Entrevistas

Índice.:

Entrevista de César Coca (24/06/2012)

Manuel Alcántara se recupera de su lesión de cadera (18/03/2012)

Manuel Alcántara cumple medio siglo en la Prensa (8/04/2007)

Entrevista de Guillermo Busutil (01/11/2007)

Entrevista de Agustín Rivera (24/11/2000)



“Ahora hay más golfos por metro cuadrado que nunca”

Entrevista a Manuel Alcántara publicada el 24 de junio 2012 en EL CORREO

“Soy un cantautor de lo cotidiano, aunque algunas canciones sean tristes”, se define el maestro de los columnistas españoles. (César Coca)

«La única cosa que no me da pereza es escribir». Ya está recuperado de la rotura de cadera que dejó a sus lectores durante dos meses sin la dosis de sabiduría y humor que siempre contiene su columna, pero Manuel Alcántara (Málaga, 1928) camina aún con dificultad. La larga estancia en una clínica le ha quitado algunos kilos y le ha dado un cierto aspecto de fragilidad. Pero cuando se sienta en su sofá favorito, de espaldas a ese mar azul que trae rumores de tantos poetas, de Petrarca a Cervantes y Cavafis, se transforma. Con su cigarrillo y el imprescindible ‘dry martini’ de la una del mediodía, Alcántara es un conversador infatigable que lo mismo recuerda sus años de bohemia y periodismo que analiza con mirada lúcida y verbo preciso la crisis económica y moral que atraviesa el país. Bromea sobre su edad («temo salir en las fotos con cara de antepasado», dice mientras se coloca frente a la cámara, la escueta figura recortada sobre el azul infinito de un día de final de primavera en Rincón de la Victoria) y, pese a sus muchos premios, su legión de fieles lectores y su enorme prestigio, solo se permite presumir de una memoria cultivada sobre nueve horas diarias de sueño.

-¿Pensó que después de más de 18.000 columnas no tendría la oportunidad de despedirse de sus lectores?

-Lo pensé, sí. Escribir es ya una costumbre, algo que me mantiene atento a lo que pasa. Porque por otra parte estoy muy preparado para la muerte. Es una idea que siempre ha gravitado sobre mí. Cuando llegue, no me llevaré ninguna sorpresa ni ningún disgusto. Solo sentiré abandonar este mar y algunas personas que han sido benévolas conmigo. Esto que me ha pasado ahora ha sido un ensayo general con todo, porque eso de morir solo ocurre una vez. Espero que, cuando suceda, me salga bien.

-Su nombre está inevitablemente unido al columnismo, pero antes de entrar en una Redacción usted era un poeta con libros y premios en su haber. ¿Qué lo conduce al periodismo?

-Un cierto éxito, aunque nunca excesivo, hizo que salieran ofertas en algunos periódicos. Y terminé por escribir en todos, o casi todos. No soy tan pedante como para creer que puedo influir en la gente, pero sí creo que soy un cantor de lo cotidiano, aunque algunas canciones sean tristes. Hago un periodismo que aspira a salvar instantes.

-Usted iba para abogado. A su padre, que era ferroviario, eso tenía que hacerle más ilusión que no el mundo bohemio de la poesía y el periodismo.

-Empecé a asistir a las tertulias poéticas del café Varela, en Madrid, donde vivíamos entonces, y eso me divirtió enseguida mucho más que el Derecho. Todavía quedaba a finales de los cuarenta y primeros cincuenta un resto de bohemia. En aquellos cafés había gentes de ideología izquierdista que acababan de salir de la cárcel y eran amigos de otros que habían militado en los requetés. Cuando decidí dejar el Derecho, mi familia ya me advirtió de la penuria que me esperaba, sí.

-Eran tiempos duros, pero más lo fueron aún en su infancia. ¿Guarda peor recuerdo de la Guerra Civil o del hambre posterior?

-Lo que más recuerdo de la Guerra Civil son los bombardeos. Mi odio a los sótanos proviene de las veces que, teniendo ocho o nueve años, me despertaron para irnos a un refugio. Siempre pensé que era peor eso a que nos cayera una bomba mientras estábamos en la calle. La postguerra fue atroz. Las cartillas de racionamiento eran el ‘best seller’ de la época. Fue una etapa muy larga, y al vencedor le faltó magnanimidad.

Entre los grandes

En la casa de Manuel Alcántara hay un pasillo repleto de fotografías. Una verdadera galería de famosos. Famosos de los de verdad, de quienes lo han sido por méritos reales y no esas criaturas inverosímiles salidas de las cloacas televisivas. Ahí están poetas, novelistas, directores de periódico y artistas de toda condición, flanqueados por boxeadores que alcanzaron la gloria a golpes. Todos figuran ya en los libros de Historia.

-Frecuentó en los cincuenta aquellos cafés habitados por poetas en busca de un concurso en el que ganar unas pesetas. Aquello debía de ser como en ‘La colmena’.

-Es que en ‘La colmena’ era todo verdad, apenas había invención. Camilo (José Cela)estaba entonces en plena forma. Luego perdió la buena forma y las formas.

-¿Cómo eran entonces los grandes de la poesía en español? ¿Cómo era Neruda, por ejemplo?

-Nunca me olvidaré de él. Comí una vez en su casa de Valparaíso. Cuando le contaba cosas de España, él, que estaba muy bien educado, me dijo: ‘Miguel Hérnandez era mi hijo. Me lo mataron. Federico era mi hermano. Me lo mataron. ¿Qué se puede pensar de un país que mata a sus poetas?’ Yo no contesté nada, claro.

– ¿Se llevaba mejor con los poetas o con los boxeadores?

-El boxeo me sirvió para recorrer medio mundo y conocer a los grandes: Legrá, Carrasco, Velázquez, Urtain… He tenido muchas amistades en ese mundo, donde había muy buenas personas. No hablo de los empresarios, naturalmente, sino de los boxeadores. Cuando a Jack Dempsey le preguntaron qué hacía falta para ser campeón del mundo, contestó: ‘Hambre’.

-¿Había tantas trampas como se ve en las películas y en algunas novelas?

-Eso sucedía sobre todo en los países donde estaban permitidas las apuestas. Ahí se nota el poder corruptor del dinero. Ahora los españoles tenemos alguna experiencia de eso, de ese poder corruptor. Sí conocí a boxeadores ‘frenados’, que ganaban un sobresueldo por no destruir en un combate al ídolo local. Pero el tongo nace siempre del empresario.

-Acostumbrado a las tertulias con poetas, ¿de qué hablaba con los boxeadores?

-De todo. Los había muy divertidos y simpáticos. Legrá era y es uno de ellos. Siempre que pasa por Málaga viene a verme. Cuando estaba en activo, horas antes de un combate, le pregunté cómo se encontraba. Y él, que era muy creyente, me dijo que estaba en plena forma. ‘Si Dios me da suerte, lo mato’, añadió. Una maravilla teológica.

Poeta en las linotipias

La suya tenía que ser una presencia extraña, la de un poeta en redacciones limitadas por la censura y guiadas con frecuencia por comisarios políticos de convicciones inamovibles. «El más director que tuve, que no el mejor, fue Emilio Romero. Apuraba el techo de lo permitido al máximo», explica, y recuerda que tuvo buenos amigos en muchas redacciones. Uno de ellos era Rafael García Serrano, «gran persona, pero escribía a toque de corneta».

-Me he llevado bien con todos los compañeros de trabajo, sobre todo por vía etílica. Ahora las redacciones se parecen a los laboratorios. Entonces incluso se jugaba a los dados. Sin duda, hoy resultan sitios más adecuados para trabajar.

-¿Recuerda el día que más le ha costado escribir su columna?

-Ha habido algunos días muy malos. Recuerdo la nota que hice al día siguiente de la muerte de mi madre. O de mi mujer, Paula… O de algunos grandes amigos. Si tienes que ponerte a escribir en esa situación, se te nubla la vista con las lágrimas.

