Discursos

En esta sección se recogen discursos, manuscritos y prólogos escritos por Manuel Alcántara a lo largo de su trayectoria profesional.

Índice.:

Si mal no recuerdo (La Málaga de mi infancia) (extracto de Málaga Nuestra)

Pregón de Navidad (20/12/1972)

Callados, pero despiertos (05/1998)

Discurso inauguración cursos de verano de la UMA (07/2008)

Discurso de agradecimiento por el Premio Romero Murube (10/2009)

Prólogo de “La vida a tragos” de José Luis Peñalva (2010)

Prólogo de “Cambio de era. 70 artículos y 1 poema” de Francisco J. Carrillo (2014)


“Si mal no recuerdo (La Málaga de mi infancia)”

 

por Manuel Alcántara

El abuelo tosía mucho. Por otra parte, era lo único que hacía, siempre en aquel sillón de madera con el asiento de anea. Un sillón rústico y sólido, pintado de un negligente color azul, un poco intempestivo. Un color que nunca fue propio de los sillones. Sólo dejaba de toser el abuelo cuando fumaba, pero nada más apurar el cigarro, de infame picadura, que él mismo liaba y ensalivaba; reemprendía su dedicación exclusiva. No puedo decir que su tos fuera inconfundible ya que no podía confundirla con ninguna otra. En mi vieja casa de la calle Lagunillas no tosía nadie: ni mi abuela, ni mi tía María, ni mi tío, ni mi padre, ni mi madre…

Nunca le tuve un cariño especial al abuelo. Había sido un buen cazador, magnífico bebedor de aguardiente, según los anales de la familia, pero ya estaba sonado, quieto en aquel sillón cómodo y absurdo, como algunas convicciones religiosas. Además, a veces me llamaba Bartolomé. Al parecer, tuvo un hermano que se llamaba así, al que quería mucho y murió muy joven. Se conoce que, en la bruma de la vejez, se le venía a la desvencijada cabeza el hermano aquel que murió pronto. No como él, que estaba allí, viviendo o durando, frente a un balcón por donde entraba el sol vitalicio de Málaga.

Frente a otro balcón estaba yo, siempre a lomos de un caballo de cartón, enjaezado de lo mismo. Los juguetes de los años treinta pinchaban. Eran todos de lata, salvo los camiones de madera, con su conductor hierático, siempre de perfil, y un rostro muy parecido al del ex ministro señor Boyer. Yo prefería los briosos caballos de cartón y todos los años le pedía uno a los Reyes Magos, que, justo es decirlo en su triple honor, no me fallaron nunca. Llegué a tener un hipódromo. Si bien los caballos de cartón son los únicos que he montado en mi vida, nadie puede dudar de mi vocación de jinete.

Bartolomé parece tonto —dijo el abuelo, entre tos y tos—, se pasa las horas muertas subido en el caballo.

No me gustaba jugar en la calle. Prefería las cabalgadas de cartón frente a aquellas persianas verdes por donde se colaba el sol dejando en los ladrillos un morse de puntos y rayas que fue el primer alfabeto de mi infancia. Yo era un niño tímido y flaco y ahora no soy ninguna de las tres cosas. Bastan sesenta y tantos años para cambiar a cualquiera.

Cuando yo era flaco, tímido y niño, Málaga tenía unos 180.000 habitantes. Quiere decirse que mi presencia no era necesaria. Al menos, no era estrictamente indispensable. No se sabe por qué, pero en Málaga siempre da la impresión de que sobra gente. Basta transitar por la calle Nueva para que uno sospeche que hay personas que están repetidas. Para situar estos recuerdos debo referirme a cómo estaba la situación. En aquel entonces, que a mí me parece que fue ayer, pero no fue ayer, sino en 1928, sólo hacía siete años de la terminación del pantano de El Chorro, nuestro Cañón del Colorado con barandillas. Y sólo cinco desde la inauguración de la Fundición de Plomo de los Guindos. Y dos desde que empezara a publicarse la revista Litoral y desde que empezaron los problemas de la Industria Malagueña Textil, más conocida entre nosotros como la Téxtil, que aquí echamos mucha amenidad a los acentos y a nadie se le ocurre jugar al dominó, sino al dómino, que es más divertido.

Había cada año 1.750 nuevos malagueños. La tasa de natalidad era del 30,5 y la mortalidad, del 21,6. Crecía la ciudad, por lo tanto. Las reformas urbanas en tiempos de don Miguel Primo de Rivera inflaban y degradaban los barrios, pero eran irremediables. La renta per cápita estaba muy por debajo de la bajísima media nacional y las ocupaciones de nuestros paisanos, también a nivel provincial, se distribuían de una manera que no conduce directamente al progreso: el 59 y algo por ciento se dedicaba a la agricultura, el 20 y pico a la industria y más del 19 a los servicios. Lo peor era el analfabetismo. Entre los años 20 y 30, daba Málaga un 73 por ciento, mientras la media nacional era del 43, que ya está bien. Nadie puede decir que no hayamos ido a mejor, pero los cálculos actuales son equívocos, ya que ahora hay muchos analfabetos que saben leer y escribir.

He dicho que pertenezco a la cosecha del 28. Nací un 10 de enero, martes, a las siete de la mañana, que no son horas para que un desconocido se presente en casa de nadie. En aquel remoto mes de enero pasaron muchas cosas, como es natural. Charlot estrenó El circo, a Trotsky lo expulsaron de Moscú, debutó en España Carlos Gardel, murió Blasco Ibáñez y, en los Estados Unidos, Paulino Uzcudun le ganó por K.O. a Pat Lester. Andando el tiempo, que no sabe estarse quieto, traté bastante a Paulino. Era brutísimo. Se apoyaba en una garrota, estrujaba limones enteros apretándolos con una mano hasta que desaparecían por completo y hablaba mal de todos los boxeadores españoles, salvo de Ignacio Ara. Se le entendía poco. Su idioma era una mezcla de vasco de caserío, inglés de América y español de gimnasio. Sonreía con mucho oro en la boca, como si masticara relojes, habría dicho Ramón Gómez de la Serna. Se había enfrentado a siete campeones del mundo y era Uzcudun. El gran Paulino Uzcudun.

Intento una memoria personal, sin el rigor de mi amigo Julián Sesmero, que tanto ha hecho y hace contra el olvido malagueño. Recuerdo la obsesión de mi madre, de todas las madres. A la salida del cine decían:

Tápate la boca, niño.

Por el contrario, en la casa, decían:

Niño, abre la boca.

Bastaba una ojeada para el diagnóstico.

Tienes el estómago sucio.

A los niños de antes de la guerra nos ponían muchas lavativas y, sobre todo, nos purgaban mucho. El purgante de mayor éxito en Málaga era el agua de Carabaña, que producía un escalofrío peculiar, desde la nuca a los talones. Era mejor tomarlo de un trago que a sorbos, pero también era imposible hacerlo. Cuando no nos purgaban era porque estábamos constipados y entonces había que aplicarnos yodo en el pecho, en simétricos barrotes. Allí se quedaba el tratamiento, como una reja herrumbrosa adherida al esternón, hasta que el resfriado se pasaba por su cuenta. En el colegio, antes de aprender nada, era preciso trazar interminables hileras de palotes bien alineados y, sobre todo derechos, muy derechos. Con plumas marca La Corona todos los escolares de entonces éramos Perico el de los Palotes. Sólo cuando ya habíamos hecho kilómetros de rayitas en los papeles pautados nos consideraban dignos de hilvanar la caligrafía, de cantar a coro la tabla de multiplicar y de distinguir en los mapas de hule las satinadas provincias españolas, cada una de un color, como ahora con las autonomías. Los curas de entonces, por lo menos los reverendos padres agustinos, eran partidarios de los castigos corporales y nos ponían de rodillas por hablar en clase. A veces sólo de rodillas; otras, de rodillas con los brazos en cruz; otras, de rodillas, con los brazos en cruz y con un libro en la palma extendida de cada mano. El libro solía ser uno titulado Tesoro de conocimientos útiles, de contenido absolutamente estúpido, pero muy gordo. Aquellos pedagogos, que Dios haya perdonado, eran todos viejos, va que la Orden, piadosamente, destinaba a Málaga, por su glorioso clima, a los que estaban a punto de cascar. Procedían, casi siempre, de Castilla, y se llamaban, por lo general, con nombres terminados en -ino: el padre Maurino, el padre Saturnino, el padre Victorino… Ya se sabe que hay pueblos donde a los recién nacidos se les impone el nombre del santo del día. Caiga quien caiga.

