de mujeres, ni de triunfos literarios, ni de dinero, pero me contestó en una sola palabra:

- Desayunar.

Luego, puso muchas condiciones. Tenía que ser al aire libre, al sol, pero algo guarecido. Además, el desayuno debía de ser muy lento, ya que sufría de extrañas dolencias, “pereza mandibular” y “escasez de secreción salivar”…

Manuel Alcántara

Eusebio García Luengo (Puebla de Alcocer (Badajoz), España 1910 – 2004) relevante escritor español enclavado en la generación del 36. -vía wikipedia-

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EL NIÑO DE LA CAPEA



¿Qué le podría yo regalar? Parece que es una tradición que se le haga un obsequio a quien te brinda la muerte de un toro y se juega la vida. Recuerdo el nombre de aquel toro: se llamaba “Barbuquejo” y era de la ganadería de Cebada Gago. He pensado muchas veces que, al contrario que los toreros, que actúan muchas veces, los toros sólo lo hacen una. No se les dan más oportunidades y si tienen una mala tarde les es imposible sacarse la espina. Pueden pasar a la historia por su nobleza, o sea, por su torpeza, que es la capacidad para dejarse engañar una vez y otra reiterando la embestida hacia el trapo y no hacia el hombre que lo maneja. Nadie puede hacerle una faena a un tigre, por ejemplo. El tigre se abalanzaría a la yugular, que es donde la sangre tiene menos engaño. ¿Qué podría regalarle a este muchacho, que ya lo tiene todo?

Recuerdo que iba de azul marino y oro. Me tiró la montera, que me pareció como un trozo de testuz, como un cónclave de grillos. La tuve acunada todo el tiempo y dejé de enterarme de lo que estaba sucediendo en la plaza. Por un rato, fui la madre del torero. Dios quiera que no le pase nada, pensé durante toda la faena, mientras invocaba a la diosa buena del toreo, que es la suerte -la otra es la muerte, que es malísima-, y consideraba que jamás he sido gafe, sino todo lo contrario, hasta el punto de que algunos amigos me atribuyen generosamente el enigmático poder de contrarrestar la acción de los gafes, incluso de los sotanoides, aunque nada pueda contra los manzanillos. Recuerdo que escribí un artículo contando mí zozobra de aquella tarde, que también iba vestida de azul y oro. No aspiraba a presenciar el clamor que era el venerable cráter de la plaza de La Malagueta. Cuando el Niño de la Capea hundió la espada en esa rendija por la que puede verse la muerte de los toros, tras lo que Gerardo Diego llamó “la sierra de luto”, y el toro rodó sin puntilla, le pregunté a los vecinos de localidad qué había pasado, pero ya no era necesario. Pedro tenía las dos orejas de “Barbuquejo” en las manos y la sonrisa mayor que nunca. Fue el suyo un triunfo memorable del que no tengo memoria, ya que yo no lo miraba torear, pero lo veía.

Para que un toro pase a la historia tiene que matar a un torero. En caso contrario es muy difícil que salga en el Cossío, que es el Parnaso de la fiesta. “Barbuquejo” no estará nunca junto a “Bailaor”, “Pocapena”, “Islero” y tantos otros asesinos célebres, pero yo recordaré siempre su nombre.

Le regalé al Niño una pluma Cartier de plata con la que había escrito muchos de mis bien amados versos. Sin duda el regalo más insignificante que ha recibido nunca el gran torero. La tiene en una vitrina, en un salón de un cortijo de Salamanca. Cuando se la di, me dijo:

- ¿Y qué va a pensar esta pluma, cuando yo ponga una falta de ortografía? Más niño parecía el Niño de la Capea de paisano que vestido de azul y oro.