– Graham Greene escribió que Dios solo existe para quienes redactan los editoriales, no para los reporteros. ¿Un columnista se debe a algo más que los grandes principios?

-Solo a eso, porque soy un agnóstico de la política. Mi agnosticismo procede de la infancia:yo tenía dos tíos que se llamaban Pepe. Uno hizo la guerra con los llamados nacionales y era conocido en la familia como ‘Pepe el bueno’. El otro, por exclusión, era ‘Pepe el malo’. Y ambos eran buenísimos. Uno fue un héroe, al otro lo tuvieron nueve años en la cárcel de Burgos por masón.

– ¿Algún día pensó que a los 84 años iba a escribir una columna diaria?

-No me podía figurar que la condena fuera tan larga y que podía llevarla tan bien. Es lo único para lo que no tengo pereza. Yla pereza es lo único que nos queda del camelo del paraíso terrenal.

-¿Cuál es el combustible que hace posible atender esa servidumbre de la columna diaria?

-He procurado darme algunos gustos. Me consuelan y me divierten muchas cosas. Las tertulias con los amigos, por ejemplo, son fundamentales para mí.

-¿Un columnista tiene columnistas de cabecera?

-Siempre he leído a otros con admiración. Antes, a González Ruano, Eugenio Montes, Pemán, Foxá… Ahora, Vicent, Millás, Raúl del Pozo. No he perdido la capacidad de admiración, y diría que los leo muchas veces con envidia si no fuera porque me la tengo prohibida.

-En una de sus columnas, usted ha escrito que la medicina ha alargado la vida humana por el final, en vez de hacerlo por el medio. ¿Aprecia la sociedad española el conocimiento y la experiencia de los mayores?

-La vejez no deja de ser un agravio. Lo sé bien: oigo menos y veo menos que antes, aunque aún no necesito gafas para leer. Y he tenido que abandonar algunos hábitos consoladores. Aquí se ha jubilado gente a los 50 años, lo que es un desperdicio intolerable de eso que llamamos experiencia. La figura del ‘senior’ no es muy apreciada entre nosotros, es cierto. Pero también he conocido a venerables ancianos que eran aproximadamente tontos. Hay ancianos alocados, gente a la que la edad no le ha servido para aprender nada. Un buen tonto no se improvisa, hay que trabajarlo.

España y sus pecados

A la una en punto, Alcántara pide a su nieta Clara que acerque a la mesita baja que tiene ante sí los ingredientes del ‘dry martini’. Es un ritual de décadas que desarrolla con precisión británica: «Lo preparo movido, no agitado, siguiendo la receta de James Bond», explica con una sonrisa pícara. «He sido siempre muy buen bebedor. No me he embriagado nunca. No me puedo permitir una disminución de mis facultades», añade tras confesar que la figura de quien va dando tumbos por la calle por un exceso etílico siempre le ha parecido repulsiva.

-¿Reconoce como suyo a este país poblado por corruptos, horteras y nuevos ricos?

-Este es un país difícil, pero todos lo son. Aunque es cierto que ahora hay más golfos por metro cuadrado que nunca. Yel petardo que hemos soltado en la banca y la política ha sido muy sonoro. España es una unidad de desatino en lo universal.

-¿Alguna vez le ha llamado alguien que se ha molestado por lo dicho en su columna?

-Siempre sucede. Esto es como el chiste de aquel que estando en la plaza comentó ‘¡Vaya cuernos que tiene ese toro!’ y el que estaba sentado a su lado se dio por aludido. Me escriben muchas cartas, sí, aunque en general son de personas a quienes han complacido mis artículos porque opinaba lo mismo que ellos. A la gente le gusta que le den la razón.

-¿El peor pecado de los españoles de hoy es la envidia, la ignorancia o la soberbia?

-En dura competencia los tres. Todos los hispanistas han señalado el orgullo español, pero yo creo que la envidia está a la cabeza. A veces en la admiración hay ingredientes de envidia. A mí me gustaría ser Goethe, pero tengo que conformarme con lo que soy. Los enemigos de la humanidad, aquí como en todas partes, son la crueldad deliberada, la ignorancia y la miseria.

-¿Cómo ve el país ahora mismo?

-En un largo aprieto. Muy largo y además hereditario porque lo seguirán sufriendo quienes vienen detrás. España está en una encrucijada económica, con un paro sobrecogedor. Ya es terrible trabajar, pero es peor querer hacerlo y no encontrar dónde.

– ¿Yel futuro?¿Qué le pide a la vida?

-Que me deje jugar la prórroga del partido, porque siempre quedan cabos sueltos.

-¿Qué es lo que más teme?

-Tengo temores diversos pero, por enumerarlos, el primero de todos es a una decadencia que me inhabilite. No ya para escribir un artículo diario, sino para poder ir al water. Y luego nos esperan nuevos sufrimientos colectivos, pero no creo que sean peores que los de mi infancia. La Guerra Civil fue una catástrofe. Yo tenía derecho a haber conocido a Antonio Machado y a otros tantos, a quienes no vi porque se fueron al exilio o ingresaron en la muerte antes de tiempo.

– «Un día seremos solo historia», dijo en un verso. ¿Cómo le gustaría que lo recordara la historia?

-No creo que haya hecho méritos para atravesar las edades. Aunque te pongan una calle en tu pueblo, eso termina por convertirse en un fonema, en un sonido sin más que no dice nada a casi nadie. Creo que he escrito algún soneto y alguna copla que puedan sobrevivirme. Pero la inmortalidad tiene que darse en vida.

– ¿Tiene pensado algo para la columna en la que se despida o no habrá despedida de sus lectores?

-Si no me coge demasiado de improviso, me gustaría decirles que he tenido mucho gusto en conocerlos, incluso a algunos desconocidos.

-¿Sería peor un mundo sin periódicos o sin ‘dry martinis’?

-Confío en que la imposible desaparición de los periódicos coincida con la probable desaparición mía. Un periódico aspira a contar 24 horas de la historia del mundo, y eso no puede desaparecer. Para mí, es inconcebible.

-De los ‘dry martinis’ ni hablamos…

-Ni hablamos. Como dice Borges, también murieron las rosas y Aristóteles.

VOLVER índice


«Quisiera debutar después de Semana Santa; el Domingo de Resurrección me parece demasiada coincidencia»

Entrevista a Manuel Alcántara publicada el 18 de marzo de 2012 en Diario Sur

Manuel Alcántara pide paciencia a sus lectores mientras se recupera en el hospital de una fractura de cadera. (Juan Cano)

El mobiliario que rodea a Manuel Alcántara ha cambiado estos días. El despacho lleno de recuerdos ha sido reemplazado por monitores y goteros que, afortunadamente, no necesita. En la cama de al lado le acompaña, convaleciente por desuso, su inseparable Olivetti, a la que mira de reojo como el torero inquieto que se prepara para una nueva faena. La vida, que ha sido generosa con él, le ha dado una cornada en su maltrecha cadera. Sus muletas son ahora los amigos, que desfilan diariamente por su habitación en la Clínica Rincón, su hija Lola y sus dos nietas, Marina y Clara. Su botella de oxígeno, la rendija de una ventana por la que se ve el mar.

-¿Cómo se encuentra?

-Lo difícil es encontrarme. Me busco afanosamente, pero no me encuentro del todo desde la caída. Excepto un tifus que tuve en el Antiguo Testamento, con 13 años, no he padecido la menor enfermedad en más de setenta años. Nos contagiamos todos los alumnos de un curso entero de los Reverendos Padres Agustinos. Bebimos agua de un arroyo y contrajimos las fiebres tifoideas. Me pelaron al cero, como tú… He destruido todos los documentos gráficos de aquel tiempo.