En los exiguos minutos destinados al recreo jugábamos en el patio del colegio a la pelota, como los niños de todas partes, y a una cosa muy aburrida, llamada “el salto del palo”, no sé por qué. Consistía en hacer sucesivamente de potro y de atleta que salta el potro, sin ser ninguna de las dos cosas. A la puerta del colegio se vendía regaliz, que era como la semilla del árbol de la negritud, altramuces de boca de pez, chufas y caramelos, que duraban poco. En las casas jugábamos con soldaditos de plomo que tenían uniformes de la primera guerra mundial. En aquel tiempo había freidurías de pescado y más coches de caballo que coches. Los basureros venían en un carro tirado por un burro y a los enfermos muy graves se les llevaba a casa el viático, lo que no sé sí les daba mucha moral. En las calles nos divertíamos clavando perras gordas de cobre venenoso en la cañadú o guerreando con otras tribus párvulas sin más armas que las cerbatanas que disparaban certeros huesos de almensinas. Más emocionantes eran las pedreas, pero producían muchas bajas.

En mi casa se rezaba el rosario todas las tardes. La culpable era mi tía María, que arrastraba con su afición al resto de la familia. Era la persona más buena que he conocido en mi no corta vida, pero, naturalmente, no por eso.

Vamos a rezar el rosario —decía, con una sonrisa que usaba siempre que se dirigía a alguien.
Pero, tita, ya me han hecho rezarlo en el colegio.
No importa —decía, con toda la dulzura del mundo y con alguna que no era de este mundo.

Estaba convencida de que repetir avemarías y más avemarías no perjudica a nadie.

Se llevaban mucho las visitas. Y a veces venía don Antonio, que me regalaba anises.

Joé, qué día. Hace frío hasta en la calle —decía don Antonio.

Por aquellas fechas me confirmaron. El catecismo Ripalda aseguraba que entre una persona que estuviera sólo bautizada y otra que, además de haber recibido el bautismo, estuviese confirmada, iba la misma diferencia que entre un niño de pecho y un varón fuerte y robusto. Falta me hacía, porque era bastante enclenque. Acudimos en manada a la Catedral todos los niños del colegio y nos confirmó el señor obispo, cuyo nombre también terminaba en -ino: don Balbino. Tenía pinta de buena persona y un rostro que me recordó a las tortas de Algarrobo.

Un día hubo en la casa un revuelo inusual.

Han matado a Flores Arocha.

A mi abuelo le dio la tos cuando iba a decir algo. Mi abuelo dijo que no se trataba de un bandido generoso, sino de un tipo sórdido que había asesinado por cuestiones de herencia y por venganza. Lo cierto es que era el último bandolero con leyenda de la serranía y yo deploré que se lo hubiera cargado la Guardia Civil. Claro que, sesenta años después, la Benemérita se hubiera apuntado otro tanto si se carga, en el buen sentido de la palabra, a Roldán.

Mis momentos más felices en la primera infancia, o sea, hasta que supe que no eran los Reyes Magos los que me regalaban mi anual caballo de cartón, los pasé en los Baños del Carmen. Recuerdo la pizarra, a la entrada, donde se advertía la temperatura del agua. Recuerdo al bañero que me enseñó a nadar. Se llamaba Pedro. Era un hombre alto, fuerte, lleno de dignidad, que hablaba lo imprescindible. Me anudaba a la cintura unos corchos, como cartucheras, y no me quitaba ojo. ¡Ay, mi cintura de corcho en los Baños del Carmen! Un día de temporal tuvo que salvar a un bañista, el único que se atrevió a meterse en el mar, para presumir ante la zona de caballeros y para lucirse ante la zona de señoras, que entonces los sexos bañistas estaban separados por un tabique de madera. Lo pasó mal Pedro para rescatar de las olas a aquel remoto gilipollas. Me acuerdo de cómo lloraba su vieja madre cuando, jadeante, lo depositó en la orilla.
También me llevaban alguna vez a los Baños de Apolo, que eran como un salón con el suelo de agua. Un trozo del Mediterráneo recluso, entre maromas. No se podían comparar ni los de Apolo ni los de La Estrella con los Baños del Carmen, que era el sitio mejor para ver delfines y a mí lo que más me gustaba era ver los delfines y los cucuruchos de patatas fritas, calientes de sol malagueño, a la salida.

¡Delfines!, ¡delfines! —gritaba todo el mundo.

Dicen que los delfines son los perros del mar. Yo ignoraba entonces que tuvieran un lenguaje y que los miembros más jóvenes cuidaran a los que llevaban más tiempo mar adentro. En recuerdo de aquellos delfines de mi niñez tengo ahora un ex libris con dos delfines, sacado del retablo principal del palacio de Knosos, que se conservan en el Museo de Heraclio, allá en Creta.

A los tranvías se les salía el trole y obligaba al conductor a apearse para ensartarlo de nuevo en el aéreo raíl. Llevaban aquellos tranvías amarillísimos un trozo de playa. Arena dorada junto a la manivela de reluciente cobre.

No sé qué tendrá el verano —decía un señor que viajaba en la plataforma— que le gusta a uno hasta su mujer.

Por las calles había mucha gente practicando sus nobles oficios: paragüeros, lañadores, afiladores. Oficios perdidos, como recoveros y cosarios… También había mucha gente que no hacía nada. Por lo general se refugiaba en los establecimientos conocidos por La Campana, culpables de que haya tantos paisanos nuestros absolutamente groguis. La mezcla de vinos oriundos, con su cariñoso sabor a pasa, con otros más secos produce efectos devastadores y explica por qué hay malagueños que van por la calle regañándole al aire. Pero lo que realmente confería personalidad a las calles de entonces eran los pregones.

Niña ¡pa el chupa y tira!
Niña ¡las coquinas!
¡Hules y plumeros!, ¡tapetes de hule! —gritaba un hombre envuelto en su propia mercadería.

Una mujer que vendía muñequitas de barro estimulaba su adquisición ponderando su fácil mantenimiento.

¡Niña, que no se viste!, ¡niña, que no come!

Ni que decir tiene que el “niña” era un tratamiento genérico, independiente de la edad de la presunta compradora.

El “Arrojaíto” gritaba por las esquinas.

¡Gloria y orgullo de los pintores malagueños!
¡Llévate el matrimonio, niña!

El “matrimonio” lo formaban el perejil y la hierbabuena.
Había un pregón sintético y conminativo:

¡A los frescos!

Todo el mundo entendía que se trataba de chumbos, “gordos y reondos”. En cambio, en los puestos de “asandías mu coloras”, el pregonero hacía constar el triple servicio que prestarían:

¡Se come, se bebe y se lava uno la cara!
¡El aseo del pirulo!

Consistía en un palitroque y una redecilla, unidos por un cordel, para impedir que los insectos se colaran en el botijo.

¡María, la sal molía!

Una manera muy poética de pregonar las biznagas era gritar “Se vende olor”. También había una mujer en el Parque que vendía, a perra chica, “agua tierna”. En cambio, alguien chillaba ofreciendo comprar “dentaduras postizas, galones de militares y cosas de ‘dublé’”, que no sé qué será o qué sería. También recuerdo al vendedor de “lanzaeras y canillas”, al que ofrecía “aceite pa las máquinas”, supongo que sería para las máquinas de coser, ya que la Singer fue nuestra única revolución industrial, y al que compraba “plata, oro, zarcillos y monedas falsas”. De todos modos, el vendedor callejero más infatigable era el “Percha”. Resonaba por las bocacalles su grito castrense: “¡Persch!”, “Perchchchs!”
No puedo asegurar haberlo visto, pero el caso es que lo recuerdo: había un tipo que iba con un reloj colgado del pecho mediante una guita, que enarbolaba un hueso de jamón con bastantes adherencias frente a los balcones pobres. Lo alquilaba por minutos estrictamente controlados y su pregón parecía el título de un libro de Zubiri:

¡Sustancia!

Nadie cree que cualquier tiempo pasado fuese mejor. Ni don Jorge Manrique, gran poeta y excelente hijo, al que siempre se cita mal, omitiendo el verso anterior: “como a nuestro parecer cualquier tiempo pasado fue mejor”, o sea, qué equivocados estamos para creer tal cosa.

En las casas normales de aquella Málaga de mi niñez no había cuartos de baño. Tampoco había papel higiénico. Su misión la cumplían los periódicos atrasados (mi tía recortaba las cruces de las esquelas). En cambio, había lebrillos, barreños, balanzas, pesas… todas las casas eran como la Casa de Bernarda Alba y todos los entierros eran como el entierro de Espartero, con muchos caballos negros, con negros atalajes y negros plumeros.