Manuel Alcántara

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PAULINO UZCUDUN



Hablaba un idioma que recordaba mucho al español. Una mezcla del castellano, del inglés de exportación y del euskera de su caserío. Cuando le conocí, “El mútil de Régil” era ya viejo y estaba cojo. La primera circunstancia se debía a los años, pero la segunda fue a consecuencia de una caída. Ya retirado, el gran Uzcudun iba a lomos de una muía por su finca de Torrelaguna, en las cercanías de Madrid. El animal tropezó con una alambrada, el jinete cayó y se rompió una cadera, pero como le tenía cariño a la muía, que también se lesionó y no podía andar, la arrastró hasta su casa. Al menos, eso contaba la leyenda.

Legendario Uzcudun. Seguía haciendo el número consistente en coger limones redondos y, en vez de tirarlos al agua como Antoñito El Camborio, los apretaba en su mano derecha hasta exprimirlos. Los trozos del limón, que estaba entero unos segundos antes, salían entre sus dedos y no quedaba dentro ni gota. Nada. También tenía la costumbre, tan dolorosa para los interlocutores, de subrayar la importancia de sus párrafos golpeando la pierna de éstos. Era apenas un toque, pero como él no podía graduar su fuerza, te dejaba hecho polvo. Yo sufrí muchas veces ese tic dialogante, pero compensaba siempre hablar con el hombre que se había batido con nueve campeones mundiales. Gente como Max Schmeling, Primo Carnera, Mike Walker, Max Baer, Joe Louis…

Uzcudun, que es el único boxeador español al que cita Nat Fleicher en su libro, que es la biblia del pugilismo, cuando hablaba de él se aludía por su nombre: “Cuando Paulino se pegó con Camera, en Roma, delante de Mussolini…”, “cuando Paulino noqueó a ‘La Pantera Negra’, en la silla de ring estaba Al Capone y nos hicimos una foto juntos”, “cuando Paulino le ganó a Max Baer, en Reno, en un combate a veinte asaltos, perdió nueve kilos…¡Cómo trabajó ese día Paulino!”.

Yo lo miraba aproximadamente como hubiese mirado a Quevedo, si hubiese sido mi contemporáneo don Francisco, que también estaba cojo. En mí, esto del boxeo es freudiano. De niño, daban veladas en un solar frente a mi casa y el balcón era para mí un ring-side. De mayor, hice durante bastantes años la crónica pugilística en el diario deportivo “Marca”. Ahora me conformo con verlo en la televisión y comprar los vídeos de Xavier Azpitarte. Mi fatal afición no excluye un cierto reproche moral, bastante llevadero por cierto. Eso que llamamos boxeo, que entonces se llamaba “pancracio”, sale en el libro veintitrés de La Ilíada. Píndaro dedicó epinicios, o sea, himnos triunfales y cantos de gloria, a los púgiles griegos vencedores en las Olimpiadas. Desde aquellas remotas fechas, el boxeo ha interesado a muchos escritores: desde Jean Cocteau y London, hasta Cortázar y Hemingway, pasando por nuestro Ignacio Aldecoa o por José Luis Garci. Donde hay drama, hay canción. Los defensores de este deporte, que quizás lo sea, lo defienden mal: se empeñan en negar su brutalidad intrínseca. Los detractores omiten decir que su práctica no es obligatoria.

Yo tuve, es decir, tengo, una gran admiración por Paulino Uzcudun, que ha sido uno de los más grandes encajadores en la categoría donde es más difícil asimilar los golpes, que es en el peso máximo. Empezó a boxear muy tarde y prolongó su actividad hasta más allá de lo prudente, pero fue grande. Uno de los grandes de las doce cuerdas, que ahora son dieciséis. No hablaba bien de ningún boxeador español, salvo de Ignacio Ara, y en la guerra, según se contaba, hizo cosas que ponen los pelos de punta, como interrogar a detenidos en el sombrío ring de las celdas. Fuese como fuese, era Paulino Uzcudun.

Manuel Alcántara

Paulino Uzcudun Eizmendi (3 de mayo de 1899 – 1985), fue un boxeador español, campeón de España y de Europa en el peso pesado. -vía wikipedia-

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