-Se puede decir que ha gozado de una salud de hierro…

-La verdad es que sí, y eso me ha permitido ser una cosa tan rara como el decano de los columnistas españoles. Durante setenta años, en un periódico o en otro, he escrito al menos un artículo diario. Yo te quería dar las gracias en primer lugar por visitar esta ruina… Todo empezó con la caída. La pierna que no está vendada –la izquierda– fue la que se partió. Afortunadamente no fue una fractura (de cadera) completa, quedó una esquirla, por eso me recomendaron reposo. La que me duele es la otra, que fue la que soportó todo el peso. En este momento estoy en la magnífica clínica de Rincón de la Victoria, de mi querido amigo Manolo Rincón, que me ha adoptado. Siempre hemos sido muy amigos, y ahora más; le tengo una enorme gratitud.

-Se le ve cansado de hospital.

-Estoy harto de convalecer. Daría algo por salir a la calle e ir a tomarme algo ahora contigo… Esa es otra. He cortado bruscamente todas mis costumbres, las mejor mantenidas, durante largos años. Hace un mes que no me tomo un dry martini ni un ‘gin-tonic’, y lo que es peor, ¡ni un vasito de vino tinto!

-Sus lectores se preguntan qué le sucedió exactamente.

-Pues solo se lo puedo contar parcialmente. Regresé en taxi a mi casa tras reunirme con mis amigos de siempre del pueblo (ocurrió el 20 de febrero). El taxista advirtió que no subía las escaleras del mismo modo, y se quedó preocupado. Entonces, volvió a mi domicilio y vio que no contestaba nadie. Lo único que recuerdo es que estaba en el sofá frente al televisor, como en las películas, y me levanté preguntando «dónde estoy». Al parecer, me encontraron en el suelo. La caída no fue un largo trayecto, simplemente del sofá al puñetero suelo, y ahí perdí el conocimiento. Como debut no está mal. Yo me creía que era la última, pero parece que los médicos me dan esperanza. He descubierto que las cosas que hacía con 83 años no se pueden hacer con 84. Creía que la vejez era más gradual, pero irrumpe de pronto… En los países americanos, cuando alguien envejece, se dice «a fulano le ha caído un viejazo», como si le hubiese dado una breva en lo alto de la cabeza. Nosotros lo llamamos bajón. Yo creo que la enfermedad no es otra cosa que la acumulación de calendarios.

-¿Ha empezado ya la cuenta atrás, como en boxeo, para levantarse?

-Va a empezar el lunes. Vendrán Luis Méndez, Pedro Aparicio y otros traumatólogos. Me van a comprar un andador, una cosa para niños, y comenzará la posible recuperación, que es muy lenta. Me han prescrito inmovilidad, que es muy difícil, pese a que yo nunca he sido muy nervioso ni muy agitado. Llevo un mes durmiendo con la pierna estirada. Puedo decirte que lo que me han recomendado los médicos es que estire la pata cuanto antes (sonríe). No tengo miedo, pero sí cierta curiosidad respecto al más allá, que preferiblemente llegue en la casa de uno. Yo espero que la otra vida sea encontrarme con la nada, como antes de nacer, o con la misericordia divina. No he hecho daño a nadie conscientemente, y eso es de las pocas cosas que he conseguido en mi vida. Si yo tuviera en la mesita de noche una varita mágica para procurarle un mal a cualquiera, la habría roto.

-¿Por qué no ha querido operarse, pese a que habría acortado los plazos de recuperación?

-He tenido cierto recelo. Me pareció muy sugestiva la idea de curarme con reposo. Por otro lado, me alarmó mucho la pérdida de conocimiento.

-¿Se ve más fuerte con el paso de los días?

-Yo me sentía fenomenal antes de que me pasara esto. Aun así, sigo leyendo cuatro periódicos para enterarme de la poco agradable situación de la vida española, donde todos los días hay un recorte nuevo o una catástrofe. Pero el mundo tampoco va muy bien, fíjate lo de Siria o lo de Líbano. El ser humano es muy belicoso. A mí no se me cae al alma a los pies, más que nada porque cuando se te cae el alma a los pies, te tienes que agachar a recogerla y yo no estoy en disposición, he perdido agilidad. Es desmoralizador leer un periódico o ver un telediario. El mundo nunca ha vivido una época muy buena, ni siquiera en la llamada Belle Epoque, que solo era bella para unos pocos. En este momento, está atravesando una encrucijada dura y difícil. Esta tragedia de que haya tantos jóvenes que quieren trabajar… y eso que trabajar es siempre terrible. Don Gregorio Marañón decía que el trabajo debe ser doloroso. La etimología de la palabra viene de martirio; pero bueno, se acepta.

-¿Cómo se ha adaptado al nuevo horario? ¿Continúa levantándose nueve horas después de acostarse?

-¡Bueno! Me levantan a las ocho, en duro contraste con mis costumbres.

-¿Y cómo lo lleva?

-Fatal, fatal. Yo soy muy lento, un elogio de la lentitud. Detesto la prisa. Siempre que veo a un tío que corre mucho pienso qué venderá. Ahora tengo que estar nueve horas con la pata extendida y he empezado a tener pequeñas estancias en la butaca. Antes estaba todo el día en la cama…

-Ahora que ha estado postrado en una de ellas, ¿sigue pensando que el mundo es un gran hospital donde todos los enfermos quieren cambiar de cama?

-Sí, sí, es un hospital que tiene mucho de antesala hasta que llega un momento en que se adopta la más duradera de las posturas y se anula la capacidad de elegir hospital.

-¿Qué cura más, el mar, el ‘gin-tonic’ o las medicinas?

-El mar. Además, no da tiempo a bebérselo todo.

-Y entre las otras dos, ¿depende de la enfermedad?

-Hombre sí, aunque siempre he sido más partidario de tomar una copita…

-¿En qué marca ha dejado la cifra de artículos consecutivos sin faltar a su cita un solo día?

-Muy cerca de los veinte mil. Cunde mucho con los tres días de vacaciones que tienen los periódicos. Yo he estado muchos años escribiendo dos y hasta tres artículos diarios.

-¿Se siente liberado de lo que usted llama «la última forma de esclavitud» o le ha costado desintoxicarse de la disciplina del artículo?

-Se ha roto una costumbre de escribir todos los días durante años y años, aunque si las cosas van mejor no lo doy todo por acabado. Es lo que he hecho toda mi vida. Escribir, mirar el mar y tomar una copita con mis amigos. Y eso, cuando se corta bruscamente, te desconcierta un poco.

-¿A qué dedica el tiempo que le dejan libre los artículos?

-A nada, a seguir vivo nada más. Y a leer.

-¿Qué está leyendo ahora?

-Ya me he tragado tu libro casi entero (afirma, dirigiéndose a Juan López Cohard, que acude a visitarlo junto a Juvenal Soto). Es un libro de estudio sobre los doce césares de Roma. Es muy ameno, magnífico.

-¿Se siente como un futbolista truncado por una lesión?

-No, porque yo ya tengo la carrera hecha. El único contacto con los futbolistas es que en estos momentos ni ellos ni yo podemos dar pie con bola. Fíjate cómo tengo la pata.

-Leyendo cuatro periódicos diarios, ¿cuántos toros aseados para una buena faena ha dejado escapar?

-Muchos, todos los días me sugiere algo. Pero para escribir hace falta tono y fuerza. Yo me levanto, voy al servicio empujando el carrito –ya tengo el carné de primera para manejarlo–, pero para eso aún es pronto.

-¿Cómo se ve el mundo desde esta habitación?

-¡No se ve! Yo me asomo, miro por una rendija y por ahí se ve el mar. Me lo cuentan, pero no lo veo. La hospitalización es muy mala.

-¿Qué es lo primero que quiere hacer cuando salga?

-Mirar. Mirar el mundo, que no es lo mismo que verlo en horizontal. No es que yo tenga mucho interés en seguir, pero parece que no es la última enfermedad.