En la puerta de mi casa se paraba diariamente un cabrero con su hato. Mi abuela bajaba con un cacharro de aluminio bastante grande y le ordeñaban una cabra muy sensata, que no oponía resistencia. A la abuela, que vivió noventa y muchos años y jamás se puso una inyección, le gustaba la leche de cabra y el aguardiente Machaco, pero sólo abusaba de la leche.

Han matado a Calvo Sotelo —dijo mi tío, demudado, nada más entrar por la puerta.
¿Quién es Calvo Sotelo? — preguntó mi abuela.
Pero, madre, ¿no sabe usted quién es Calvo Sotelo?

En aquel tiempo los hijos hablaban de usted a los padres y a las madres, que sólo se dejaban tutear por los nietos.

¡Ah!, sí; el político ese…
La que se va a formar —dijo mi abuelo, llevándose la mano a la frente. Luego tuvo un golpe de tos.

Cuando se le pasó, volvió a repetirlo:

La que se va a formar.

Recuerdo aquellos dedos amarillos de nicotina en la frente y aquel gesto como de soplar una vela invisible.

Y se formó. Vaya si se formó. Ya no me decían que hiciera “mandados”: Dos pesetas de jamón, jarabe para la tos del abuelo, ruedas de tejeringos ensartados en un junco, que venía a ser como la pulsera de los desayunos…

Se acabaron los artesanos helados caseros, que se hacían a brazo, en una especie de barril con manivela de organillo, y sal, mucha sal. Primero se acabaron los helados, o sea, el postre, y luego la comida propiamente dicha. Las papas se convirtieron en un remoto tesoro dorado y fueron sustituidas por las papas de menta, que eran como el moco de King Kong, o bien por las batatas. Odio las batatas desde entonces. Se comían fritas, que no es lo suyo. El pan nuestro de cada día fue ignominiosamente suplantado por unas bolas amarillas de maíz pensativo o bien por un apócrifo bollo blanco, más pesado que el libro Tesoro de conocimientos útiles. Recuerdo la emoción que suscitaba el gazpachuelo, más que nada por saber a quién le tocaba la clara. Un fragmento de clara.

Había gente que comía menos que nosotros, a juzgar por su aspecto. Recuerdo que una vez tiré desde el balcón una piel de batata, que era como un trozo de sequía o unas sílabas de elefante, y algunos niños del barrio se la disputaron con ahínco. Había empezado la más incestuosa de las guerras. Eso era todo. Ni aquellos comensales ni yo sabíamos aún que toda guerra en Europa es una guerra civil. Tampoco sabíamos, ¿cómo íbamos a saberlo?, que, a la larga, las guerras civiles las pierden los dos bandos.

¿Sabes a quién le han dado el “paseo”? A don Antonio.

El “paseo” consistía en sacar a alguien de su casa y matarlo en el camino, preferiblemente en las tapias del cementerio, quizás para ahorrarle el trayecto. Sentí mucho que le dieran “el paseo” a don Antonio, que era el señor amable que me regalaba anises. Ya no iba por la casa el santero, un tonto terminal que llevaba una imagen en una caja de madera, acristalada en su frontal, y la dejaba allí unos días, previo pago de su importe. En cambio, venían más pobres. No se les daba ya pan duro, porque no había pan. También venían desconocidos, a practicar registros. A mí me parecían personas desagradables, quizá por su indumentaria, con pañuelos anudados al cuello, quizá porque empuñaban fusiles Mauser, quizá por la seguridad con la que entraban.

Una ventaja tuvo la guerra para los llamados “niños de la guerra”, que somos los viejos de ahora: no había que ir al colegio. No era necesario confesarse con aquellos curas que mostraban un exagerado interés estadístico.

¿Cuántas veces?

Nadie llevaba la cuenta. De niño no se llevan esas cuentas. Todavía, de mayor…
Empezaron a bombardearnos la infancia. Recuerdo el día de los “nueve aparatos”. En Málaga se llama “aparato” a todo lo que funciona, ya sea un teléfono —”al aparato” decía el que descolgaba un auricular—, ya sea un avión. Los cañones antiaéreos disparaban siempre alrededor de los aviones y le inventaban al cielo malagueño unas leves nubecillas blancas que se disolvían muy pronto. Nunca vi derribar un avión, ni de García Morato ni de ninguna otra escuadrilla.

Lo más avanzado en materia de fortificaciones eran los refugios. Cuando empezaban los bombardeos había que bajar al “refugio” y aglomerarse en el piso bajo, entre sacos terreros.

Qué mal se llevan los mayores —pensaban mis ocho años en alpargatas, porque todos llevábamos alpargatas, bien de suela de cáñamo, bien de suela de maloliente goma negra. Así que mi infancia, además de bombardeada, estuvo recauchutada.

Mi familia se agrupaba por las noches para oír por la radio, que era como un confesionario liliput, con una tela de saco sobre el dial, las charlas de Queipo de Llano. A veces le echaban una manta a la radio, para que no se oyera nada fuera, y metían la cabeza, como si estuvieran haciendo inhalaciones. El general cantaba victoria antes de tiempo y hacía pareados malísimos: “El miliciano Remigio, que para la guerra es un prodigio”. O chistes basados en la ambivalencia fonética de alguna palabra: “La flota marxista, que flota de milagro’”…

A mí me daba igual lo que dijera aquel señor. Lo que me molestaba era ir a las colas para que me dieran un puñadito de azúcar envuelto en papel de estraza, o unas lentejas habitadas, o un trozo de jabón Lagarto. Aquellas preciosas tiendas de antes se habían tornado sombrías, con papeles engomados donde quedaban adheridas las moscas. Desaparecieron las barricas de arenques adosados, de oro y de sombra, como un retablo hecho astillas. Desaparecieron los estandartes salobres de los bacalaos que pendían del techo y desaparecieron los aceites de distinto color, que subían y bajaban en aquellos cilindros de cristal que se manejaban con émbolos. Desapareció todo. Hasta los palmitos y las gaseosas de bolita. Unas bolitas con las que jugábamos en la plaza de la Merced Antonio Olmedo y yo, camino de nuestro barrio. Las colas. No conozco a nadie de mi generación que se haya vuelto a poner en una cola. Ni para el cine, ni para el fútbol, ni para nada. El odio a las colas es un rasgo de los “niños de la guerra”.

Perdieron los llamados rojos. Ganaron los llamados nacionales. Los “paseos” se sustituyeron por juicios “sumarísimos” y se siguió matando. Combate nulo, según los historiadores. Españoles todos. No hay que extrañarse.

“El día de la entrada de las tropas”, tan célebre como “el día de los nueve aparatos”, me llevaron a las cercanías del jardín de los monos, donde habían transcurrido, al parecer, mis dos primeros años de vida. (No llegué a conocer más que a un mono, que tenía una mala leche enorme, pero justificada. Los niños sustituían los caramelos por piedras, cosa que le decepcionaba mucho. Su venganza consistía en quitarles las gafas a las personas que se acercaban demasiado y machacárselas celéricamente. Decía que me llevaron a las proximidades del jardín de los monos a presenciar la entrada del Ejército vencedor. Llevábamos banderitas y saludábamos con ellas a los moros y a los italianos. Mi hermano, que tendría unos dos años, era el único niño gordo de Málaga y recuerdo que los soldados triunfadores le hacían carantoñas a su paso. También recuerdo, como si lo estuviese oyendo ahora mismo, que mi tío Pepe dijo:

Yo no creía que los tanques pudieran ir a esa velocidad.

Yo tenía dos tíos Pepes, el de las matemáticas, que fue el que dijo eso de los tanques, y el de la farmacia. Los dos eran buenísimos, pero entonces uno era el bueno y el otro el malo, ya que uno fue alférez provisional y el otro fue masón, que ahora es como ser del Betis, digamos, pero entonces tenía mucha importancia: nueve años lo tuvieron en la cárcel, des-pués de haberles dado tantas medicinas gratis a los pobres del Perchel. La vida.

En muchas casas habían enmarcado el último parte de guerra: “En el día de hoy, cautivo y desarmado…” Fue un best-seller. Estaba en las paredes de muchísimos comedores. Se debió de hacer una edición enorme. Y allí se quedó, junto al famoso cuadro de la cena, de lata y relieve, donde a ningún apóstol se le veía el cogote. Todos daban la cara y judas, para su más fácil identificación, tenía trincada la bolsa con la pasta. Era la posguerra infinita. Al sur de las cartas oficiales se hacía constar el número del Año Triunfal, pero comer seguía siendo un triunfo. La palabra que más sonaba era “estraperlo”. También sonaba mucho la palabra “denuncia”. Se empezaba a hablar del Atlético de Aviación y en voz baja, de los “maquis” que yo no sabía quiénes eran. Había una cuestación llamada “la ficha azul”, se inventó la Lotería Patriótica. Los niños leían “Flechas y Pelayos” y las niñas soñaban con una muñeca llamada Mariquita Pérez. Se fumaba Diana, Tritón, Bubi y un tabaco que ni siquiera tenía nombre: se llamaba “20 cigarrillos superiores al cuadrado”. No se hacía constar a qué otra marca eran superiores. Había monedas de cinco y de diez céntimos y las pesetas eran de papel. Cuando podíamos, comprábamos pitillos sueltos, solicitados por sus nombres de pila: Four Haces, Luki Estriqui, Clíper Player Navicut… Lo he recordado en otra ocasión. También cuando se podía, nuestros padres nos llevaban a un establecimiento llamado El Águila, donde vendían ropa tamaño mocito.

La memoria es una abeja muy terca y recuerdo haber recordado a Flash Gordon: era mi héroe. Y al agente X-9. En las casas entraba una revista alemana con nombre de dentífrico y temática guerrera: “Signal”. En la radio sonaba un himno italiano que hablaba de Adid-Abeba, bella Abisinia. Y en los noticiarios de la Fox -Fox Movietone, decíamos- aparecía un boxeador de abundante brea, Joe Louis, tumbando blancos en el primer “round”. Cogí el tifus. Me pelaron al cero. Al niño flaco todo se le vuelven pupas. Total, que me inflaron de Polígala, Lacteol y de Ceregumil etiqueta negra.

Se inventó un peinado de mucho empaque llamado “Arriba España” y se inventó la tarjeta del fumador. También el día del “plato único”. Resurgieron las mantillas, se anunciaban las “pilules Orientales”, que eran el “bonderbrac” de la época, y el traje de baño de las mujeres era de una sola pieza, con sobrefalda. Los niños también teníamos que cubrirnos el inocente pecho, donde el ostensible costillar era una especie de jaula para encerrar todas las cartillas de racionamiento. Fueron los años de máxima popularidad de Carpanta, un soñador de pollos asados para un pueblo. Las madres se ponían plantillas en los calcetines demasiado zurcidos y por la calle era rarísimo encontrarse a alguien que no fuera de luto: un brazalete, una corbata, el pico de la solapa… Se volvían del revés los abrigos, que dejaban una ignominiosa cicatriz de imposible camuflaje donde antes estuvo el bolsillo. Y se volvían del revés las convicciones de muchas personas que acudieron en socorro del vencedor, que decía Napoleón. Las mujeres llevaban hábitos, casi siempre marrones, de Nuestra Señora del Carmen. Habían hecho promesas, algo que ahora sólo hacen los políticos.

Los coches llevaban gasógeno, una especie de joroba de metal. La Alcazaba estaba en ruinas y no por culpa de los bombardeos, sino porque don Juan Temboury aún no había acometido su restauración. Todos los malagueños mayores sabemos que la Alcazaba está así desde lo que pudiéramos llamar “in illo Temboury”. Los niños del curso superior nos invitaban a asomarnos, prudentemente, a la calle Canasteros, donde había unas mujeres con muy esca-so sentido de la reserva. Los niños del colegio venían a mi casa a ver desde los balcones el boxeo que daban en un solar de enfrente.

Iglesias, Ruifer, Piña…

De ahí mi afición.

Jugábamos al fútbol en el Lejío, que aún no era El Ejido, y jugábamos a los botones en la mesa del comedor. El balón era un botón de la camisa y a los jugadores, o sea a los botones de los abrigos, les poníamos los nombres de los futbolistas. Un ejercicio de pulso y púa. Como para muestra basta un botón, recuerdo a Arzanegui, de la cantera del abrigo del padre de Manolo del Campo…

El Malacitano se empezaría a llamar Club Deportivo Málaga, dos nombres perdidos. Reapareció el “Percha”, empeñado en que los malagueños colgaran los trajes que no podían comprarse, y reapareció Matías, resumiendo en su zapatazo final todos los desfiles triunfales que habíamos visto. Otros personajes populares eran el Tirataí y el Putopedro, por mal nombre. Los cines elegantes, el Echegaray y el Goya, nos estaban vedados por razones económicas, pero teníamos las “matinés” del Málaga Cinema. Allí aplaudíamos a Ken Maynard y a Buk Jones —Buk jones y su hermano Paco. Paco Jones, decían los niños—. Y teníamos el Excelsior. En el cine Excelsior se formaban grandes trifulcas, porque desde la zona alta se arrojaban cosas a los privilegiados espectadores de las butacas de patio. A veces había que suspender la proyección y encender las luces. Subía un acomodador a reprendernos con unas implacables zetas malagueñas.

Que zea la úrtima ve que en este zine ze escupe a un caballero.

Un día hubo en la casa otro ambiente extraño, como cuando estalló la guerra. El abuelo había dejado de toser. No hay jarabe para la tos más eficaz que la muerte. Allí estaba, en su cama, con un crucifijo entre los dedos amarillos. Llegó el director del colegio de San Agustín.

Está aquí el padre Saturnino —me dijo mi madre.
Manolo ya es un hombrecito —dijo el padre Saturnino—, que venga aquí y le rece un padrenuestro a su abuelo.

Recuerdo fijamente la vergüenza que pasé rezando de rodillas y en alta voz un padrenuestro por el abuelo, entre vecinas compungidas y llantos familiares. Era el primer muerto que veía, después de oír hablar de tantas muertes en los partes de guerra. Me di cuenta de que los muertos no parece que estén dormidos: parece que están muertos. Muchos años después, mi inolvidable maestro César González Ruano me diría que los muertos tienen cara de preocupados. Sí. Mi abuelo tenía cara de preocupación. En ese momento creo que se acabó mi infancia, esa infancia que en vano he tratado de rememorar para ustedes, queridos amigos, hermanos en Málaga. Sí. Seguro que ahí se acabó mi infancia. Lo que no es seguro es que la infancia se acabe nunca.

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“Pregón de Navidad”

 

por Manuel Alcántara (Madrid, 20 de diciembre 1972)

De orden del señor Alcalde se deriva la presencia de este terco aprendiz de poeta que viene a pregonar, a los cuatro vientos de los Madriles varios, la Navidad de 1972. Una benévola orden que el pregonero acata porque sus temores ciertos pesan menos que su gratitud a la ciudad. Que sea yo el pregonero de estas fiestas prueba, en primera instancia, la generosidad de quien eligió y, en otras, algo que con frecuencia se olvida: el perpetuo ademán hospitalario de Madrid.

Hace un cuarto de siglo, más o menos, vino a la Villa y Corte un muchacho de Málaga, igual que vienen muchos miles de muchachos de cualquier otra latitud: para comprobar que Madrid no es el “rompeolas de las provincias españolas”, sino su acogedor playerío. Una ciudad de todos, que por esa costumbre suya de tener las puertas abiertas de par en par ha conseguido que casi no quepamos en ella. Por ser de donde es tenía conquistado el sol y no pensó nunca en la conquista de la Puerta del Sol. Solo en vivir, esa asignatura que tan difícilmente se aprende…

Han pasado veinticinco años y piensa, con el poeta, que su corazón está donde ha nacido, “no a la vida, al amor”. Cada atardecer mira, desde su ventana, el reguerillo turbio del Manzanares, ese río que sirviera para la insigne guasa endecasílaba de los clásicos. Mira las esclusas simenonianas que representan sus caudales volubles y mira un buen número de las torres mil de la ciudad. Ningún árbol plantado en el recuerdo le impide ver el bosque comunitario de la Casa de Campo, y el cerro de Garabitas, y un costado blanco del Palacio de Oriente, y un fragmento de las Vistillas verbeneras. Día a día, lo matritense ha ido penetrándole, junto al paseo que tuviera prados con merendolas y tiene todavía, por junio, jóvenes romeras que van a la ermita hilvanando un amor prendido con alfileres. Han pasado veinticinco años y el pregonero, que fue bautizado en el malagueño barrio del Perchel, tiene una hija bautizada en San Antonio de la Florida.

Se es de donde se nace y de donde se vive. Probablemente también se es de donde se muere, pero no son fechas para hablar de muerte, porque…

Venida es, venida
al mundo la vida.