-¿Qué le queda por hacer?

-Me hubiese gustado hacer algún viaje. Tenemos algún proyecto de excursión improbable, como volver a Bilbao a ver a mis amigos de Vocento, a José Luis Peñalva y a Juan Bas.

-Si pudiera, ¿iría a la huelga por la reforma laboral?

-No, aunque tuviera las patas fenomenal, no iría. En este momento no corrige nada. Creo que los que vayan tienen suficientes razones para acudir a la huelga, pero no arregla nada.

-¿Y a votar?

-Para votar tampoco estoy en disposición, ni siquiera antes de partirme la cadera lo estaba. Yo soy muy escéptico en materia de política.

-¿El periodismo está en la uvi?

-Sí. Tiene posibilidades de salir y cambiar de sala, pero sí que lo está. Yo aspiro a hacer un cucurucho con uno de mis últimos artículos y tirar a la papelera ‘mi corazón de papel’. Mi vida siempre ha estado muy ligada al papel de periódico.

-¿Es, como dice usted, el fin de una raza?

-Es el fin de un tiempo, de una época, pero las épocas se relevan. Del tiempo no conocemos nada. Lo único que sabemos de él es que es sucesivo y transcurre.

-¿Cómo ve la revolución de Internet y las redes sociales?

-Pues que viene un mundo nuevo. Tengo una falta de habilidad absoluta para las cosas manuales, para eso de los móviles, que todos tenéis uno… A mí me regalan un embudo y he de pedir el manual de instrucciones.

-Los usuarios de las redes sociales se presentan ante el resto de la comunidad en su perfil. ¿Qué pondría usted en el suyo?

-Nací en Málaga, me di una vuelta por el mundo, porque he viajado bastante en tiempo, y luego me dediqué a escribir versos y artículos. Fui amigo de mis amigos y quise a algunas personas. Definirse es muy difícil.

[Ha concertado la entrevista a las cinco para poder ver el Athletic-Manchester de las siete] -¿Se imaginaba un Málaga en Champions?

-¡No, todo lo contrario! Había apostado con un ahijado mío a que no se clasificaba.

-Dicen que los buenos amigos se miden en los malos momentos.

-En todo momento. Los amigos también son buenos para divertirse, para entretenerse… Soy absolutamente rico en amigos. Es una demostración constante, abrumadora. Mi mayor preocupación es merecer a los amigos que tengo, esto es un desfile constante, me traen libros, de todo.

-¿Cuándo volverá al ruedo del artículo? El Domingo de Resurrección parece una buena fecha.

-El Domingo de Resurrección sería ya demasiada coincidencia con el Sumo Hacedor, pero será por esa fecha. Quisiera debutar después de Semana Santa. Bueno, hacer la ‘rentrée’, como Ortega Cano con la vuelta, aunque sin atropellar a nadie, porque yo me he atropellado solo. Cuando regrese, me gustaría estar por lo menos como antes.

-¿Qué mensaje trasladaría a sus lectores?

-Yo necesito paciencia para curarme, y ellos necesitarán paciencia para seguir leyéndome.

-Por último, ¿cómo empezaría un artículo sobre lo que le ha pasado?

-Podría empezar diciendo que yo ya hacía algún tiempo que me tenía preocupado a mí mismo…

VOLVER índice


Manuel Alcántara: «Creo que la inmortalidad debe disfrutarse en vida»

Entrevista a Manuel Alcántara publicada el 8 de abril 2007 en EL CORREO

El periodista malagueño, decano de la columna diaria en España, se muestra en plena forma después de medio siglo en la Prensa. (Teodoro León Gross)

El viejo mago del articulismo ha escrito más de quince mil valses: compases alegres, médulas profundas. Recientemente, en un homenaje brindado por la Asociación de la Prensa de Madrid, fue definido como ‘el decano de la columna diaria en España’. La vida de Manuel Alcántara (Málaga, 1928), cabe en un cartucho de papel prensa: medio siglo sostenido sobre columnas. Apenas tenía los treinta al empezar; pronto cumplirá ochenta. La misma semana del homenaje, una muerte en la familia le hacía desistir durante unos días, por primera vez en varias décadas, de su cita cotidiana con el lector.

-¿Vislumbró entonces la retirada?

-No, nada de retirada. A mí me retira un infarto cerebral, pero ni siquiera que me corten las dos piernas. Y esto lo digo para demostrar que no escribo con los pies. Bueno, tampoco tengo el prurito de escribir hasta el último día. Yo siempre me he definido como un trabajador fatigable, absolutamente fatigable, pero lo que haces de alguna forma te constituye. Eso de soñar con no hacer nada -incluso a mí, que lo que más me gusta es no hacer nada- me dejaría en el vacío.

-¿No se siente cansado?

-No, y además no puedo estarlo, no debo. El cansancio sería el prólogo del final. Pero eso del ‘decano’ es el resultado de la muerte dolorosa de queridísimos amigos, Carlos Luis Álvarez y Jaime Campmany. Cuando se mueren los amigos cercanos, alguien invisible te toca en el hombro para avisarte de que la cosa no está muy lejana. Por eso, la denominación de ‘decano de la columna diaria’ no tiene más mérito que el paso de los años. Yo preferiría que me dieran un homenaje por ser ‘el más joven de la columna diaria’.

-La piel de sus columnas sigue llena de frescura. ¿Cuál es el secreto?

-A mí siempre me han reconocido no ser un conversador aburrido, y yo siempre he defendido que el artículo debe ser una conversación por escrito con el lector. El artículo participa de varios géneros, puede ser incluso un cuento -cosa que hace prodigiosamente Manuel Vicent, o Millás- pero no un pequeño ensayo, y mucho menos un sermón. Detesto a los predicadores y a los pesados.

La libertad

-¿Qué es imprescindible en la despensa del articulista?

-En primer lugar, la libertad. Eso hay que subrayarlo. De ahí mi gratitud con Vocento. A mí jamás me han corregido una coma, y eso que no todas las pongo bien. Esa confianza es fundamental. Y partiendo de la libertad, el articulista no puede olvidar que el lector quizá esté en un lugar incómodo u oscuro, a lo mejor en el autobús camino del trabajo, y por eso el articulista debe tener una cierta amenidad, sin confundir ésta con frivolidad. Un articulista puede ser a la vez trascendente y escribir con ligereza; está obligado a una cierta reducción de léxico. Escoger términos para los que haya que ir al diccionario está al alcance de cualquier fortuna mental. Hay que renunciar a la precisión para escoger palabras que lleguen a todos, incluso a esos hinchas que tiran botellas en los estadios.

-Se diría que en el artículo encontró usted el género a su medida.

-Los cien metros, sí, esa es mi distancia. No es que me aburran las cosas más largas, pero nunca he intentado la novela o el teatro. Creo en la distancia corta. Decía Pío Baroja que no le gustaba ir a ningún sitio del que no pudiera volver andando. Pues eso. Los cien metros del artículo dan mi medida; no sé si yo doy la suya. Por otra parte, no creo mucho en manosear el texto, ni en que éste mejore si se manosea mucho, aunque es distinto escribir a diario que tener una colaboración a la semana. Además, yo mando el artículo a las seis de la tarde y no me gusta escribir por la mañana; aunque realmente a mí me gusta hacer muy pocas cosas por la mañana. Tal vez eso propicie algo de lo que me acusan a menudo: las ocurrencias. En fin, ¡ojalá siga teniéndolas mucho tiempo!

-Su afinidad por este género de ejecución rápida y gratificación inmediata, ¿está relacionada con su desdén por la posteridad?