Un Niño intemporal recién nace cada diciembre. Un Niño que, al decir del anónimo autor del siglo XII, “no quiso nascer con grandes señores”. De aquí a cuatro días se tenderán nuevamente pañales en el romero y la Virgen se peinará entre cortina y cortina. El Niño de siempre, junto al aliento calefactor de la mula y el buey. El zagalejo, de pobre aparejo, prófugo en la noche betlemita, que insiste una vez más, aunque parezca que se ha dormido en las pajas, en traernos su mensaje desoído.

La ciudad, quizá menos alegre pero igual de confiada, ha hecho su anual y casi instantánea repoblación forestal a base de pinos adolescentes. Ha llegado, desde sus colinas, el muérdago, de verdor vitalicio y fruto traslúcido, y el acebo oscuro y silvestre. Todo está dispuesto para que ande, ande, ande la marimorena de la Navidad. Viajan en medio del frío los besugos absortos y se temen lo peor los pavos protagonistas, esos que llevan puesto su propio telón de fondo. Las huertas vuelcan sobre Madrid las lombardas cardenalicias. Y las almendras que no estén destinadas a ser ingrediente fundamental de una sopa islámica vendrán dentro de esos ladrillos dulces y sin huecos que son los turrones. Esos ladrillos con los que se edifica la gastronomía de la Navidad.

Todo el mundo echa la casa por la ventana. Bueno…, no todo el mundo, porque hay mucha gente que no tiene ventana y bastante que no tiene casa.

¡Sin dinero, Buen Amor!
¡Y tu padre carpintero!
¿Cómo vivir sin dinero?
¡Vendedor,
que se muere mi alba en flor!

¡Sin pañales mi lucero!
¡Y sin manta abrigadora, temblando Tú, Buen Amor!
¡Vendedora,
que se muere mi alba en flor!

Como en el villancico albertiano, muchos se preguntan: “¿Cómo vivir sin dinero?” ¿Cómo reconstruir un “belén” en un cuarto de estar cuando no se puede estar en ningún cuarto? Nos es más fácil todo a los que podemos, mal que bien, dedicarle un rincón casero al suceso más influyente de la historia del mundo y poner un “nacimiento” con castillos de corcho y ríos de papel de plata y lagos que fueron espejos. El “belén” de barro y de memoria que se establece debajo de una estrella de purpurina perseguida por su propio rastro. Allí están, entre “predios de musgo y verdín”, los pastores oferentes. Y el risco inverosímil por donde avanza, camino del portal iluminado, la triple monarquía de Oriente: los pródigos reyes de los bazares que traían brillo y olor y bálsamo. Los Reyes Magos, que no eran racistas—Melchor y Gaspar admitieron a Baltasar y Baltasar admitió a Gaspar y Melchor—, y que no eran tan mágicos porque tuvieron que guiarse por una cola de planeta. Los Reyes Magos, que son siempre los mismos, como es el mismo el serrín de los “nacimientos”, ya que todo procede de la madera que carpinteaba José. Dicen que el “nacimiento” lo inventó, allá en Greccio, uno de los pocos hombres que ha llevado el cristianismo a sus últimas consecuencias: san Francisco de Asís. Y de Italia, como el soneto, pasó a España.

A este pobre pregonero le conmueven más los “belenes” pobres. (¿Qué le va a hacer? Siempre le ha parecido más adecuado sitio para arrodillarse el piso de tierra de una iglesia de aldea que el reclinatorio que hay en algunas catedrales para uso de los abonados de las primeras filas.) Tienen esos “nacimientos” algo que no conviene perder del todo: el candor, que no es sinónimo de ingenuidad. Y no es raro encontrarse en ellos una gallina—antepasada del gallo de la Pasión— bastante más grande que uno de esos camellos orográficos que llevan del ronzal los pajes del séquito.

Permitidle ahora al pregonero que reclame la ayuda de sus poetas y les haga comparecer en este humilde “belén” de sus palabras. Solo ellos sirven, verdaderamente, para anunciar la Navidad.

El buen caballero Gómez Manrique, que si no venció demasiados reyes moros en la lírica, tuvo un sobrino que los, venció a todos solo con unas “coplas”, escribió, a petición de su hermana, vicaria en el monasterio de Calabazanos, una representación del Nacimiento de Nuestro Señor. El poeta, que cantaban las monjas del siglo XV, empieza con el diálogo de José y el ángel. Dice José:

¡Oh viejo desventurado!
Negra fue la dicha mía
en casarme con María
por quien fuese deshonrado.
Yo la veo bien preñada,
non sé de quién nin de quanto;
dizen que de Espíritu Santo,
mas yo desto non sé nada.

Y le contesta el ángel:

¡Oh viejo de muchos días,
en el seso de muy pocos,
el principal de los locos,
¿tú no sabes que Isaías
dijo: “Virgen parirá”?
Lo cual escribió por esta
doncella gentil, honesta,
cuyo par nunca será.

El mismo lejano poeta habría de consolar después al Niño, que lloraba aterido:

Callad, Vos, Señor,
nuestro Redentor,
que vuestro dolor
durará poquito.

Es curioso observar el permanente talante de conmiseración, que es la raíz de la lírica navideña a través de los siglos. Más que mística ha producido humanismo. Los poetas saben que están ante el Niño-Dios, pero, de momento, se preocupan del Niño. Que pueda dormir, que se calme el viento, que no haya ruido. Así aquel portentoso madrileño llamado Lope de Vega:

Pues andáis en las palmas,
ángeles santos,
que se duerme mi Niño:
tened los ramos.

Palmas de Belén
que mueven airados
los furiosos vientos
que suenan tanto,
no le hagáis ruido, corred más paso,
que se duerme mi Niño:
tened los ramos.

Y un hermano de Lope, aunque sea un poeta contemporáneo, Gerardo Diego, se preocupa de las tribulaciones de la Virgen esperando:

Cuando venga—¡ay!—, Yo no sé,
¿con qué le envolveré Yo,
con qué?

¡Ay! Dímelo tú, la luna,
cuando en tus brazos de hechizo
tomas el roble macizo
y lo acunas en tu cuna.

Dímelo, que no lo sé,
¿con qué le tocaré Yo,
con qué?

Luis Rosales apaga su casa encendida para que el Niño duerma tranquilo:

¿Tendrá el sueño en tus ojos
sitio bastante?

Duerme, recién nacido,
pan de mi carne;
lucero custodiado,
luz caminante,
duerme, que calle el viento…,
dile que calle.

Dentro de muy poco” habrá un Niño chico conviviendo con el vaho y con el heno. Tendrá frío, mejor dicho, asumirá el frío del mundo. Por eso la poesía de siempre echa las campanas al vuelo—campana sobre campana y sobre campana una—y no le sale la cuenta al pregonero, pero él sabe que la poesía es una ciencia inexacta y sabe también, al oír las campanas, dónde suenan y por qué y por quién. “Cantar de veladores”. Un difícil cantar. Lo que oyen los poetas a veces no es más que un temblor de plumas, un rumor de agua consciente, un soplo en un espejo o un crujido de escarcha soleada. Pero con esas cosas y con amor se hacen los villancicos. Campana sobre campana y sobre campana una. Es bueno asomarse a la ventana de la lírica española para ver al Niño en su cuna. Es bueno acercarse al ancho río de nuestra poesía religiosa para ver cómo beben los poetas en él. Cómo beben y beben y vuelven a beber.

José García Nieto, en el redondo Villancico del reloj, aplica horarios humanos al suceso intemporal:

A la una estaba
la mula
—a las dos—
tan cerquita de Dios
—a las tres—
y velaba José.

A las cuatro
todo el suelo blanco.
A las cinco
la estrella bendijo
—a las seis—
el aliento del buey.

A las siete
que el Niño se duerme
—a las ocho—
en las pajas de oro.

A las nueve
que nadie se lleve
—a las diez—
el tesoro otra vez,
si a las once
ya el mundo conoce
que Dios se ha hecho hombre
a las doce.

Federico Muelas, uno de los más fervorosos y delicados cantores navideños, imagina el diálogo de dos boticarios:

—Y tú, ¿qué le llevarás?
—Pastillas de la tos.
—Poca cosa para un Dios.
—Y jarabe de Tolú dulce, dulce…
—¡Qué poco para Jesús!
—Pues tú, ¿qué le llevarías?
—Solo un pomillo de azahar para el susto de María.