-Sí, creo que es así. A veces la gente te dice «te has dejado la vida en los periódicos», pero, claro, en algún lugar había que dejársela. Yo tengo un entendimiento artesano de lo mío. Marcel Proust se inscribió una vez en un hotel como ‘artesano en su hogar’. Y a mí no me importa entender el artículo como un servicio diario, como el del panadero, que por cierto tienen los mismos días de vacaciones al año que los periodistas. No me importa la trascendencia. Todo va para el olvido; y a mí no me importa llegar pronto ahí. Hombre, a todo el mundo le gusta esa cosa incierta de la Gloria con mayúscula. Quizá he escrito poemas con la vanidosísima intención de que alguien los lea cuando yo no esté; pero el artículo muere. Yo creo que la inmortalidad debe disfrutarse en vida. Es triste que te reconozcan que lo hacías bien sólo después de muerto.

-Mirando atrás, se ve que no duda de su literatura poética, pero quizá sí del valor literario de los artículos.

-Bueno, es que realmente la muerte diaria del artículo es grave. Alguna vez, aunque yo nunca me siento del todo satisfecho, ni siquiera relativamente satisfecho, sí puedo pensar que un artículo no me ha quedado mal; pero es que el artículo sólo dura un rato, un día. Ese es su destino natural, al menos para la gente de mi generación, los últimos de la Galaxia Gutenberg.

-Pero, más allá de esa fugacidad, de Larra a César González-Ruano hay un reconocimiento literario del articulismo.

-Sí, claro. A César le molestaba que le dijesen que era un escritor de periódicos; él respondía: «Soy un escritor en periódicos». El creía profundamente en la literatura. Era una generación enorme de articulistas: Eugenio Montes, Pemán, Foxá…

-¿Cree que la literatura ha ido a menos en el articulismo español?

-No, ahora hay otra generación formidable. No quisiera nombrarlos, por el riesgo de dejarme atrás alguno, pero leo a media docena de articulistas que me parecen de primera calidad. Algunos, no todos, quizá algo trabados por un empacho de política. Desde luego ésta es fundamental en la vida, pero no es todo en la vida. Se puede hablar de una muchacha reciente, pero no sólo de la política obsesivamente. Abres algunos periódicos y las siete primeras páginas son dicterios entrecruzados entre los líderes. Y eso me parece lo primero que nunca debería ser un periódico: aburrido.

Escribir entre líneas


-Usted ha escrito en dos tiempos, 17 años en el franquismo, 32 desde entonces. ¿El cambio político cambió el articulismo?

-Desde luego, fue determinante. Entonces uno no podía entrar en ciertas consideraciones, para empezar porque no salía el artículo hasta la llegada, en el argot de entonces, de ‘el motorista de la censura’. El artículo no se imprimía hasta que él trajese las galeradas con el sello de autorización. Esta censura previa es lo que más determinaba el contenido de los periódicos y propicia toda una generación de maestros en el arte de escribir entre líneas, de insinuar.

-¿Se siente testigo de otro tiempo, de ése, o de todos los tiempos que ha vivido?

-Creo que he vivido dos tiempos muy distintos, sí, que me han repercutido. Pero yo creo que tus tiempos son todos mientras estás vivo. Se lo dije una vez a Gerardo Diego, porque él repetía mucho eso de «en mis tiempos », y después de pestañear me respondió: «Es verdad».

-¿Hay una cierta incomprensión hacia los articulistas de entonces?

-Sí. La única vez que yo aludí al general de alta graduación fue porque un ministro me contó que tenía la costumbre de decir «cuando yo dejé de ser persona » y él le preguntó el motivo, y le respondió «Pues porque yo no puedo parar en la calle a tomarme una cerveza como cualquiera, o a ver un escaparate». Cuando murió, recordé esa frase. Y ésa es la única vez que lo mencioné. Pues todavía hay quien me lo reprocha. No hice una elegía ni un elogio; sólo mención de eso, que de referirse a Stalin nadie me lo hubiese reprochado, incluso de referirse a Hitler. Sí, hay un marchamo injusto, sin valorar las circunstancias ni la calidad de quienes escribían entonces.

Las dos Españas

-De un tiempo a esta parte ha reaparecido en sus artículos el desencanto por la confrontación de las dos Españas, el ‘guerracivilismo’

-Es que no quisiera que mi vida fuera capicúa. Tengo recuerdos de los ocho años que se clavan como todos los de la primera infancia: llamas, bombardeos, hambre. Eso te queda para siempre; después hay que remontarlo. Y ahora, aunque yo no tiendo al catastrofismo, hay un encrespamiento desagradable, que se ve con temor por los que vimos aquel estallido de rencores. El español no es fácil. Pero, en fin, decimos eso de ¡qué país! y quizá habría que decir ¡qué mundo! El ser humano es una fiera encubierta.

-También el tema de España reaparece en sus artículos, incluso un cierto patriotismo.

-Es que el patriotismo, el amor a la patria -palabras en desuso, como ‘novia’, que a mí me gusta mucho, porque hay días radiantes en que pienso ¡qué día tan bueno para tener novia formal!- está ahí. Yo creo que uno es de todas partes, sobre todo de donde quiere ser. Yo siento un gran cariño por Argentina, donde he visto boxeo en el Luna Park, a Troilo tocando el acordeón, a Edmundo Rivero precedido por sus manazas y su nariz cantando tangos en El Viejo Almacén. Al final el ser humano es semejante en todas partes; la naturaleza no difiere. Hay peculiaridades pero los pecados son universales, incluso la envidia, que hemos considerado una especialidad de España. En todo caso, no quisiera que los españoles volvieran a desentenderse, o a creer que la falta de entendimiento se resuelve a tiros.

-Eso sí, en sus artículos late siempre cierto distanciamiento desapasionado.

-Yo he sido muy buen lector de los estoicos, que la gente cree equivocadamente que eran unos señores que pretendían pasarlo muy bien. Estos predicaban algo muy difícil: la impavidez ante el azar. Bueno, no es fácil que todo te traiga sin cuidado, pero sí pienso que hay que tener comedimiento en el dolor y en la alegría. Siempre que veo en Navidad a los señores de la lotería dando saltos y bebiendo sidra a gollete, pienso, «hombre, no se comporten ustedes así». A mí a veces me dicen: «Usted, en el fondo, es un humorista». Pero yo creo que nadie, en el fondo, es un humorista. Se tiene más posibilidades de acertar tendiendo al pesimismo.

-¿El escepticismo protege del fanatismo?

-Creo en la tolerancia, en la posibilidad de que el de enfrente tenga razón. Eso es algo que no quiero perder de vista nunca. La seguridad es algo muy irritante; en cambio, la duda te ensancha. Algunos están tan seguros de sus ideas que tienen incluso una cartografía del cielo al detalle. Eso siempre me produce extrañeza, y a veces envidia sana. Verles tan seguros de que se van a sentar a la diestra de Dios Padre, donde debe de haber overbooking, un barullo a falta de acomodadores. Otros no estamos seguros de nuestro lugar ni antes de morir.

-Su escepticismo parece referirse también a sus propios artículos, como si descreyera de que pueda servir o influir en la realidad.

-Un articulista a lo más que puede aspirar es a crear estados de conciencia, por otra parte muy necesarios, por supuesto, pero no a más. Hay que desconfiar de la capacidad transformadora, salvo casos ilustres como el ‘Yo acuso’ de Zola o el mal citado ‘Delenda’ de Ortega. Los estados de conciencia pueden lograr cosas; como ocurrió con ‘Muerte de un viajante’ de Arthur Miller para dignificar esa profesión. No hay que descartar eso, aunque los gabinetes de prensa sólo le subrayan a los políticos los textos que hablan de ellos, y quizá no se enteran de lo demás.

-Usted dejó el diario ‘Arriba’ porque prescindieron de la colaboración de Ramón Gómez de la Serna. Al volver a escribir, empezó diciendo: « ¿Cómo no afirmar mi fe en esto teniendo fe en tan pocas cosas?». ¿Aún le queda algo de fe?

-Sí, sí, creo en muchas cosas. Tengo una visión amistosa de la vida y creo mucho en los amigos -esos hermanos electivos- y en el arte y la poesía. Creo en el afecto, en pasar por el mundo sin hacer daño. Lo único que considero pecado es la crueldad deliberada. Todos hemos podido ser crueles alguna vez, pero la persistencia es terrible. Quizá sea por la edad, pero si a mí alguien me ha podido hacer daño, no he querido nunca pensar en venganzas; yo prefiero decir ¡que le vayan dando! y omitir, eso sí, por dónde.

La vejez

-En sus temáticas recientes aparece la vejez, ¿en defensa propia?

-Y por solidaridad. Hay civilizaciones más respetuosas con los seniors, incluso ésta antes, aunque ahora se haya perdido en parte. «Madurez, divino tesoro», dice Eugenio D’Ors; pero lo joven se impone, y la agresividad asociada a esos años, como si hubiese que morder. En China, para preguntar la edad, se decía ‘¿qué gloriosa edad tiene usted?’. La acumulación de años, por otra parte involuntaria, es una crisis de la esperanza. Un viejo espera menos cosas. Pero alguien que ha pasado por aquí, con sus sufrimientos, merece respeto. Por supuesto, también hay mucho viejo tonto, que no haya equívocos. Quien nace tonto, con los años se perfecciona y al final es aún más tonto. Ahora me asombro recordando a César y la edad en que muere. Íbamos a verle Jaime, Salvador Jiménez, Penagos, y decíamos: «Vamos a ver al viejo». Murió con sesenta y dos. Las personas te parecen muy mayores cuando tienes treinta, pero luego resulta que te descuidas un poco y llegas a tener esa edad o a superarla holgadamente, como en mi caso; y piensas de ti que te gustaría que nadie dijera eso de «vamos a ver al viejo».

-Bueno, su homenaje reciente fue una delicia; una orla de nombres estupendos que iban a ver al joven maestro Alcántara a los ochenta.

-Fue emocionante. Lo más difícil en España es que tu gremio te distinga; por eso me gustó mucho. Virgilio habló de «la irritable grey de los poetas», pero porque no conoció a los periodistas. Que personas de tu oficio, tras tantos años en la distancia de Málaga sin ir apenas por Madrid, me hicieran ese reconocimiento fue muy emocionante; aunque a ratos pareciera una de aquellas reuniones de antiguos alumnos en las que no hay modo de reconocerse y a algunos les tienes que preguntar el nombre.

VOLVER índice


«El artículo es una conversación por escrito con el lector»

Entrevista a Manuel Alcántara publicada en el nº 95 de la revista Mercurio

Manuel Alcántara (Málaga 1928), con más de cincuenta años escribiendo en periódicos, es el decano del columnismo en la prensa española. Llegó a Madrid en el año 1945 para hacerse un hombre de Derecho, pero enseguida dejó la carrera para dedicarse al periodismo. Una actividad por la que ha recibido los premios Luca de Tena, Mariano de Cavía y César González Ruano entre otros. Su talento para engarzar el sentido común, la poesía y el tono coloquial de interpretar la sociedad de cada día, lo han convertido en un maestro del artículo. Los cien metros, como él define la extensión de la columna que escribe cada día en su Hispano Olivetti para los periódicos del grupo Vocento. Este trabajo al que nunca ha faltado en Pueblo, Ya, La Hoja del Lunes, Época, Marca y en otras cabeceras, le mantiene activo, con una prodigiosa memoria y una agudeza irónica que lo convierten en un inteligente y ameno conversador.

-La Asociación de la Prensa de Madrid le ha concedido recientemente el Premio Javier Bueno a su trayectoria. Este reconocimiento le convierte en el decano del columnismo español.

-Una gran responsabilidad. Aunque lo mejor ha sido descubrir el afecto y la admiración de varias generaciones de periodistas, juntarlas en un mismo acto en el que me he reencontrado con viejos compañeros y entre los que eché de menos a muchos. Especialmente a los que han muerto como Cándido y a mi hermano electo Jaime Campmany. Esta profesión me ha concedido todos sus premios. Los mejores sonlos que te dan sin que te presentes, como ha ocurrido con el Torreón de la Fundación Wellington y que el año pasado presidió José Saramago, todo un honor, y con el Javier Bueno de la Asociación de la Prensa de Madrid.

-Usted ha alcanzado la cifra de 18 mil columnas. Un género que domina, al que impregna de poesía y en el que nunca están presentes ni el sarcasmo ni el rencor. ¿Qué otras claves ha de tener una buena columna?

-Gerardo Diego afirmaba que un columnista debía ser un cantor de lo cotidiano y un salvador de instantes. También es importante que el artículo sea una conversación por escrito con el lector. El artículo puede participar de varios géneros, menos del ensayo y no se debe escribir como venganza o para demostrar que a uno le funciona mal el hígado. Yo entiendo el artículo como un servicio diario y me lo tomo muy en serio a la hora de coger el tono, de no tener tics verbales ni obsesiones, de utilizar bien las palabras que son una cosa muy seria. Cada día me leo seis periódicos a ver si me sale un toro al que pueda hacerle por lo menos una faena aseada. No siempre se pueden cortar las dos orejas escribiendo 500 artículos al año. Mi intención es ser ameno y mantener una regularidad digna, como dijo de mí Muñoz Molina en un artículo muy cariñoso. Soy un trabajador fatigable pero disfruto con esta profesión sin jefes y con horario flexible.

-¿Cómo ve el columnismo actual?

-En buen estado de forma. Es un compromiso citar a todos los que lo practican con talento y brillantez porque seguro que me olvido de muchos a los que admiro, pero me gusta mucho Millás que siempre me divierte y me hace pensar, el increíble y maravilloso panteísmo de Manuel Vicent, Raúl del Pozo y mi querido Paco Umbral que acaba de morir. Él fue un pura raza y nos teníamos un viejo afecto. Fíjese que en su Diccionario de Literatura soy una de las tres personas con las que no se mete.

-¿Cómo fueron sus comienzos?

-Fue con un premio de poesía que me concedió la revista universitaria Juventud en 1956 que, además de una cuantía económica, conllevaba la publicación de una columna semanal que se llamaba La Hora. En sus páginas colaboran también Cela, Aranguren y mi gran amigo Ignacio Aldecoa. Un año después comencé aescribir en el periódico Arriba la columna Una vuelta por los trópicos y desde entonces no he parado de escribir 362 días al año. Ahora la gente, que es más inteligente, abandona antes el periodismo que puede llevarte a cualquier parte a condición de que lo dejes a tiempo. En cambio yo me he dejado la vida en los periódicos y siempre he dicho que en algún lugar hay que dejársela, porque no me la puedo llevar puesta.

-En 1958, despiden a Ramón Gómez de la Serna de Arriba y usted decide marcharse también. ¿Fue un arrebato de juventud o de admiración hacia él?

-En esa época teníamos un director muy bruto que le dijo a Ramón que escribiese seguido como todo el mundo y él le contestó que escribiría greguerías hasta la muerte. Por admiración hacia él y por respeto a la literatura yo también me fui, sin un duro en el bolsillo y sin tener otro periódico esperándome. En mi primer viaje a Buenos Aires en 1963, fui a verlo a su casa de la calle Hipólito Irigoyen pero acababa de morir. Nunca he olvidado su gran personalidad, su ingenio y su afán coleccionista.

-En ese mismo año, comienza a escribir los pies de foto de una sección dedicada al boxeo que se llamaba El fotógrafo estuvo allí.