Un Niño va a nacer en esta ciudad de hospitalidades, de esfuerzos, de conflictos. Una megalópolis cuya tasa de crecimiento demográfico es la segunda del mundo. Un mundo en el que persiste el odio y el fuego, amenazado de nuevas guerras, cuyos huéspedes—consumidores o consumidos— son autómatas, enajenados en medio del confort o de su búsqueda. Un mundo que apenas permite trascender la naturaleza mediante la creación y conquistar cada uno su propio humanismo. Un pequeño planeta, dicen que azul, en el que dos tercios de sus habitantes pasan hambre. No apetito. Hambre. Dijo el poeta Eladio Cabañero:

Al Niño llevan todos
pan y amor. Hambre santa,
los pobres siempre dan
de aquello que les falta.

“El hambre matará a más de 300.000 personas durante la semana de Navidad”, dice literalmente el informe realizado en la Universidad de York y publicado por el Comité de Ayuda Cristiana. Lo sabemos. ¿Cómo tener la fiesta en paz? En Cuba, por consideraciones de orden laboral y económico, el Régimen ha suprimido la Navidad, y esta Nochebuena nadie cantará en los bohíos:

Ha nacido el Niño
Jesús en la manigua.
El viejo José, con
la caña, lo santigua.

Ha nacido el Niño
Jesús en La Habana,
y los Reyes Magos
le llevan bananas.

Lo sabe el Niño, que trae la lección de pobreza y de esperanza. Pero ahí lo tienen: durmiendo como Dios. Soñando con los cuatro ángeles que tendrá la cuna que le va a hacer su padre, que es carpintero. Dispuesto a seguir recién naciendo por diciembre, mientras puja el tallo sin flor de la zambomba y todos los árboles ciudadanos tienen la cabeza a pájaros de luz. Que no son fechas de lamentos, sino de alegría, porque

Venida es, venida
al mundo la vida.

Alegrémonos y no durmamos la noche santa, no la debemos dormir, bajo el pandero silente de la luna vulnerada. El Niño aún no ha crecido. Todavía no le puede preguntar el poeta Manuel Fernández Sanz:

Cuando con los otros niños
de niño jugabas Tú,
¿sabías o no sabías
que eras el Niño Jesús?

Tampoco ha crecido, allá en su bosque, el árbol de la cruz. Es tiempo de gozo, y se saludan los desconocidos y nos deseamos felicidades, y los hombres parecemos, por unos días, hermanos de verdad.

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“Callados, pero despiertos”

 

por Manuel Alcántara (Málaga, mayo, Feria del Libro 1998)

Los libros no dan un ruido. Si acaso, cuando, de nuevos, se fuerzan en exceso sus páginas al abrirlos. Entonces se oye un crujido que es a la vez protesta y lamento, queja y súplica. Pero eso no suelen hacerlo los buenos amantes de los libros. Lo que hacen, lo que hacemos, es acariciarles el lomo sumiso y colocarlos con mucho cuidado en los anaqueles, no sea que pongamos alguno al revés y se le caigan los acentos y los puntitos equilibristas de las íes y se queden sin las respirables comas. Lo más curioso de los libros es que estén siempre callados y sin embargo jamás rehúsen la conversación. Son los interlocutores ideales: sólo nos hablan cuando les hablamos. Nos dirigen la palabra cuando les dirigimos la mirada. Acuden, como el azor al puño de su dueño, cuando les llamamos y sólo nos exigen una condición, si es que queremos llevarnos bien con ellos: el silencio. El silencio, que es el idioma que a ratos hablamos todos. El silencio, ese lenguaje universal. Un requisito necesario para esa forma de creación dirigida que es la lectura. Un ser humano, mujer o varón; un libro abierto y un alma abierta a ese libro; una lámpara. Y leer, leer, hasta que el día entre en la lámpara.

A Borges, que soñaba el paraíso como una inmensa arboleda de papel impreso, le preguntó una vez un periodista cuál había sido el acontecimiento más importante de su vida.

—La biblioteca de mi padre.

Aquel Homero de la Pampa sabía que siempre hay un libro, como siempre hay un paisaje, que no volverá nunca por nuestros ojos, pero sabía también que estaba allí. Los libros abrigan. ¡Qué frío para el espíritu el que sufriríamos si no estuviésemos rodeados del objeto más espiritual inventado por la criatura humana! Se asombra un amigo mío, norteamericano, de lo que él llama esa manía europea de tener bibliotecas privadas. Quizá en la ciudad en la que vive haya bibliotecas públicas en cada esquina, pero aún así, la nuestra es la nuestra. Tantos libros forman un libro abierto: el de nuestra biografía. En muchos casos, en el mío, sin ir más lejos, los libros han sido comprados con esfuerzo. Siempre que he adquirido uno he renunciado a algo: generalmente, a comprar dos. ¿Cómo renunciar ahora a ellos?, ¿cómo no aparcarlos en doble fila?, ¿cómo no pedirles que se estrechen para hacerle sitio a sus nuevos compañeros? Quizá convenga, de vez en cuando, una depuración quijotesca, ya que no me atrevo a recomendar la inmersión en la piscina, con la que me dice Paco Umbral que castiga a algunos, o la hoguera a la que les condena Vázquez Montalbán, por la persona interpuesta del detective Carvalho. Quizá esas purgas sean convenientes, pero también son dolorosas: a veces ocupa un sitio, mejor dicho, lo usurpa, el libro de un poeta clónico, editado por una corporación cuyos eventuales presidentes congeniaban con las opiniones políticas del autor. ¿Cómo nos llegó ese libro, que nunca hubiéramos adquirido?, ¿qué más da? Sin duda nos lo envió alguien que practicaba eso que en los grandes almacenes llaman la elegancia social del regalo. El caso es que está aquí y un elemental sentido de la hospitalidad nos obliga a acogerlo. Quizá no a leerlo en su integridad, pero sí a asomarnos a sus páginas, para comprobar que no somos dignos de su lectura.

Dignidad de la lectura. Los griegos, se dice, leían en voz alta. Leer en silencio no es algo que haya sucedido siempre. Hace muy poco, Lázaro Carreter nos decía que un profesor o un orador puede transmitir, aproximadamente, nueve mil palabras a la hora, mientras que se pueden leer unas 27.000 en ese tiempo. Cinco minutos de televisión equivalen a cinco columnas de un periódico tabloide. Como uno no tiende al catastrofismo, no teme que la televisión, ni siquiera ese hermoso menester de juglares que es la radio, amenacen la lectura. Sin embargo, estoy convencido, como el director general del Libro, Fernando Rodríguez Lafuente, de que hace falta elaborar una política para formar lectores. Leyendo se curan muchas cosas, incluso los nacionalismos. Los editores españoles demandan hace tiempo a los poderes públicos una acción decidida a favor del libro. Es necesario un marco jurídico estable para evitar la competencia desleal. Los hipermercados, por ejemplo, deben respetar el descuento autorizado. Escritores, editores y libreros de toda Europa han clamado en Venecia por el precio fijo. Muchos problemas, sin duda. ¿Cómo olvidar que los libreros pierden 40.000 millones al año a causa de las fotocopias y de Internet? Muchos problemas, pero el principal es el que crean los que no leen libros.

—No tengo tiempo para leer— nos dice algún amigo.

Podía ahorrarse la confidencia. A todo el que no tiene tiempo para leer, se le nota. Casi la mitad de los lectores potenciales españoles, según el estudio de Amando de Miguel, que es nuestro sociólogo de guardia, no lee nunca. Nadie ignora que se venden más libros de los que se leen, pero no hay que quejarse: por algo se empieza. Quienes tienen libros a su alcance pueden caer en la tentación de leer alguno.

Cuenta Haro Tecglen que, en ocasión de una mudanza, los operarios embalaban y embalaban paquetes y más paquetes de libros. Se creyó obligado a pedirles disculpas por el trabajo que suponía el acarreo. “Perdonen, ya sé que son muchos libros…”

—No se preocupe. Peor es lo de usted, que ha tenido que leérselos.

Leer puede ser, al mismo tiempo, aventura y consuelo. Leer, según el decálogo de Bellenger, es abolir el mundo exterior. Baudelaire dejó escrito en su Diario: “Hay gentes que no pueden divertirse más que en rebaño. El verdadero héroe, el lector, por ejemplo, se divierte solo”. Muchas cosas se han dicho del libro. Desde Platón, que aseguraba que nada nos falta si junto a la biblioteca tenemos un pequeño jardín, hasta la hermosa exageración de Mallarmé de que todo, en el mundo, existe para acabar convirtiéndose en un libro, pasando por eso que decían los árabes de que el paraíso sobre la tierra puede estar en los senos de una mujer, a lomos de un caballo o entre las páginas de un libro. Muchas cosas se han dicho de los libros, pero nunca todas. ¿Será cierto eso de que un libro que no sea digno de ser leído dos veces, tampoco lo es de que se lea una? No lo creo. Lo que ocurre es que entre los libros tenemos amigos íntimos, de trato constante, y simples conocidos. Mi maestro Pedro Laín habló de esa singular capacidad que tienen los volúmenes impresos, que él llama transmutación imaginaria. ¿Cuántos millones de muchachos —se preguntó— han sido Buffalo Bill o D’Artagnan o un avezado corsario o el Gabriel Araceli de los primeros Episodios Nacionales?

Un ilustre antecesor mío en este oficio pregonero, Justo Navarro, reconoció que siempre será un honor hablar en honor de los libros. De todos. De los que compramos en las librerías anticuarías, visitadas por eruditos y coleccionistas, de los que se acumulan en carros; de los que se exhiben en casetas y de los que temerariamente se prestan y van de mano en mano y todos se lo quieren quedar. Al libro —tan sensual, tan secreto— se le han predicho zodiacos funestos, pero la verdad es que goza de una salud espléndida. Los que hablan de que la televisión y la radio son los enemigos del libro: ésos son los verdaderos enemigos. “Leer en una pantalla Polifemo y Galatea o escuchar sus octavas por teléfono —dice Torrente Ballester— no lo imagino comparable al deleite de irlas leyendo con rapidez o demora.” Quiero decir que el libro es eterno, aunque lo hayan inventado los hombres mortales, y que la carne no es triste, ni nunca podremos leerlos todos.

El enemigo de los libros, suele decir nuestro Alfonso Canales, no es la polilla, sino la viuda. ¿Dónde han ido tantas y tantas bibliotecas que eran, para sus dueños, la de Alejandría? Es consolador pensar que los libros, de costumbres tan sedentarias, a veces van y vienen, pero acaban quedándose donde les corresponde. Siempre que hemos comprado alguno con el ex-libris de su anterior poseedor, hemos establecido una cierta complicidad con él. ¿Quién sería? De momento, sabemos que era alguien con nuestros mismos gustos. Alguien que también escuchaba, quevedianamente, con sus ojos a los muertos, y que ya está muerto. Una persona como muchas, pero no como tantas. Quizá una persona como cada vez hay más en la patria grande de nuestro idioma y en la patria chica de Málaga, donde ya no tiene sentido la coplilla denigratoria que habla del número de tabernas y de librerías. Gracias a Dios, ninguna de las dos cosas nos faltan ahora, para mayor gloria de Omar Khayyam.

Hace unos días, en Madrid, en el renovado bar del Hotel Palace, vi juntos libros espléndidamente encuadernados y botellas de ilustre genealogía. Un bar precioso, con el mostrador de mármol negro, donde un Dry-Martini de Larios vale, mejor dicho, cuesta, 1700 pesetas. Dos puñaladas: la del Martini, que es un cuchillo disuelto, y la del precio; pero yo estaba feliz, esperando a unos amigos con las mismas aficiones —las copas y los libros— cuando se me ocurrió preguntarle al barman por ellos. Me dijo que eran libros simulados. Sólo encuadernación lujosísima. Sin nada dentro. El alma se me cayó a los pies y no me la pisé de milagro. Maldije al miserable decorador y juré por MacLuhan ni pisar más ese bar, pero me entristeció saber que hay gentes que sólo pueden ver a los libros por el forro.

Recordé a algunos amigos que tenían en su casa muchos libros y que habían escrito algunos.

A Gerardo Diego, diciéndome que se había quedado sólo con trescientos y había repartido los demás.

—Son los que me va a dar tiempo a releer…

Recordé a Luis Rosales, al final de sus días, entre los anaqueles vacíos, y a Dámaso Alonso, en su enorme despacho, con aquella lámpara que bajaba del techo hasta sus cansados ojos.

—Me paso la vida aquí, en esta pretumba enladrillada de libros…

Siempre ha habido dos clases de personas que no es probable que coincidan en una biblioteca: los que leen los libros y los que los queman. Mi inolvidable amigo Pablo Neruda, lo último que vio en su vida, cuando se estaba muriendo a chorros, desde la ventana de su casa, fue una gigantesca pira donde ardían los libros que había escrito. Allí crepitaban gloriosos alejandrinos de amor, libres retahílas de selva, rebeldes endecasílabos, alturas de Machu Picchu y descensos a los infiernos. Dos clases de gentes: los que se calientan el alma con los libros y los que ejercen de inquisidores de la letra impresa. Y acaso una tercera: los que los encarcelan y los señalan con un índice enlutado y severo, prohibiendo su lectura. Pero la letra, que con sangre sale, es incombustible y los libros son libres.

Un poeta español, José María Valverde, temió que iban a quedarse, sin él, sus cosas desconcertadas. Seguro que estaba pensando en sus libros. Los libros son nuestras cosas, o las cosas más nuestras. Todos los que aquí estamos somos, como confesó Santa Teresa, amiguísimos de los libros. Astrónomos caseros de la refulgente, alumbradora, inmortal galaxia Gutenberg.

“Callados, pero despiertos”, de Manuel Alcántara, consta de una tirada de 600 ejemplares, impresos en la antigua imprenta Sur de Málaga, con motivo de la 28ª feria del libro de Málaga. Al cuidado de Rafael Inglada, ilustra la cubierta «El Poeta y las musas» (1860), dibujo de Gustavo Adolfo Bécquer.

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Discurso inauguración cursos de verano de la UMA

 

por Manuel Alcántara (Vélez Málaga, julio 2008)

Es curioso que el periodismo haya tenido tan mala prensa.

Aunque aceptemos eso de literatura es el arte de escribir algo que va a ser releído y el periodismo lo que será ojeado una vez, quizá sean excesivos algunos menosprecios, incluso teniendo en cuenta el precio de los periódicos. Han variado mucho las cosas desde que Oscar Wilde dijo eso de que la literatura se diferencia del periodismo en que la literatura no se lee y el periodismo es ilegible. Chesterton decía que el periodismo consiste esencialmente en decir “lord Jones ha muerto a gente que no sabía que lord Jones estaba vivo”. Nada menos que Schopenhauer opinaba que los periódicos, en el mejor de los casos, son un cristal de aumento; con frecuencia una sombra chinesca en la pared. Para Balzac los diarios son como una tienda en la que se vende al público las palabras del mismo color que las quiere. Pero no hay que irse tan lejos. Hablemos de amigos cercanísimos, aunque alguno de ellos hayan muerto.

El gran Fernando Fernán Gómez me decía que los periodistas estamos obligados a escribir con gran celeridad porque sino corremos el riesgo de que al llegar al último renglón ya no tenga actualidad el primero.

El humorista Forges, que no ha mostrado nunca interés por perpetuar su nombre – Antonio Fraguas- está convencido de que los periódicos en España se hacen en primer lugar para que lo lean los periodistas; luego los banqueros; más tarde para que el poder tiemble, y, por último, para que los hojee el público.

También ha habido defensores. Albert Camus decía que la prensa puede ser sin duda buena o mala, pero con toda seguridad, sin libertad no puede ser más que mala. Mi amigo Cándido, que tampoco deseaba perpetuar su nombre –Carlos Luis Álvarez- estaba persuadido de que la actualidad no ocurre: se crea. Si no existieran los periodistas, no habría actualidad –nos decía-, habría sencillamente hechos. Vargas Llosa, que hace mucho tiempo que merece el premio Nobel, afirma que “el periodismo es el mayor garante de la libertad y precisamente por eso todas las dictaduras, de derechas o de izquierdas, practican la censura y usan el chantaje, la intimidación o el soborno para controlar el flujo de la información”

Nunca se habla de los mártires del periodismo. No me refiero solo a los corresponsales de guerra que murieron cuando llevaban como únicas armas sus cámaras fotográficas o su ordenador. “Quien escribe, se proscribe”, dice una vieja máxima del oficio. Muchos fueron secuestrados, torturados, asesinados por ejercer su derecho a la crítica y su libertad de información.

La poesía, ah, la poesía. La leerán pocos, pero es unánimemente alabada. “Torres de Dios, poetas”, dijo el padre Rubén Darío, pero hay quien cree que no está cerca de Dios, sino lejos de los hombres. La poesía ha sido definida –un intento imposible- como “una sensibilidad última e irreversible” o como el empeño de pintar el color del viento. ¿Qué sucede con ese lenguaje incorruptible? Jean Cocteau que la poesía es imprescindible, pero no sabía para qué. “Sobre la Tierra, antes que la escritura y la imprenta, existió la poesía”, afirmaba mi venerado Pablo Neruda, el más terrestre de los poetas.