-Mi afición al boxeo es freudiana. De niño viví en Málaga frente a un solar del barrio de La Victoria donde había veladas de boxeo y cuando daba la lata en casa me decían niño, vete con los boxeadores. Allí conocí a Ruizfer que era un estilista tremendo, a Iglesias, a Laure y Bautista. Siempre me atrajo el olor de la resina. El boxeo es el último reducto de los gladiadores y sé más de ese deporte que de Quevedo, a quién admiro y he leído durante toda mi vida. Por otra parte el boxeo es muy antiguo, en el libro XXIII de La Iliada ya se habla de un combate de puños que entonces se llamaba pancracio. Años después, el padre del amante de Oscar Wilde instituyó el primer reglamento que prohibía los golpes bajos. Algo que practican y aceptan mucho los políticos, sin que medie ningún árbitro.

-Pero no es hasta 1962 cuando de verdad se especializa como cronista de boxeo, al ofrecerle Marca una columna fija. ¿Qué le ha dado el boxeo?

-El boxeo me permitió viajar por el mundo, conocer muchas ciudades como las puede conocer una maleta, contando kaos, las maneras de fajarse y de buscarle el aire al adversario. Pero sobre todo me permitió disfrutar de la época buena de grandes púgiles como Urtain, Carrasco o Pepe Legrá. El último combate que vi, ya mayor, fue el de Classius Clay contra Evangelista.

-A Legrá le puso el apodo de El Puma de Baracoa y aún mantiene una estrecha amistad con él.

-Pepe es un tipo estupendo y muy noble. Todavía conservo la bata celeste con letras doradas que me regaló. La noche en la que ganó en Gales el Título Mundial, lo visité en el vestuario y le pregunté si estaba realmente preparado para vencer a Winstone. Legrá me confesó que había entrenado a fondo y sacando del bolsillo un crucifijo de madera, él era muy religioso y lo llevaba siempre, lo besó y me dijo “si éste me da suerte, lo mato”. Esa noche ganó el título. Pero el más grande de todos ha sido Ray Sugar Robinson, porque nadie como él combinaba la potencia con la agilidad.

-En su vida ha tenido importantes maestros como Agustín de Foxá, Julio Camba y sobre todo González Ruano.

-Sí todos fueron grandes. César fue un buen amigo y un maestro espléndido. Lo veía todo en forma de literatura y era heroico verle pedir recado de escribir, aunque tuviese 39 grados de fiebre o al toser escupiese sangre. Él fue un escritor en periódicos y decía siempre que un periodista que no fuese escritor no pasaba de ser un cotilla.

-También ha sido un apasionado defensor del reportaje y de la entrevista.

-El reportaje y la entrevista son géneros que contribuyen a que se conozca en profundidad lo que hay detrás de la realidad o de una situación. Pero sobre todo te permite conocer la humanidad de la gente célebre. Imagínese haber sabido qué comían Lope de Vega o Góngora o cómo era la casa de Quevedo. Piense que vemos a los clásicos como estatuas de piedra y sin embargo eran personas de carne y hueso. Además, el reportaje sitúa a la gente en su época y en su tiempo. Algo importantísimo porque todos somos tiempo. Proust decía, cuando asistía al entierro de un conocido, el tiempo ha huido de él. Qué gran verdad. En España hemos tenidos grandes reporteros y entrevistadores como Manu Leguineche y Tico Medina. Ahora parece que se está perdiendo y echo de menos los buenos reportajes.

-La radio es otro medio en el que lleva años colaborando con sus columnas. ¿Qué le atrae de este medio de comunicación?

La radio es un mester de juglaría. Yo empecé en los años cincuenta en un programa que se llamaba Buenos días Europa. La verdad es que a lo largo de los años, colaborando en Radio Nacional y en la COPE, me ha gustado mucho transmitir con la voz, con la cadencia que conlleva la poesía y tener esa cercanía con el oyente.

-Usted tiene una ganada fama de gran orador y de tener una certera ocurrencia con las frases. Hay una que dice “al suelo, que vienen los nuestros”. ¿Esta frase sirve para simbolizar la rivalidad que existe en el gremio periodístico?

-Hace años no, pero ahora sí. Porque hay mucha crispación y vanidad debido, entre otras cosas, a que la política lo ha intoxicado todo. También es cierto que los enemigos tienen la ventaja de que no pueden traicionarte, como hacen los amigos o los compañeros. Pero yo he tenido suerte. Esta profesión me ha concedido muchos premios.

-Usted es un maestro del articulismo, pero muchos desconocen que también es un reconocido poeta que ya aparecía en la antología de La Nueva Poesía Española de Carlos Bousoño de 1959.

-La poesía es el gran género de la literatura. Yo distingo en los periodistas si han hecho versos, porque entonces rehuyen de la resonancia, de las aliteraciones y saben administrar el ritmo. En 1955 mi libro Manera de silencio fue elegido libro del año por la crítica. Después gané el Antonio Machado y en 1961 el Nacional de Literatura por Ciudad de entonces. Yo comencé en el Madrid de los cincuenta haciendo recitales con otros poetas, como Caballero Bonald y José Hierro, en el Café Varela que era como un salón del oeste al que sólo le faltaba un cartel que dijese “Prohibido disparar contra el pianista”. Aquellas veladas se llamaban Versos a medianoche y las anunciaba un cartel hecho por mi gran amigo Mingote. Allí acudía también Rafael Azcona, que junto con Buñuel y Berlanga tanto han contribuido al cine español. El Varela fue el último fleco de la bohemia en una época de hambre, de inquietudes culturales y en las que mucha gente dormía en la plaza de Oriente con el pecho forrado de periódicos.

-Son curiosas, Manuel, la distintas funciones que ha tenido el periódico: aislante del frío, envoltorio de pescado y también como la muleta que utilizaban los carteristas.

-El de la muleta es el uso más digno e incluso con cierto romanticismo literario que se le ha dado. César González Ruano decía que no se debía presumir de lo que uno escribía en el periódico porque al día siguiente está envolviendo unos zapatos para que le pongan medias suelas. Y es verdad. El periódico vive mientras muere.

-En sus poemas está muy presente el mar. Un paisaje junto al que vive y escribe cada día sus columnas.

-Sí. Aunque no se puede ser de un solo sitio, yo pertenezco a Andalucía y al mar de Málaga. Este mar que mientras va y viene en la orilla no sabe que lo miro. Incluso tengo la plusmarca de contar gaviotas desde mi terraza. Me asombra la técnica con la que aparcan en la orilla.

-¿Cómo le gustaría ser recordado?

-No creo en la posteridad pero ahora que estoy en la recta final de mi vida me gustarían dos cosas. Ser recordado por unos cuántos versos míos y, como sólo se muere una vez y no se tiene entrenamiento, marcharme libre y con dignidad.

VOLVER índice


«Nunca dejo artículos adelantados. Yo vendo pescado fresco»

Entrevista a Manuel Alcántara publicada el 24 de noviembre 2000 en EL MUNDO

Manuel Alcántara (Málaga, 1928) no descansa ni en agosto. Infalible, escribe todos los días del año. Poeta y articulista, cuenta con el Premio Nacional de Literatura (1963) y los premios Luca de Tena, Mariano de Cavia, José María Pemán y César González Ruano.

Ayer en el Teatro Cervantes de Málaga, a propuesta de la Unidad Docente de Periodismo de la Facultad de Ciencias de la Información de Málaga, recibió el título de doctor honoris causa por la Universidad de su ciudad.

Alcántara, que lleva escritos casi 16.000 artículos, publica columnas en los periódicos del grupo Correo, tras trabajar en publicaciones como “Arriba”, “Marca”, “Ya”, “Pueblo” o “La Hoja del Lunes”, tanto en su faceta de articulista como en la de cronista deportivo. Ahora vive en Rincón de la Victoria (Málaga), en un amplio y soleado piso con vistas al Mediterráneo. (Agustín Rivera)

-¿Qué supone ser Doctor Honoris Causa por la Universidad de Málaga?

-Un reconocimiento muy grande por el que estoy feliz y agradecido. Quiero mucho a Málaga, pero Málaga me corresponde con exceso. Además, es la primera vez que me conceden un Doctor Honoris Causa y me alegra doblemente por dármelo una Facultad de Ciencias de la Información.