Entre el periodismo y la poesía ha transcurrido mi vida, que no está siendo corta y que siempre ha sido ancha. Antes de escribir en los periódicos diariamente durante los 50 años últimos publiqué, cuando tenía 25 mi primer libro.

Desde muy pronto me curé de ciertas presunciones. Fue en Mendoza, en Argentina. Daba yo una lectura de versos. Cuando terminé se acercó a mí un señor:

-He hecho 800 kilómetros para oirle.

Ciego de vanidad le pregunté si le gustaba tanto la poesía.

-No especialmente, pero llevo 24 años en el exilio, me he enterado de que usted es malagueño y hace tanto tiempo que no oigo hablar con el acento de mi tierra.

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Discurso de agradecimiento por el Premio Romero Murube

 

por Manuel Alcántara (Sevilla, octubre 2009)

Aquí su nombre. Joaquín romero Murube me enseñó, mejor sería decir, me deletreó Sevilla. Era yo por aquel remoto entonces casi muy joven y él era un patricio de la Bética romana que podía asegurar que no había una almena que no fuera suya, conquistada por amor. “De tanto andar y amar nacen los libros”, dijo después un poeta al que los vaivenes de la historia, que nunca se está quieta, obligaron muchas vces a salir de su patria, pero también nacen los libros de amar y quedarse en el mismo sitio: mirando y comprendiendo. Joaquín romero Murube consiguió, ya en vida, el epitafio al que aspiraban los más preclaros romanos: “Mereció de su patria”.

De lo que no estoy tan seguro, pero sí tan orgulloso, es de que yo, asiduo columnista y un terco aprendiz de poeta, merezca que, a partir de hoy, su nombre figure en mis datos biográficos. Confieso que he tenido la fortuna de conocer, de querer y de admirar a gente que me siguen acompañando después de irse, como González-Ruano y a partir de ahora, a romero Murube. Otros me deparan la benéfica sombra de sus nombres inmarchitables: Mariano de Cavia, Luca de Tena… Los amo porque son de mi bosque y sé que en la procesión de las letras se puede ir con un cirio o con una velita, pero hay que pertenecer a la cofradía.

Sólo he hecho en mi no corta vida, poemas y artículos. Pienso, en el cabo suelto que me queda, seguir haciendo lo mismo. La poesía aspira a la intemporalidad y el periodismo depende de la actualidad. “¡Tan largo amor para tan corta vida!”. Se lo dijo Quevedo a una señora y yo se lo puedo decir al periódico de cada día. Cuando me dicen que me he dejado la vida en el periodismo, siempre respondo que en algún sitio hay que dejársela. No se la va a llevar uno puesta.

Hablé, quiero decir que escribí, ya que un articulista quizá sea un conversador por escrito, sobre un sevillano egregio: Rafael Cansinos Assens. Quizá una mala conciencia irreparable, no menos perentoria que el de hacer justicia literaria, me indujo. En mis numerosos años de Madrid tuve ocasión de conocer a aquel monje de la Literatura con mayúscula. La desperdicié. Su aura de misterio, su capacidad de soledad y sus rectados hábitos de vida fueron un obstáculo. Iba yo mucho por el Viaducto, no por acelerar mis días temporales, que por cierto disponían de mucho tiempo, ni por descifrar el secreto de precipicio urbano. Paseaba por la calle de La Morería, desde cuyos balcones nada impide que don Rafael viera la Giralda en los días claros. El azul del cielo de Madrid no sólo se debe al Guadarrama, sino a su paisano Velázquez.

Total que le conocí por sus libros. Por sus obras les conoceréis. Entre candelabros y traducciones vivió aquel hombre. Entre otros dones, tuvo el de lenguas, pero sabía callarse. El silencio es un dialecto universal. Todo el mundo habla el mismo silencio, aunque habite mil lugares distintos. Lo difícil es traducir las Mil y una Noches como si se hubiera sido el cuñado de Sherezade.

No es el menor problema de la Literatura, ni lo fue para Cansinos, que escribió “Las memorias de un literato”, ese álbum prodigioso de la gente de su tiempo, saber por qué conocemos a algunas personas y por qué ignoramos a otras que tendríamos mucho gusto en no haber conocido. Su amigo Borges, que le recordó perpetuamente, decía que la justicia es de linaje divino. No quisiera imitar a aquel catedrático que decía: “y ahora, para confundir más, voy a poner un ejemplo”, pero en mi remoto bachillerato, los enlutados dómines, exigían a los que pretendiéramos aprobar la asignatura, que al preguntarnos por Góngora le llamáramos “príncipe de las tinieblas”. En cambio estábamos obligados a piropear a don José Echegaray, actualmente considerado, si bien de modo involuntario, un irresistible autor cómico.

En fin, demasiadas palabras para deciros que estoy contentísimo por el premio, por estar en Sevilla y por estar con todos vosotros.

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Prólogo de “La vida a tragos” de José Luis Peñalva

 

por Manuel Alcántara (2010)

Este libro es de José Luis Peñalva, aunque aparezcan dos nombres en su portada. Si es cierto eso de que los amigos son los hermanos que se eligen, puedo presumir de un acierto mayor en la elección que él. A su tenacidad, a su rigor y a su desmesurada afición a un género como el periodístico, condenado a una muerte diaria, se lo debo todo. Yo soy un vago frustrado. Una especie de contemplativo “amateur”. Me distraigo con una mosca, acaso porque las moscas, cuando no se aglomeran, son muy distraídas. También me gusta pensar en las musarañas, cosa que no sabía bien qué pudieran ser hasta que busqué la palabra en el diccionario. Se aplica igual a cualquier insecto de las tribus menores, que a esa nubecilla que se suele poner ante los ojos. También a una mueca que se hace con el rostro o bien a una tendencia a no hacer demasiado caso a quien nos habla. Total que sigo sin saberlo.

A mi fundamental amigo José Luis Peñalva le debo este libro de conversación. “Si la conversación es una de las bellas artes, la amistad es una ciencia exacta”, dijo Eugenio d’Ors. Para ser un buen conversador hay que saber escuchar, intervenir, incitar. Acaso por eso un articulista sea un conversador por escrito. En José Luis, que tiene lo que pudiéramos llamar una trepidación serena, se dan profundamente estas condiciones, entre otras que agradezco a los volubles dioses. Quizá la que yo admire más sea su capacidad para estar siempre en estado de alerta, atentísimo a todo. Pero no hay por qué elegir. Los amigos no son por algo, sino por todo.

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Prólogo de “Cambio de era. 70 artículos y 1 poema” de Francisco J. Carrillo

 

por Manuel Alcántara (2014)

Paco Carrillo siempre está yéndose o regresando. Sus tareas diplomáticas le obligan a andar por el mundo, pero casi al mismo tiempo le impulsan a quedarse en su Málaga. Por esto, este cortés caballero se ha convertido para sus amigos en el doncel que siempre vuelve. “De tanto amar y andar nacen los libros”, dijo Pablo Neruda, y éste ha nacido de muchos encuentros y de algunas soledades, ya que el viajero también hace recorridos alrededor de su cuarto; itinerarios pascalianos, que son los que más ayudan a comprender que el tiempo, aunque cambie de era, no es sólo distancia sino sentimiento. Por eso sigue encontrando, en el fondo de su ánfora de barro, algunos escritos que sabe transformar en artículos periodísticos, lo que requiere la amorosa capacidad de elevar lo cotidiano para que no le alcance esa muerte diaria de los periódicos. Desde Larra, santo patrono de los articulistas, ha llovido mucho y ha escampado las mismas veces, pero una página puede complacernos o entretenernos o informarnos, incluso iluminarnos, con independencia del lugar donde haya aparecido. No hay géneros mayores o menores. En todo caso hay escritores de distinto tamaño.

Dijo el sobrio rabí Sem Tob que “por nacer es espino la rosa, él no creía que perdiera, ni el buen vino por salir del sarmiento”. Pero este libro tiene un origen no sólo nobilísimo, sino entrañable para todos: ha nacido en las páginas de “SUR”, en muchos días distintos. Es como reunir una dispersa procesión de fechas, que no en vano Carrillo es poeta y cumple la aspiración enunciada por César Vallejo, que quería, a toda costa, “guardar un día, para cuando no haya”. Gracias a él, que sigue siendo corresponsal en el mundo, éste se nos ha hecho menos ajeno. Todo escritor crea sensibilidades y el libro, que sigue siendo en la era electrónica la luz más refulgente, es también la más sagrada invención humana. Permite no sólo “escuchar con los ojos a los muertos”, sino darnos cuenta de que estamos vivos todavía”.

MANUEL ALCÁNTARA
Agosto, 2014

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