-¿Se considera más poeta que periodista?

-Soy un poeta. Empecé a escribir versos desde muy joven. La poesía es el género fundamental. Es muy difícil conseguir esa síntesis que se consigue con poesía. La poesía aspira a la intemporalidad y, en cambio, el artículo tiene que salir todos los días. Pero quiero ser las dos cosas: periodista y poeta. Mi cita es diaria con los lectores. He escrito cerca de 16.000 artículos.

-¿Cómo mantiene la ilusión de escribir todos los días?

-Es terrible. Todos los columnistas nos levantamos con la obsesión del artículo diario. Me leo diariamente muchos periódicos y eso supone una cierta forma de esclavitud. Me encuentro más contento cuando sé de qué va a ir un artículo y tengo el título. Quiero hacer un género corto. No me gusta aburrir al lector. El primer mandamiento del periodista tiene que ser el de “No aburrir ni a Dios sobre todas las cosas”.

-¿Cuánto tiempo tarda en encontrar un tema?

-Es variable. Hay de pronto un flechazo, o a lo mejor el tema me va bien o me atrae. Otras veces es muy difícil porque son temas repetidos y cosas que pasan siempre. Tampoco me gustan que sean asuntos de portada porque eso ya está suficientemente explicado en el periódico. Las noticias muy gordas hay que comentarlas de forma lateral. Tardo en escribir el artículo entre tres cuartos de hora o una hora. Para las cinco y media o seis tiene que estar terminado.

-¿Nunca deja artículos adelantados?

-Nunca en mi vida. Yo vendo pescado fresco. Puede salir mal o bien, o como Dios quiera, pero nunca dejo nada adelantado. No me gusta descuidarme. Escribo diariamente.

-¿Así el artículo es mucho más vivo?

-Sí. El periodismo tiene que estar supeditado a la actualidad. Lo único que me ha enseñado el periodismo es que se tiene mucho ganado para que te lean si escribes sobre algo de lo que esté hablando la gente.

-¿Es verdad que la mejor literatura es la que se hace en los periódicos?

-Esa teoría, que a mí me conviene, la han dicho unánimemente personas que tienen mucho crédito como Miguel Delibes. El columnismo vive una nueva Edad de Oro.

-¿Pero es comparable a la época de González Ruano o Gómez de la Serna?

-De esa generación he aprendido mucho: de González Ruano, Pemán, Eugenio Montes, Rafael García Serrano o De la Serna. Mucha gente me enseñó. Un artículo tiene que tener un punto de ligereza, pero eso no significa que se trate de un tema baladí. Se puede leer en el autobús, en el metro o en un sitio con poca luz. El artículo es como una carrera de 100 metros. La prueba es que hay grandes maratonianos y enormes novelistas o dramaturgos que no saben hacerlo.

-¿Qué máquina de escribir utiliza?

-Escribo 34 renglones en una máquina antigua con 60 espacios, en Hispano-Olivettis que ya se me desguazan. Acaban de regalarme una máquina vieja que me viene colosal, porque en la anterior ya hacía mucho tiempo que no marcaba ni la “e” ni la “d”. Por mi culpa, no escribo ni siquiera con máquina eléctrica. Me temo que a partir de ahora las máquinas de escribir habrá que comprarlas en los anticuarios.

-¿Lee a los poetas y narradores actuales?

-Soy mucho mejor lector que escritor. Leo constantemente. Por obligación y devoción.

-Nunca ha escrito una novela. ¿Le impone demasiado respeto?

-No, es un género que nunca lo he intentado. En la vida no he hecho nada más que versos y artículos.

-¿Ha recibido ofertas de editoriales para publicar novelas?

-Sí, pero el artículo tiene la ventaja que se puede incluir todo. Es un género híbrido en el que puedes participar de la narración y también del ensayo, aunque no debe ser ninguna de las dos cosas, pero cabe de pronto contar historias o añadir elementos biográficos. Al columnista, si tiene cierta edad, se le permite cierto subjetivismo. La gente se familiariza contigo y puede ser hasta divertido.

-¿Considera que está en decadencia el reporterismo?

-Creo profundamente que la entrevista y el reportaje son los géneros superiores del periodismo. ¿Qué hubiera supuesto que alguien hubiese entrevistado a Quevedo o Góngora? Sartre ya decía que el reportaje era el género de nuestro tiempo.

-¿Y no echa de menos las crónicas deportivas en el diario “Marca”?

-¡Claro! Ahí sí que disfruté con los tiempos de Urtain, de Pedrito Carrasco o Durán. Fue un época magnífica que me permitió viajar por todo el mundo. He hecho un periodismo muy urgente. La principal característica del periodismo es la velocidad. Eso lo viví muy bien cuando cubrí el combate entre Cassius Clay (mas tarde Muhammad Alí) y Alfredo Evangelista. Media hora después de acabar el combate tenía que estar mi crónica en “Marca”.

-¿Es verdad que descubrió el Mediterráneo cuando vivía en Madrid? ¿Se valora más el mar cuando se tiene lejos?

-Desde niño el mar ha sido una obsesión y un amigo. Con meses ya me llevaban a los Baños del Carmen de Málaga. En Madrid he tenido mucha nostalgia del mar. Muchas veces viajaba a Málaga nada más que para ver el mar y volverme inmediatamente a Madrid.

-¿Qué le aportó Madrid?

-A Madrid le tengo gratitud. Madrid no es rompeolas, sino que es una playa para todo el mundo. Nadie te pregunta de dónde eres y nadie sabe ni la bandera autonómica. En Madrid he vivido muchos años, e incluso todavía conservo casa, en la calle General Moscardó, muy cerca andando del Bernabéu. Pero nunca perdí el contacto con mi tierra. Yo pertenezco a Málaga.

-El lunes se cumplió el 25 aniversario de la muerte de Franco ¿Por qué nunca opinó del dictador?

Cuando murió Franco ya llevaba escrito 6.000 artículos. Nunca en mis artículos había pronunciado ese nombre, pero luego tampoco lo he denigrado. He escrito en periódicos donde era habitual el halago, como el diario “Arriba”. Inmediatamente después de la muerte (de Franco) tuve ofertas para escribir en contra, pero tampoco me pareció elegante. Y ahora tampoco. Pero sin libertad es muy difícil escribir. Te tienes que refugiar en el estilismo y hacer pura literatura. Eso está bien, pero no siempre.

-¿Entonces, se escribía mejor contra Franco?

-Yo escribo mejor sin.

-¿En qué redacción de periódico se sintió mejor?

-En “Marca”. Era una generación de deportistas, gente muy sana y no había ni políticas ni historias. Uno había sido campeón de piragüismo, otro de natación… Allí he tenido los mejores amigos. Había una generación muy formal, pero etílica. Ya se ha acabado ese periodismo bohemio de los sesenta. Esperábamos tomando copas hasta que saliera el periódico, a eso de las cuatro y media o cinco de la madrugada. El periódico manchaba de tinta y nos llevábamos un ejemplar del día siguiente. En los talleres era obligatorio botellines de leche para anular las sales del plomo.

-¿Se sigue levantando tarde?

-Me levanto cuando puedo. Me acueste a la hora que sea, siempre nueve horas después de haberme acostado.

-¿Es Umbral el mejor columnista?

-Aparte de buen amigo, Umbral es magnífico. Y muy prolífico. También hay otros grandes escritores de periódicos.

-¿Le gusta dar consejos?

-De aconsejar no me atrevo. Si tuviera un buen consejo me lo daría a mí.

-¿Piensa escribir hasta el final?

-Pienso escribir siempre. Para mí no existe la jubilación. A mí me jubila una trombosis o una cosa así. Tengo la suerte de hacer coincidir lo que me gusta con lo que me gano la vida.

VOLVER índice